Documentos sobre una historia de batallas ganadas y guerras perdidas

Esther Acevedo, Rosa Casanova y Angélica Pérez Gasca, Diario del sitio de Puebla de Carlos Casarín: Relatos e imágenes en torno a los sucesos de 1863, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2019 [publicación electrónica].

Rebeca Monroy Nasr*

 

Un concierto a seis manos, con dos pianos y orquesta, toda una polifonía musical es el símil necesario para describir este libro digital y sus pormenores, porque sus cualidades, sus búsquedas y encuentros, sus aportaciones y posibilidades desde la perspectiva digital, rebasan los límites y alcances de un libro en papel, con pastas y portadas. Las dimensiones que nos ofrece el libro digital[1] van más allá de las posibilidades de la tradición libresca y nos llevan a otras esferas, con otras modalidades, ventajas y algunos modificadores de hábitos adquiridos.

 

En este material aparecen las voces y letras de tres historiadoras del arte: Esther Acevedo, quien ha trabajado incansablemente en la recuperación de nuestra historia en el ámbito del controvertido y contrastante siglo XIX; Rosa Casanova —con presencia además en el mundo de la fotografía—, cuya labor ha sido fundamental para darle el engarce y la fuerza a la historia de la imagen en el periodo entre siglos, rompiendo el hábito de deslindar al XIX del XX, pues su quehacer la lleva a trasgredir los falsos límites temporales; y Angélica Pérez Gasca, que tiene en su haber una labor intensa en la recuperación de materiales, documentos y fotografías para el libro aquí reseñado y para otros.

 

Estas tres historiadoras participan en el rescate de un documento que, aunque sustancial, ha quedado en el olvido; una joya recuperada del abandono y la desmemoria; uno de esos lapsus gubernamentales de siglos, de eventos que nadie quiere sacar a cuentas. Ellas ponen el dedo en la llaga, suave pero continuo (y ese método las caracteriza). En ello radica la importancia del Diario de Carlos Casarín, que esperaba a sus rescatadoras, a sus inteligentes lectoras, que encontraron en él lo que nadie quiso ver o mencionar: nuestras derrotas. Pero estas fuertes mujeres, guerreras asiduas, lograron obtener información documental, iconográfica, con mapas, litografías, fotografías y grabados del sitio de la ciudad de Puebla, cuando el Ejército Mexicano se enfrentó al francés, enviado por Napoleón III a nuestro país. El libro se compone de cinco secciones: “Un romántico revolucionario”, “El relato de Carlos Casarín” (que abarca el periodo de marzo, abril y mayo de 1863), “Cómo se produjo y se vio la historia”, “Las secuelas del diario” y un “Catálogo de ilustraciones”, las últimas dedicadas a la imagen.

 

La primera parte nos habla de ese joven Casarín que podemos ver en la tarjeta de visita, de cuerpo completo, con los brazos cruzados, uniforme militar, rostro altivo, confiado, certero, viendo a la cámara. Ese retrato nos revela los rasgos y características del escritor, editor y poeta de La Orquesta.

 

El diario recoge 62 días de batallas en una guerra de varios años donde hubo sólo una, la del 5 de mayo de 1862, que merece la gloria nacional, cierto; pero no se habla, no se contextualiza lo que significó una sola batalla en una guerra perdida por los liberales ante los conservadores, con los muchos matices internos que tenía este país en el siglo XIX. El diario habla también de aquel 2 de abril de 1863 en que Porfirio Díaz, el general —del que sí lleva el nombre una calle, no del dictador—, les dio con sus invencibles oaxaqueños una fuerte embestida a los franceses. Los mexicanos se enfrentaron al ejército entonces considerado como el más fuerte del mundo, que no había perdido ni una batalla desde Waterloo; a unos estrategas inmensos, cartesianos, a los que pudieron contener por algunos días hasta que la baja de parque, de municiones, pólvora y alimentos fue limitando y doblegando a los mexicanos; y a ese panorama se sumaban las enfermedades y los muertos apilados en las calles. Es decir, la estrategia dejó de funcionarnos y perdimos la guerra. De ello es que dan cuenta las autoras gracias a las letras de Carlos R. Casarín Escalante (la R. proviene de “Roberto Macario”, sobrenombre que usaba al escribir), uno de los fundadores del periódico La Orquesta, que publicaba con su primo Constantino Escalante. El 1 de marzo de 1861, mismo día que salió a la luz su periódico, Casarín recibió el nombramiento de comandante de escuadrón, capitán primero de caballería, cuerpo al que siguió adscrito hasta su muerte en 1863.

 

Al parecer, Casarín había salido de la Ciudad de México en enero de 1862 hacia Puebla, a cubrir sus labores militares bajo el mando del general Ignacio Zaragoza. Toma parte en algunas de esas batallas, especialmente en la del 28 de abril, “digno prólogo —como dice el mismo Casarín— del inmortal 5 de Mayo”. El diario nos permite tener una idea de cómo transcurrieron los días, las batallas, los momentos aciagos y las desventuras de los soldados y militares mexicanos en los primeros meses de 1863. En junio o julio pide una licencia por enfermedad; se recupera quizá escribiendo en La Orquesta, y el 16 de agosto regresa al frente de guerra. El 18 de noviembre se bate en un duelo con el señor Errazu, del que queda mal herido, y morirá por complicaciones pulmonares alrededor de agosto del año siguiente. Abarca del 15 al 31 de marzo, aunque falta el día 23. De abril, comprende del 1 al 8 (en especial el ya mencionado ataque de Porfirio Díaz a los franceses el día 2, hazaña que repetiría en 1867, cuando tomó la ciudad de Puebla), sin datos del 9 al 13 ni del 20 al 23, una batalla ganada el día 25, y de nuevo sin nada para los días del 27 al 29. Se narra con lujo de detalle cómo los sitiados se quedan sin víveres y se alimentan de mula asada. De mayo se narran los días 1 y 2, y se omiten algunos entre el 5 y el 20. En la entrada del 17 se lee:

 

Este rato hasta las 7 ha sido de lo más horrible que he pasado en mi vida; á esta hora han empezado á entrar los franceses; y he tenido el atroz disgusto de ver entrar á los traidores, aunque este ha sido mitigado por la manera con que el público los ha recibido de desprecio y disgusto, hasta hacer que los mismos franceses los hayan hecho salir. Todos somos ya prisioneros. 

 

Casarín escapó de los franceses, no se sabe exactamente cómo. El hecho es que el día 20 de mayo llegó a la Ciudad de México, con gran dolor por haber perdido su caballo El Diablo, muerto por los argelinos. Ahí la narración calla; no era para menos. De julio de 1863 a septiembre de 1864, una vez muerto ya Casarín, el registro continúa, pero ya con otra letra y otro sentido de las anotaciones, un listado de lugares.

 

Las autoras nos dejan ver con medios gráficos —al final, son historiadoras del arte—, con mapas que Guadalupe de la Torre leyó, demostrando que podían ser comprendidos y analizados como documentos históricos por su gran aportación a la historia de la vida militar y cotidiana. Entre las imágenes encontramos litografías del sitio publicadas en diarios galos, que muestran otro punto de vista y la riqueza de materiales que esperan ser estudiados. Algunos grabados en madera o xilografías, de fina factura, revelan la posición de los franceses en las ciudades, plazas, calles, iglesias y su presencia por doquier.

 

El general Ignacio Zaragoza murió el 8 de septiembre de 1862, a la edad de 33 años, y, casi un año después, Casarín. Miles de soldados mexicanos perdieron la vida o fueron hechos prisioneros por las mismas fechas. Por ello, esas batallas son un episodio digno de recuperarse en su dimensión real, con sus victorias y sus pérdidas, con la llegada de Maximiliano y la posibilidad de observar a un emperador vanguardista y modernista, que no tenía ni idea de las arenas movedizas que lo esperaban en tierras mexicanas.

 

Así, el relato de los hechos en el Diario... mantiene siempre un acento fantástico y la historia deja de ser ese cartón rancio y duro que nos enseñaron en la primaria; se convierte en algo lleno de vida, permite comprender a los seres que la forjaron, que la relataron y la pelearon. Pero estas historiadoras de la imagen también nos dejan ver otro ángulo importantísimo de nuestra historia: ahí están las fotos, las litografías, los mapas, que son una huella, un vestigio de ese pasado que han recuperado de los acervos más recónditos, de archivos institucionales, de la memoria colectiva de Puebla y de la nación. Su veta de historiadoras del arte las vuelve profundamente comprometidas con los materiales visuales como documentos históricos, compromiso que a lo largo del libro electrónico vamos constatando.

 

La fotografía de Ignacio Zaragoza es otra joya que, según parece, inspiró su retrato al óleo. El tifus, que transmitían los piojos, mató inesperadamente al héroe, al general ganador, en el mismo año de su triunfo, sin ver ya el ingreso de los emperadores a suelo mexicano. Su imagen lo muestra sereno, sentado con su espada en las piernas, que las autoras explican como algo más que parte de su uniforme: “la espada desenvainada que reposa en las piernas; una velada amenaza al enemigo, local y extranjero”. Su rostro imperturbable, joven, con una breve sonrisa que denota seguridad, sus anteojos característicos, todo nos deja verlo en ese entorno sencillo y sin pretensiones que el fotógrafo puso en el ambrotipo que le da presencia innegable después de más de 150 años. Nada como la fotografía para ver y descifrar el carácter de los personajes.

 

 Los mapas son insoslayables, parte sustancial del material para entender dónde estaban los fuertes, por dónde circulaba el ejército, cómo se tomaron las calles principales, en fin, datos imprescindibles para entender la estrategia de los franceses. Ante ese cuerpo militar tan fortalecido, en particular por los zuavos —soldados argelinos de élite de los que echaba mano el ejército francés—, entendemos que las tácticas de nuestros generales no fueron las mejores en el momento del encuentro. La toma del polvorín, la carencia de alimentos, la falta de comunicación entre mexicanos y el paso abierto para los franceses entre Veracruz y Puebla, las enfermedades, los muertos, el tifus, entre muchas otras causas, obligaron a los mexicanos a rendirse. De ello da cuenta Casarín, pero Acevedo, Casanova y Pérez Gasca lo hacen más comprensible al ir interviniendo en cada parte del diario, tomando el monólogo para convertirlo en un libro abierto. Quien desee saber la verdadera historia de cómo perdimos en Puebla la guerra de 1863, ahí tiene las huellas materiales.

 

Con una narración rodeada de imágenes, litografías, xilografías, grabados en hueco, colodiones húmedos, calotipos, ambrotipos, huellas de generales y de coroneles, de mexicanos, de zuavos, marroquíes y franceses, de caballos caídos, del dolor de perder, que llevó a sus participantes a enterrar su propia historia y que ahora resurge gracias a esa nueva versión, a la nueva forma de abrazarla y reproducirla, el Diario... nos ofrece un nuevo plano histórico, visual y cultural, una reflexión sobre cómo eludimos el pasado, ese rosario de fracasos con una sola gloria, del que podemos aprender cada día más. Esta polifonía de muchos personajes y épocas, entre Casanova, Acevedo, Pérez Gasca y el creador del diario, Carlos R. Casarín, de la mano de otros como las casas fotográficas Valleto o Cruces y Campa, el explorador Desiré de Charnay, Casimiro Castro, Luis Dumont, el grabadista Godefroy Durand, Luis G. Cariaga, Antonio García Cubas, Luis Garcés, José Joaquín Arriaga, Eduardo Unda, Rafael Alatriste, todos ellos al unísono nos dejan ver esta nuestra propia historia de grandes matices y contrastes, insisto... para no repetir.

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

 

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Esther Acevedo, Rosa Casanova y Angélica Pérez Gasca, Diario del sitio de Puebla de Carlos Casarín: Relatos e imágenes en torno a los sucesos de 1863, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2019 [publicación electrónica].

Rebeca Monroy Nasr*

 

Un concierto a seis manos, con dos pianos y orquesta, toda una polifonía musical es el símil necesario para describir este libro digital y sus pormenores, porque sus cualidades, sus búsquedas y encuentros, sus aportaciones y posibilidades desde la perspectiva digital, rebasan los límites y alcances de un libro en papel, con pastas y portadas. Las dimensiones que nos ofrece el libro digital[1] van más allá de las posibilidades de la tradición libresca y nos llevan a otras esferas, con otras modalidades, ventajas y algunos modificadores de hábitos adquiridos.

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