Acción política y condición femenina

Gloria A. Tirado Villegas, María Fernanda Campa Uranga: geología y revolución, Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2018.

Gerardo Necoechea Gracia*

 

María Fernanda nació en 1940, hija de Valentín Campa y Consuelo Uranga, de manera que creció en un hogar que se distinguía porque madre y padre eran comunistas. No sorprende entonces que tanto ella como su hermana participaran en organizaciones de izquierda; María Fernanda ingresó al Partido Comunista Mexicano en 1957. Le tocó vivir, desde la izquierda política, esa oleada de movimientos que desde fines de los años cincuenta hasta los ochenta sacudieron y transformaron a la sociedad mexicana. Participó directamente en muchos de ellos, en particular en el movimiento estudiantil; en otros, integró el indispensable apoyo solidario. Al mismo tiempo, en parte debido a la influencia materna, puso su grano de arena para una transformación en ocasiones menos visible que trastocó los roles de género y las expectativas de las mujeres. Cómo sucedió todo esto es justo la materia de la que trata la biografía escrita por Gloria Tirado.

 

La biografía se ordena conforme a cuatro ejes: estudios, la militancia de izquierda, 1968 y la condición femenina. Estos ejes, a su vez, están entretejidos por el hilo de la voluntad y la acción que la biografiada desplegó en la esfera pública. Es esta última orientación la que construye la significación de la vida relatada, de manera que confecciona una biografía y no un recuento azaroso de acciones a lo largo del tiempo.

 

El primero de estos ejes, los estudios, inicia con la pequeña María Fernanda y los libreros en su casa. La influencia y autoridad de la madre la conmina a leer al menos 15 páginas diarias, una vez que aprendió a descifrar las letras en la primaria. Los aprendizajes en casa, claro, tomaron distintas formas: a través de Valentín Campa y de Consuelo Uranga conoció a hombres y mujeres de izquierda que dejaron huella en su memoria; también conoció de los pasos de su padre por la cárcel y los arbitrarios despidos de su madre. Así llegó a la secundaria pública, alejada de la casa familiar, y en el nuevo entorno supo de noviazgos y las infaltables idas de pinta. Decidió ingresar a la Vocacional 1, porque le interesaba seguir la carrera de arquitectura. Pero ya en la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura (ESIA), del Instituto Politécnico Nacional, optó por cambiarse a estudiar Geología. Siempre una estudiante destacada, unos años después fue la primera mujer con título de geóloga. Ese trayecto de estudios fue cruzado innumerables veces por la militancia de izquierda y la condición femenina, pero hacia el final del libro la autora regresa a la afición por el estudio, completando un círculo, cuando cita a María Fernanda: “Me gusta la política, pero más la academia”.

 

Gloria Tirado afirma que es imposible, en el caso de la Chata Campa, como se le conocía, separar la vida de estudios de la vida política. La Chata, desde niña, respiró la atmósfera de la cosa pública sin salir de casa, y después, pronto, se vio inmersa en el arranque de ese largo ciclo de movimientos sociales. Estaba en la Vocacional 1 cuando inició la huelga de 1956 en el Politécnico, y asistió a una asamblea, donde habló y votó a favor de la huelga. Emprendió acciones solidarias con los maestros en 1957, y después con los ferrocarrileros en 1958 y 1959. Su padre, dirigente ferrocarrilero, fue encarcelado entonces, de manera que María Fernanda continuó su activismo en el Comité Pro Presos Políticos. En el Politécnico, junto con su hermana Valentina, era dirigente de la organización Vanguardia Proletaria. Ingresó al Partido Comunista en 1957, paradójicamente en un momento en que el resto de su familia pertenecía al Partido Obrero Campesino de México; Arnoldo Martínez Verdugo les dio a ella y a Raúl Álvarez Garín, entre otros, la tarea de formar la Juventud Comunista. María Fernanda participó en la creación del Movimiento de Liberación Nacional y actuó en solidaridad con Jaramillo, y después se vio involucrada en el ascendente movimiento estudiantil —que ya bien era una huelga en Puebla en 1961—; en la creación de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED) en 1963 (enfrentada a la Federación de Estudiantes Técnicos); en la importante huelga de 1967 en la Escuela Superior de Agricultura Hermanos Escobar, en Ciudad Juárez, y meses después, en la Marcha Estudiantil por la Ruta de la Libertad, convocada por la CNED, en febrero de 1968. Este torbellino de activismo desembocó con fuerza en el movimiento estudiantil que inició en la Ciudad de México en julio de 1968.

 

Gloria Tirado no describe la huelga estudiantil de 1968, sino que la examina desde la perspectiva de lo que vivió María Fernanda Campa. En consecuencia, divide la narración en tres capítulos: primero, del inicio del movimiento a la formación del Comité Nacional de Huelga (CNH); segundo, el 2 de octubre y el encarcelamiento de Raúl Álvarez Garín; y tercero, la liberación de Raúl y los siguientes días. No viene al caso reseñar estos capítulos, puesto que el título de cada uno es indicativo de su contenido. Baste señalar que, en ese año, la Chata trabajaba ya en el Instituto Mexicano del Petróleo, de manera que no podía ser delegada al CNH; llevaba ya tres años de vivir con Raúl, quien sí era delegado en el CNH, y tenían una hija de casi dos años. La nueva familia vivía en Tlatelolco. En esta situación de vida irrumpió lo que Tirado califica como el más importante movimiento estudiantil del siglo XX en México.

 

Una y otra vez, mientras la autora cuenta la vida académica o política, la condición femenina cruza y desgaja las situaciones. Si en la primaria y secundaria estuvo sólo con niñas, cuando ingresó a la Vocacional 1 penetró a un mundo de hombres; y todavía más en la ESIA, donde era la única mujer. Su fuerte carácter sostuvo su decisión, que violaba las invisibles pero poderosas fronteras entre campos propios e impropios para mujeres, respaldada por las palabras que su madre había dirigido a sus hijas tiempo atrás: “Estudien lo que quieran, no hay de hombres ni de mujeres”. Ella con frecuencia destacó en el activismo político —cuestión de genealogía y carácter, sin duda— pero, como afirma Gloria Tirado, en esos años las mujeres eran generalmente excluidas de la dirección en las organizaciones de izquierda. El 2 de octubre de 1968, la Chata se quedó fuera del perímetro del mitin y en cuanto percibió peligro, se retiró con su hija pequeña. En los siguientes años, en calidad de hija y de pareja, siguió luchando para lograr la liberación de los presos políticos, en tanto que como madre se hizo cargo de la pequeña Manuela, para la cual —pensaba ella— fue una época difícil. Al mismo tiempo, el grupo de mujeres que visitaba a sus hombres en la cárcel fue tejiendo amistades y complicidades. Una de ellas, prima de Raúl, recuerda: “A mí me transformó el 68, pero Fernanda Campa más; cambié valores; ella me platicaba sobre el matrimonio, la sexualidad, el noviazgo, lo religioso” (p. 91).

 

Dos sucesos, señala Gloria Tirado, convirtieron a la Chata Campa y sus coetáneos en una generación: la revuelta estudiantil de 1968 y el logro del voto femenino en 1953. El carácter distinto de cada suceso otorgó a las experiencias de las mujeres significados difíciles de comprender para los hombres, y mientras el torbellino de los movimientos sacudía a la sociedad, el tremor constante de las experiencias de mujeres desordenaba las relaciones de género. En 1958, cuando las mujeres votaron por primera vez en elecciones federales, María Fernanda Campa tenía 18 años; en 1968, tenía 28.

 

El apretado bosquejo que hasta aquí presento no hace justicia a la estructura del libro. El texto de Gloria Tirado no tiene esa estricta organización por compartimentos ni sigue una cronología lineal. Por el contrario, se mueve entre ejes, conecta sucesos del pasado con los que nos preocupan en el presente, tiene a su biografiada saltando, cual Orlando por el tiempo.

 

Tirado emplea un recurso que en mi opinión es particularmente eficaz. Lleva a su lector de la mano, recorriendo experiencias de vida, sea de la huelga de 1956 al movimiento de los maestros del 57, o sea, de la joven Chata topándose con instalaciones escolares habitadas por varones en las cuales no hay baño para mujeres, y entonces rompe el flujo de la vida individual, detiene el tiempo, por así decirlo, y nos sumerge en la situación histórica: los movimientos y su importancia, la demografía urbana y la escasa representación de las mujeres en la educación superior. Es una estrategia que ayuda a resolver el problema de cómo integrar individuo y contexto; que contrarresta la tendencia a individualizar la historia y perder la dinámica colectiva que la moldeó. No es una estrategia exenta de riesgo, ya que puede producir la impresión de que la persona conocía esos contextos y sabía de la importancia de los acontecimientos. No es, por supuesto, el instante de vida sino la reflexión retrospectiva la que produce esa sabiduría. Quizás por ello, sabiendo del riesgo, la autora titula el antepenúltimo capítulo “Reflexiones a la distancia”, y en él trae a cuento lo vertido en textos y entrevistas, a los treinta o más años de distancia de 1968, por María Fernanda y por otros que vivieron el movimiento. Por contraste, el siguiente capítulo describe al Comité del 68, que inició con la mirada vuelta hacia el pasado, con el propósito de no olvidar, y evolucionó de cara al presente como semilla de futuras acciones.

 

Esta estructura de flujo e interrupción tiene otra característica, un dejo casi brechtiano, que obliga al lector a reflexionar. Tirado no sólo se detiene, sino que voltea, encara al lector y lo conmina a seguirla en la reflexión. “Detengámonos un poco”, le sugiere en cierto momento, porque para entender hay que abrir la lente, poner atención al escenario. En otro momento, después de relatar la buena relación entre la Chata y Manuela Garín, madre de Raúl, interviene de manera directa, de nuevo dirigiéndose al lector e invitándolo a reflexionar por qué la relación entre nuera y suegra es siempre caricaturizada como un duelo de poder. Escribe la autora: “Las relaciones entre mujeres pueden construirse de distinta manera cuando han vivido ciertas circunstancias, cuando hay proyectos más allá de las cuatro paredes de una casa”, y se comprende que “hay que unirse para luchar por los mismos anhelos” (p. 69).

 

“Geología y revolución”, en esa frase resume Gloria Tirado aquello que permite ir más allá de la ilusión biográfica en el recuento de la vida de la Chata Campa. Es, para usar una fase trillada pero acertada, el sentido de la vida, y es un sentido que quizás sólo pudo surgir en ese espacio de tiempo de la segunda mitad del siglo XX. Se trata de un libro corto y de amena lectura, que ofrece un entendimiento complejo y de largo alcance de la biografía de María Fernanda Campa Uranga.

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

 

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Gloria A. Tirado Villegas, María Fernanda Campa Uranga: geología y revolución, Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2018.

Gerardo Necoechea Gracia*

 

María Fernanda nació en 1940, hija de Valentín Campa y Consuelo Uranga, de manera que creció en un hogar que se distinguía porque madre y padre eran comunistas. No sorprende entonces que tanto ella como su hermana participaran en organizaciones de izquierda; María Fernanda ingresó al Partido Comunista Mexicano en 1957. Le tocó vivir, desde la izquierda política, esa oleada de movimientos que desde fines de los años cincuenta hasta los ochenta sacudieron y transformaron a la sociedad mexicana. Participó directamente en muchos de ellos, en particular en el movimiento estudiantil; en otros, integró el indispensable apoyo solidario. Al mismo tiempo, en parte debido a la influencia materna, puso su grano de arena para una transformación en ocasiones menos visible que trastocó los roles de género y las expectativas de las mujeres. Cómo sucedió todo esto es justo la materia de la que trata la biografía escrita por Gloria Tirado.

 

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