Misericordia

Misericordia

Antonio García de León, Misericordia. El destino trágico de una collera de apaches en la Nueva España, México, FCE, 2017.

Carlos San Juan Victoria*

 

“Él sólo dice recordar un fuerte alarido, un grito profundo que hendió la noche en la venta de Plan del Río, siete leguas más allá de Jalapa, aquel lunes 7 de noviembre de 1796 [...] Era el aullido que Francisco de Saavedra —un enviado del Rey— llamó de muerte, cuyo eco queda por siempre en la memoria de quien lo ha escuchado” (p. 71).

 

Según relata Antonio García de León, con ese grito colectivo, un recurso guerrero que paralizaba a sus enemigos, inició la fuga de 18 apaches mezcaleros de una collera (cuerda de cautivos sujetados por el cuello) que los trasladaba prisioneros hacia las haciendas azucareras cubanas en calidad de esclavos. Su captura en el Septentrión, el traslado al puerto de Veracruz y luego su intento de regresar hacia la región de la Apachería, al norte de la Nueva España, es seguido de manera rigurosa por García de León gracias a un legajo que halló hace años, cuando recopilaba las fuentes de sus grandes obras sobre Veracruz. Entre los documentos que contenía estaba el “Diario seguido en la marcha que, por orden del Excmo. virrey de Branciforte, comunicada por el señor brigadier Juan José Antonio Rengel, emprendí desde México el 11 de enero de 1797 con un sargento 1º, ocho dragones, 13 indios auxiliares de la Nación Thahuacana, un intérprete y un cabo de la 3ª Compañía del Nuevo Santander, en persecución de los apaches”, escrito por el esforzado capitán español Nicolás de Cosío, cabeza de aquella persecución.[1]

 

Con esa fuente como guía, García de León escarbó en cartas, documentos militares y civiles, consultó archivos de España, Cuba y México, hasta dar forma a Misericordia, un libro terso, fluido, casi una novela. Su prosa da forma a un impresionante relato que se asienta en el trabajo exhaustivo de un historiador en plenitud. El libro nace con tres rasgos que anuncian la presencia de un clásico: el rigor del trabajo en las fuentes; una sólida arquitectura de análisis, que le permite vincular el día a día de la persecución con las turbulencias del mundo y de las regiones, y la prosa que deslumbra para narrar la gesta heroica de un puñado de bárbaros inmersa en el gran cuerpo de un Imperio que cruje.

 

Primer plano: los cazadores y sus presas

 

Nicolás de Cosío, el capitán a cargo de la persecución de los fugados, se había curtido en la contención de las incursiones apaches desde 1789; para los años de esta aventura, era un hombre que sufría de un dolor en el pecho “que le atenazaba los pulmones”,[2] “un estrés de campaña” que lo acompañó hasta sus últimas apariciones en la guerra de 1811, ya con el grado de comandante, cuando Morelos le impuso una fuerte derrota en la sierra de Guerrero.[3] Diestro en montar a la usanza española y apache, De Cosío lo mismo recurría a las tretas de una campaña formal que a las astucias aprendidas en las planicies del norte. Mandaba a una tropa variopinta que asombraba a las repúblicas de indios del altiplano: caballos acorazados para defenderse de las flechas apaches, milicianos de cuera y cabello largo, jinetes amoriscados y con orejas atadas como amuletos, armados de escudos ovalados africanos, adargas, trabucos, espada y sable; rastreadores tahuacanes, indios texanos que celebraban sus ritos nocturnos y tomaban hierbas que alteraban los sentidos; dragones urbanos impecables en sus trajes y caballos imperiales; indios mansos de los pueblos aterrorizados por los dichos de las autoridades sobre el bárbaro que comía niños, que a través de sus gobernadores se aliaban a la cacería, con sus hondas, piedras, y aperos de labranza a manera de arma. Una diversidad humana obligada a cohabitar por el abrazo totalizador del Imperio.[4]

 

García de León inscribe a este personaje en una peculiar industria de guerra, que engrandecía la bravura cierta de las naciones indias para mantener un estado de beligerancia constante, donde prosperaba el manejo corrupto de los suministros, la venta de orejas para promover ascensos, los informes falsos, un “envilecimiento de los mandos, por la venta de cargos, por la búsqueda ansiosa de hazañas militares que engordaban las hojas de servicios y que proporcionaban ascensos y ventajas en la guerra y en la paz”.[5]

 

A lo largo de su narración, García de León exhibe el contraste entre el lenguaje de los militares, administradores y letrados que construyen la imagen del indio bravo, del indio meco, como una reliquia viva del salvajismo extremo, y al que les inventa que son “comedores de niños”; y las noticias de investigaciones muy diversas, norteamericanas y mexicanas, que actualmente restauran otra lógica civilizatoria, una cultura muy diferente a la del binomio consagrado de español-pueblos mansos del altiplano y del sur del virreinato. Surge así el paisaje ignorado de sociedades asentadas en las grandes planicies, en ocasiones ya sedentarias y organizadas en confederaciones, pero también de su convivencia no exenta de conflictos con pueblos nómadas, una diversidad de formas de vida que se prodigó de costa a costa, en apariencia simple pero que respondía a complejas construcciones cosmogónicas, de vida material y de habilidades guerreras. La violencia militar de los borbones desmontó asentamientos agrarios de los indios del norte para obligarlos a retomar su condición de veloces guerreros y cazadores trashumantes.

 

Entre las muchas naciones que pueblan las grandes praderas norteñas destacan los apaches como flecheros excelentes que atravesaban bisontes y las cueras curtidas utilizadas como pecheras por los españoles y mestizos; eran además grandes jinetes del “perro celestial”, que no temen a la muerte pues si perecen luchando pueden acompañar al sol en su trayecto diurno; carecían de jerarquías intensas que cultivaran la obediencia, y se educaban en la libertad intensa que eludía la mansedumbre y la esclavitud forzada. Por eso al caer en cautiverio arriesgaban la vida en cualquier instante para escapar, aventándose al mar en puertos o navíos. Sus únicos dioses, eran los gahan, los espíritus de las montañas, y su vida ocurría en un intenso trato con los lugares de fuerza sagrada, a la que ofrecían la carne de venado.[6]

 

La fuga es reconstruida por García de León como una serie de momentos de contacto humano con lo sagrado. A través de rituales y actos propiciatorios los apaches se alían con plantas, fuerzas y lugares consagrados que reconocen en las tierras hostiles y desconocidas. Tal vez el momento más pleno de esa potencia cultural registrado por García de León ocurre cuando los fugitivos recién escapados en las cercanías de Jalapa llegaron a un “cerro cuadrado” (Perote). Debilitados por el maltrato y el largo viaje en cautiverio, casi sin bagaje y con pocas armas, “a los pocos días de acampar el grupo se dio cuenta de que la montaña cuadrada era un lugar diyi’, un sitio especial donde los planos del mundo se entrecruzan, un sitio de poder donde se podía adquirir poder [...] procedieron a las ceremonias y danzas para lograr el favor del cerro y de los animales, y lograr, en caso de peligro, adoptar de día y de noche su mismo aspecto y tomar sus voces en préstamo”.[7] Más de un mes les tomó rehacerse de pies a cabeza. Curarse las heridas, fortalecerse espiritualmente, hacer nuevas armas como lanzas, arcos y flechas, fabricar sus atavíos, recolectar alimentos para el cuerpo y plantas sagradas para el alma. Cuando caían las primeras nevadas estaban preparados. Los cautivos miserables y hambrientos eran otra vez guerreros agrupados en dos partidas y dispuestos a desafiar a un territorio desconocido y enemigo para regresar a la sierra Nevada guiados por su cosmogonía chamánica, las astucias del cazador y el valor del guerrero.

 

Cada vez más cercados por la tropa variopinta que los perseguía, eligieron el emplazamiento de un cerro que les evocó con su figura piramidal a un tipi, a la morada ancestral, y que consideraban un lugar sagrado.[8] Practicaron sus rituales propiciatorios, se pintaron el rostro y el cuerpo y dispusieron sus armas. Cerca de 500 hombres envolvieron el cerro; eran en su mayoría pobladores indígenas de las repúblicas vecinas, jornaleros, arrendatarios, rancheros, que acudieron gracias a la habilidad y prestigio de un mestizo diestro en armar relaciones con las élites locales y los gobernadores de las repúblicas, José Mariano Martínez, con gran ascendiente entre los pueblos y que logra su cooperación a pesar de los viejos y nuevos rencores contra los españoles, como el robo antiguo de sus tierras por los padres agustinos.[9] A pesar de la desigual batalla, murieron más atacantes que apaches, de ellos quedaron sólo tres sobrevivientes, malheridos pero vivos, a quienes llevaron a rastras hasta el convento de Yuriria, donde fueron arrojados a su nave principal el día de la Virgen de los ojos cristalinos, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, mientras sus cuerpos maltratados imploraban el beneficio de la muerte.

 

“Los indios de Yuriria, en gran desorden y de manera inusitada, piden entonces misericordia para aquellos prisioneros sangrantes y extenuados, exigen misericordia para que se les perdone la vida y se les regrese a sus patrias de origen; mientras los guardias aprestan sus armas y estrechan la vigilancia sobre los cautivos, temiendo además un motín de los comuneros”.[10]

 

García de León captura en esa imagen la historicidad del momento: una acumulación masiva de agravios infringidos por la reorganización borbónica del poder español que afectaba a los pueblos mansos y a los indios bravos; el maltrato que se les aplica a los sobrevivientes; el contraste de los tres cuerpos sangrantes arrojados en el espacio sagrado de una Iglesia precedida por la figura de un hombre crucificado, y donde la piedad que embarga a los indios mansos tiende un puente instantáneo y efímero de reconocimiento entre los comuneros y los “comedores de niños”. Un pantano de miedo y odio, de ambiciones e intereses, “miserias de una brutalidad que exacerba los enconos y las contradicciones a su paso”, se quiebra un instante por virtud de los indios que se conmueven ante la suerte del enemigo.

 

El plano medio: el Bajío a punto de estallar

 

García de León se detiene en las regiones cruzadas por la persecución y el combate final, y de manera especial, en lo que fue el teatro de la confrontación entre una acumulación desmesurada de 5 000 hombres tras el rastro y la cacería de los 18 fugados. El antiguo territorio chichimeca asolado por encuerados de flecha y carcaj era ya a fines del siglo XVII el emporio del Bajío con sus centros mineros, ganaderos y agrícolas; allí se expandía ya el capitalismo, las repúblicas de indios se trenzaban en conflictos con mineros, clero y hacendados que les disputaban hombres y tierras, y las ciudades, con sus cabildos y autoridades, resentían tanto el arribo de administradores españoles con sus modos autoritarios como la presencia de ejércitos imperiales con sus excesos, corrupciones y desmanes. La prosa de García de León se detiene en los síntomas de esas tensiones que años después irrumpieron como guerra civil.

 

El capitán Cosío sufrió por la falta de colaboración de las autoridades de los ayuntamientos locales, así como por el recelo de los pueblos para sumarse a la persecución, y no contó con hombres ni abastos suficientes mientras recorría el altiplano y se adentraba hacia Guanajuato. Al arribar a Celaya se entrevistó con el subdelegado Pedro Antonio de Septién y Astiri, y por primera vez encontró a una autoridad que comprendía su delicada tarea y coincidió en incrementar su fuerza con alguaciles y gobernadores de indios. Al paso de los días su amistad creció y Pedro Antonio le confió al capitán de la Monarquía: “Días llegaran, Cosió —se atrevió a decirle— cuando todo esto acabe de un solo golpe, ya que tenemos la gente dispuesta, los mejores tribunos, la simpatía de los curas de pueblos y muy buenos administradores y gente que puede emprender muchas industrias. ¡Que Madrid ponga sus barbas a remojar, que la guillotina tumbará muchas cabezas de los que ahora nos oprimen!”.[11]

 

También está documentado que la formación de milicias locales estaba trabada por un sordo rencor que penetraba las relaciones entre las autoridades españolas o criollas y los pueblos convocados para engrosar la persecución. En Tlaxcala los gobernadores indios se negaron a colaborar pues estaban muy afectados por la avidez tributaria borbona y las nuevas autoridades que se les imponían a los gobernadores, los Intendentes. En Actopan hubo férrea resistencia pues aún no se apagaba el dolor por una cruel represión ocurrida cuatro décadas antes, cuando los pueblos de Actopan, Ixmiquilpan, Cempoala, Tetepango y Talancigo se negaron a enviar a sus pobladores a los trabajos forzados como parte de su trabajo comunal obligatorio.[12] En San Juan del Río las autoridades hablaban del “mal gobierno” y se negaron a colaborar con el capitán Cosío. Y en el lugar donde ocurriría el combate final, Yuriria, “las resistencias eran ancestrales” pero lograron la colaboración de algunas comunidades.[13] Y tal vez el incidente más grave fue en Acambay cuando se juntaron unos militares españoles recién llegados con 400 indios honderos otomís que iban a colaborar dirigida por su gobernador de república, “un tal Pedro García”.[14] en el paraje de Caxomó. El gobernador con sus balcarrotas, un peinado especial y distintivo de su cargo, trenzas que se dejaban colgar a ambos lados de la cabeza y con el resto del cráneo rapado. Se produjo un altercado cuando un indio reconoció a su caballo requisado, ahora montado por un oficial español, y lo reclamó. Se hicieron de palabras, luego surgieron las pedradas y los cuatrocientos con su gobernador a la cabeza se regresaron a Acambay gritando contra el “mal gobierno”.[15]

 

El gran plano: el aliento de la gran expropiación borbona

 

García de León muestra al imperio Borbón en crisis desde mediados del siglo XVIII, decadente ante las fuerzas inglesas y francesas que lo acosaban y reconfiguraron los territorios de los imperios, urgido de recursos para solventar su sobrevivencia y ávido de imponer un modo vertical de mandar a sus gobernados. Esa razón de Estado se extendía por la Nueva España, plural y extensa; su agitación recorría las regiones centrales amortiguada por las negociaciones con las fuertes sociedades regionales que habían madurado sus propias y viejas pugnas territoriales y las peleas crecientes entre criollos y españoles en luchas por la administración de riquezas y de poder. Mientras tanto, en las periferias indómitas como el Septentrión la razón de Estado quebró sus acuerdos frágiles con las naciones indómitas y se desnudó como guerra abierta. Reventaba así en las praderas norteñas la guerra contra los indios bravos, también llamados los indios mecos, para abrirle paso a la explotación minera, a los presidios y al ganado junto con el poder espiritual católico que amansaba en ocasiones las almas belicosas de las bandas ecuestres. La fuga de los apaches recorrió entonces una geografía de la violencia, a veces amortiguada, a veces plena, impulsada por una razón de Estado dispuesta a recuperar el control de los territorios, sus riquezas y sus poblaciones.

 

 La crónica de la fuga va mostrando paso a paso franjas diversas de ese espacio de cuatro millones de kilómetros cuadrados que cubría la Nueva España. Un inmenso territorio de sociedades regionales mezcladas, de las contradicciones a punto de estallar, y que albergaba lo mismo una geografía quebrada —desiertos, selvas, altiplanos— que civilizaciones plurales y entrecruzadas, un arco que abarcaba a nómadas, seminómadas y sedentarios, a ciudades ilustradas con sus burbujas intensas de arte y conocimientos letrados con regiones de autoconsumo y explotación inmisericorde y que se ensamblaban con fricciones crecientes ante la presión de una avidez borbona que ajustaba su tajada de excedente, de control administrativos y de supremacía sobre el orden novohispano y sus márgenes de autonomía larvados en los dos siglos de repúblicas y cabildos de los Habsburgo. También alojaba creencias sagradas tan dispares como las de los chamanes del desierto, los pueblos indios de la región central con sus religiones sincréticas, o el catolicismo híbrido impulsado por los monjes españoles. Y el fruto reciente del saber racional, la Ilustración, que avanzaba entre sus élites letradas y de poder. El gran teatro de lo múltiple y diverso. El siglo XVIII novohispano, consagrado como escenario de la Ilustración, la prosperidad mercantil y la concentración del poder que anuncia al Estado moderno, muestra entonces su dimensión no sólo plural sino íntegra, un lienzo complejo donde se anudan los hilos luminosos de la Ilustración en el arte, las ciencias, una nueva urbanización; con la red oscura de la violencia expropiatoria, la militarización creciente, la corrupción masiva, un tiempo de voraces, ambiciosos y locos oportunos.

 

El visitador José de Gálvez, hombre culto, visionario y constructor del nuevo orden, “pierde su hermoso juicio”[16] cuando encabeza por largos años la reconquista del Septentrión tan ajeno, tan distante de lo conocido por la administración colonial en más de dos siglos. Entrampado en la inmensidad desértica, afrontando la voluntad indomable de los guerreros de las praderas, perdió el juicio en 1769. Creía que san Francisco de Asís lo había instruido para acabar con los indios mecos; que era el rey de Prusia y en ocasiones el mismo Dios. En cuanto fue removido, llevado a Madrid y recargado de honores y de cargos, se curó.

 

Comentario

 

Misericordia anuda el placer de leer una bella prosa con un viaje a un tiempo distante, que se nos acerca y muestra facetas familiares. Tal vez la más evidente y dura, la sombra persistente de un tiempo de guerra impulsado a escala global y local en sociedades repletas de contradicciones. Gracias a una fina arquitectura donde se van enlazando los tres niveles de análisis que se describen en esta reseña, García de León logra enlazar la aventura de la caza y de la fuga heroica, las regiones prósperas y repletas de contradicciones, y el gran tiempo histórico que impusieron los Borbones y el cambio del mundo. La Historia con mayúsculas se asoma vigorosa en ese lienzo complejo donde se anudan las microhistorias con los grandes trazos de las pugnas imperiales y de poderes.

 

El otro gran reto que resuelve Misericordia consiste en aprovechar a fondo la documentación del momento, los diarios, las cartas, la papelería oficial, para la rigurosa exposición de hechos y a la vez para mostrar las cargas de mentalidad colonial del lenguaje escrito que informa y construye al bárbaro y sus regiones que requieren de la conquista militar.

 

Pero tal vez la gran aportación analítica de García de León es la reconstrucción de la otra lógica civilizatoria, el mundo de vida de ese supuesto “bárbaro” que legitima las formas despiadadas de las modernizaciones. El Otro radical, el indio bravo nómada, aflora como una potencia cultural, una acumulación de habilidades y saberes que les permiten producir una pluralidad de mundos y de posibilidades de vida en común. Ahí se pone en juego una delicada operación semiótica, un cambio de sentido en las narrativas. Si el Ariel letrado descabeza al salvaje Calibán para redimir territorios y poblaciones, Misericordia invierte esta narrativa. Ariel con su aliento ilustrado arrasa a la vez que avanza en su ocupación de territorios y poblaciones obligadas a la sumisión, y Calibán articula sus mundos poderosos para resistir su vendaval.

 

En ese horizonte comprensivo, los mundos de vida del subalterno permiten captar un régimen de historicidad muy específico impuesto por los Borbones, un tiempo de reorganización territorial cargada de despojo y su contraparte obligada, la muy plural resistencia y negociación de pueblos nómadas y sedentarios, de confederaciones libres y de repúblicas, y que enlaza al siglo XVIII y XIX. Y con ello plantea un problema fundamental, según este comentarista: el modo en que la lógica colonial de despojo de territorios y de supresión de poblaciones insumisas acompaña a las grandes transformaciones ilustradas y se introduce en el largo ciclo de las modernizaciones que vivirán las repúblicas mexicanas hasta la fecha. Las narrativas que ahora se proponen capturar el sentido de los procesos del siglo XVIII a la actualidad, como un tiempo lineal que progresa hacia una mayor libertad de acción, de racionalidad y de valores seculares en las formas del convivir, tendrán que asumir el reto de reconstruir la violencia que le envuelve, su impulso destructor de mundos de vida. Ese punto de vista radical es esencial para un despliegue riguroso y detallado de la crítica de las modernizaciones realmente existentes en México.

 

Misericordia es también un mapa de las resistencias de las repúblicas indias y de las contradicciones agudas que recorrían a las sociedades del Bajío. Uno imagina que ante la collera que sujeta, humilla y domina, la soga atada al cuello con un nudo corredizo, Misericordia aporta un collar por venir, para lucir con orgullo, donde se enlacen los pequeños mundos de la resistencia y las culturas subalternas, el Aleph donde palpitan mundos sorprendentes, por ejemplo, el de las naciones insumisas.

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

[1] AGN, Indiferente de Guerra, vol. 77, citado en Misericordia, p. 88, nota 8.

[2] Ibidem, p. 126.

[3] Ibidem, p. 202.

[4] Ibidem, p. 94 y 95.

[5] Ibidem, p. 36.

[6] Ibidem, p. 17.

[7] Ibidem, p. 80.

[8] Ibidem, p. 148.

[9] Ibidem, p. 133.

[10] Ibidem, p. 154.

[11] Ibidem, p. 125.

[12] Ibidem, p. 97.

[13] Ibidem, p. 171-172.

[14] Ibidem, p. 173.

[15] Ibidem, p. 173-177.

[16] Ibidem, p. 37.

 

 

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Antonio García de León, Misericordia. El destino trágico de una collera de apaches en la Nueva España, México, FCE, 2017.

 

Carlos San Juan Victoria


 

 

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