Marcas de ayer en las realidades de hoy: los exilios en la ciudad de México

 

Silvia Dutrénit Bielous*

 

Las experiencias internacionales de exilio son históricamente diversas y se pueden rastrear desde épocas muy remotas. Todas convergen en su sentido punitivo contra quienes la padecen. Y la punitividad imprime huellas, se instala en las vidas. Aun cuando desaparezcan las razones que desencadenaron los éxodos, los exilios quedan incrustados en los sujetos que lo vivieron.

 

Distintas prácticas exiliares recorrieron el siglo XX. En su primera mitad los exilios eran esencialmente solitarios, muchas veces de integrantes de las elites políticas e intelectuales. Más adelante sus características fueron mutando al ritmo de las historias abigarradas de movimientos sociales, políticos y armados en contextos de violencia estatal sistemática y abarcativa. Se desembocó así en exilios familiares, lo mismo que de grupos diversos y masivos. Es decir, quedó atrás la selectividad que caracterizaba los exilios latinoamericanos y primó la masividad propia de las guerras civiles europeas y de las contiendas bélicas internacionales.

 

Los caminos y recursos para desembocar en la nueva realidad exiliar fueron diversos. Es posible rastrearlos desde tiempos históricos y con una mayor claridad desde la centuria pasada. Unos pocos son los que están conceptualizados y registrados en la normativa internacional y en la arquitectura legal de los países (por ejemplo el asilo y el refugio). La tendencia manifiesta una confusión entre conceptos y realidades. Éstas sin embargo coinciden en una forma de experiencia vivencial propia del exilio. En todo caso se evidencia un universo semántico complicado que torna dificultoso determinar su connotación.[1]

 

La percepción respecto a las dificultades también se presenta cuando se escojen otras aristas de los exilios o dicho de otra manera, se fija la lente en aspectos menos recurridos en los estudios de las comunidades que vivieron esas circunstancias. Una mirada de este tipo advierte la distinción y diversidad generacional, y nos introduce en un laberinto que retroalimenta la complejidad conceptual y característica del exilio y los exiliados.

 

Es probable pensar que a ello se llega con el paso del tiempo, lo que permite decantar problemas propios de las experiencias de exilio, aún más cuando las circunstancias que las desataron concluyeron, de igual forma porque quienes tenían menos protagonismo, o no tenían por su juventud, hoy en su adultez exhiben marcas de lo vivido. Estas marcas se resignifican de distintas maneras en lo personal y social al tiempo que repercuten en los ámbitos de interacción. [2]

 

Desde dónde se problematiza

 

Aquellos niños pueden ser parte de diferentes exilios, y lo argumentado en estas líneas tiene que ver con vivencias en la ciudad de México. Esta megalópolis  cobijó a latinoamericanos durante las décadas más aciagas de la guerra fría.[3]  Entre las comunidades que aquí coincidieron estaban las de exiliados de los países del Cono Sur. México fue un destino recurrido como muchos otros desde  los años setenta, a consecuencia de la implantación de las dictaduras de Seguridad Nacional.[4] La temporalidad de los exilios en tanto comienzo y posibilidad de retorno fue prolongada en los tres casos considerados, siendo más breve el de argentinos, algo más duradero el de uruguayos, y el que abarcó un periodo mucho mayor fue el de los chilenos. Los caminos que condujeron a México resultaron diversos. No obstante lo dicho, el asilo diplomático destacó por el papel activo que sus embajadas tuvieron en Santiago de Chile y Montevideo aunque, vale decir, cada una con su peculiaridad.[5]

 

Ahora bien, existió en estas comunidades de exiliados un componente etario en el que primó la adultez joven por las propias características de la represión en aquellos países. Recuérdese que la construcción del enemigo, el “subversivo”, propia de la doctrina de Seguridad Nacional que guió la estrategia represiva, comprendió a varias generaciones de un mismo núcleo familiar. [6] Ello devino en un conglomerado que muchas veces integró padres, hijos y abuelos. Los hijos acompañaron a los padres o a alguno de ellos, desde el comienzo de la ruta exiliar aunque también sin ellos por haber sido víctima  directa de la represión (preso o desaparecido).[7] Pero no todos acompañaron desde el inicio, muchos otros nacieron en las tierras de acogida, en este caso, en México. [8]

 

Esos niños, hoy adultos jóvenes, ¿cómo se perciben respecto al exilio? ¿hijos de exiliados, niños exiliados o exiliados ellos mismos? Estas preguntas conducen a cuestionarse en quién recae la condición de exiliado. ¿Exiliado lo es sólo el adulto que tomó, exigido por distintas circunstancias, la decisión de emprender ese camino o lo es también el hijo menor que lo acompañó? Incluso cabe preguntarse si ¿exiliado es el hijo que nació en la tierra de acogida? Sin duda hay en todos los casos un involucramiento en la cotidianidad exiliar y en lo que ella perdura para quienes la vivieron. Pero las marcas tienden a no ser coincidentes. No obstante, es más recurrente pensar, identificar y caracterizar a aquellos exiliados y sus comunidades desde una concepción de universo adulto.

 

Hoy la adultez joven la tienen aquellos niños, sobre los que apenas se ponía atención desde la lectura de los exilios. Su presente está impregnado de huellas que al andar adquieren otros significados e impactan en su interacción personal y social. 

 

El cruce de las generaciones

 

La trama del exilio cruza, pues, distintas generaciones y se impone en las biografías familiares mediante experiencias directas de conflicto y represión política, del horror y el miedo desatado o a través de la transmisión intergeneracional. Cuando se trata de temporalidades más prolongadas, la diversidad de  experiencias e  interacciones se advierten con mayores matices.

 

Hay cierta recurrencia a hablar de los hijos, aquellos que, como se ha mencionado, llegaron al exilio con los adultos o bien nacieron en la tierra de acogida como segunda generación. Término que se utilizó en un principio para ubicar a hijos de quienes vivieron como experiencia directa el holocausto y nacieron luego de la catástrofe. En el caso de los exilios se presenta un reto conceptual, que en la literatura sobre migraciones se ha tratado de resolver con algunos atajos analíticos.  

 

Se parte de un razonamiento macro en las ciencias sociales y humanas sobre las generaciones que delimita cierta configuración del significado en una fundamentación sociológica atenta al cambio social y cultural.[9] ¿Por qué? Porque desliga como definitoria la fecha de nacimiento e impone una pertenencia colectiva en función de características coincidentes en términos sociopolíticos y culturales. Es decir, los contextos posibilitan ubicar, advertir y aprehender subjetividades y comportamientos diversos. Vale la pena, por tanto, reparar brevemente en su entendimiento.

 

Entonces, si bien no se deshecha el rango etario, resulta fundamental la coincidencia de contextos políticos, sociales y culturales. Es decir, al delimitar de manera sustantiva referentes comunes en las experiencias vitales como son sucesos históricos que marcan hiatos y, a propósito de  las circunstancias exiliares que se aluden en estas páginas, algunos indicadores abonan a una caracterización de generación. En este sentido, se pueden mencionar: contexto de guerra fría y en particular represivo en el ámbito de las dictaduras de Seguridad Nacional, formas de huida presentes en la biografía –experimentadas o transmitidas–, cotidianidades compartidas en condiciones culturales de ajenidad con el medio y de nostalgia en el núcleo familiar así como espacios de socialización coincidentes o similares. En fin, lo apenas enunciado está delimitado, a la vez, en un mismo arco temporal, aquel que acercaba a los niños en los años setenta y ochenta de los exilios en la ciudad de México[10] y los distanciaba ayer  pero también hoy, de las subjetividades propias de quienes eran parte del mundo adulto entonces.

 

Ante el debate, y a la vez propuesta, de distinción generacional, parece acertada la denominación de segunda generación para los integrantes de los exilios conosureños que vivieron la totalidad del trayecto o partes del mismo desde una temprana edad y hasta la adolescencia en un rango flexible entre cero y catorce años.[11] Es decir, son parte de la segunda generación tanto aquellos que nacieron en el país de sus padres y los acompañaron siendo pequeños y hasta  adolescentes, como también quienes nacieron en la tierra de acogida durante los años del exilio. Lo dicho significó ser educados y socializados allí, dado que la temporalidad del exilio cubre desde el momento que salió en busca de una tierra de acogida hasta cuando desaparecen las condiciones formales que obligaron al exilio. Como es obvio, no significa que el exilio y sus improntas se borren por esas razones.[12]

 

En todo caso, la caracterización propuesta como segunda generación implica que existe una primera con características propias y que es subjetivada de manera diferente por sus protagonistas respecto a los que eran niños y hoy son adultos jóvenes. Si bien puede percibirse un hiato entre quienes nacieron en el país de los padres y en el de acogida, aquél tiende a borrarse mientras los recuerdos y el presente invaden y se entretejen en sus relatos. Lo que permite advertir que se está ante las presencia de distintas generaciones, lo que una vez más rompe toda tendencia de mirar como un todo homogéneo al exilio y sus repercusiones.

 

Clivajes y  transmisión

 

Los contextos de represión afectan a todo el núcleo familiar y si la consecuencia es el abandono del espacio propio con la exigencia de adaptación a un ámbito ajeno, se producen distintos tipos de comportamientos. ¿Qué significa? Las personas afectadas no reaccionan de la misma manera ante el cambio brusco del espacio y el entorno social así como ante una cotidianidad en que se comparten diversas experiencias. El exilio produce rupturas en todos los aspectos y comienzan a fluir interferencias, y sin duda transtornos, en la transmisión intergeneracional. La distancia emocional y práctica entre la experiencia adulta y la de los niños en el exilio provoca percepciones inciertas y con diferente grado de intensidad. Es decir, la dimensión afectiva y social que esa cotidianidad implica tiene diversos planos de asimilación en la subjetividad de cada uno.

 

Sin duda, y a propósito de la segunda generación, la experiencia muestra un abanico de expresiones en la transmisión sugerida o directa y verbaliza según sea el caso, en relación con las razones del destierro y sus repercusiones. El desacomodo emocional y práctico por la ajenidad, la otredad, se comunica de alguna manera. Como es obvio, estas sensaciones mutan con el tiempo y se resignifican, no obstante los niños son receptáculos de las distintas etapas de la temporalidad exiliar y van procesando imágenes y sensaciones, hasta ubicar los recuerdos en los nichos que construyen desde su presente adulto.

 

Confrontados hoy con aquella realidad, hay una impronta imborrable que se repite y tiene que ver con la biografía familiar. Esa marca está contextualizada en el tiempo y en el espacio por una historia sociopolítica y cultural de los países conosureños. Asimismo lo está por lo que corresponde al país de acogida, en este caso México, en el que han nacido o crecido y han decidido fincar su residencia,  aun cuando pueden exhibir distintos itinerarios en sus trayectorias de vida. La impronta de igual forma es una coincidencia que trasciende lo objetivado y radica en el mundo de la sensibilidad y subjetividad respecto a sensaciones y emociones con el medio cultural cercano y lejano.

 

La conjunción de una identificación diacrónica relacionada con lo biográfico y una sincrónica referida a lo contextual hace posible retomar con énfasis la argumentación de que una generación (en este caso la segunda del exilio) va más allá de la yuxtaposición de elementos. Existe un conjunto de elementos no idénticos pero sí similares y todos se entretejen en tensión con otro (en este caso con la primera generación del exilio). Por ejemplo, se puede percibir en el continuo fluir de corrientes simbólicas y otras veces verbalizadas de la biografía familiar y del contexto en el que transcurre la cotidianidad del exilio, muchas veces  contradictorio. En este sentido confluye la preservación de los hijos ante el horror vivido, al tiempo que la reafirmación del mundo ideal que está lejos de aquella patria añorada y que no es donde se vive accidentalmente.

 

¿Qué toman y qué dejan los hijos de estas transmisiones directas o indirectas? Al observarlos se aprecia que sus recorridos tienen mayores o menores énfasis en lo que fueron los compromisos políticos y sociales, aunque estos últimos parecen preservarse por sobre todo. O dicho de otra forma, presentan una  identificación diferente a la experiencia de la primera generación con pautas culturales identitarias propias. No obstante, aquellos datos biográficos parecen estar incrustados aunque no sean percibidos, incluso cuando tienden a producir rechazo. Distintas reacciones tienden a dotarles de un sentido de pertenencia, aunque no sea consciente de ese universo conceptualizado como segunda generación del exilio.

 

En todo caso, como ha señalado Yerushalmi, la generación como la que es materia de análisis resignifica su pasado.[13] Esta generación que habita la ciudad de México extrae lo que considera apropiado y el resto queda en el camino. Ello deviene en una cadena de transmisión que no es una línea lisa y continua, sino un camino azaroso sembrado de baches y eslabones fracturados que si bien no interrumpen la transmisión, la hacen presente.

 


* Instituto Mora.

 [1]Véase el trabajo de Luis Roniger, “Reflexòes sobre o exílio como tema de investigacáo: avancos teóricos e desafíos”, en Viz Quadrat, Samantha (org.), Caminhos cruzados: história e memória dos exílios latino-americanos no século XX, Sao Paulo, FGV, 2011, pp. 31-62.

[2] Con esta mirada la autora desarrolla un proyecto de investigación que tiene como fuente privilegiada los testimonios de integrantes de segundas generaciones y que residen en la ciudad de México. Lo presentado en estas páginas se apoya en esta investigación en curso. Una vez más se agradece la generosidad de sus testimonios.

[3] Lo anterior no desconoce que en simultáneo a esta política de protección a los perseguidos de otros países, se reprimía bajo la misma lógica bipolar a la oposición sindical, política y armada en distintos puntos de territorio mexicano. Documentos oficiales a partir de 2001 dan cuenta sobre la necesidad de investigar y en algún caso, sobre las consecuencias de esa represión. La referencia en particular es al informe de la Comisión Nacional de Derechos Humanos de noviembre de 2001, al informe final de la Fiscalía Especial para los Movimientos Políticos y Sociales del Pasado y por supuesto a la documentación resguardada, y no siempre disponible, en el Archivo General de la Nación y a la del gobierno de Estados Unidos, que puede consultarse en parte en The National Security Achive. Por supuesto, académicos  e intelectuales han trabajo sobre aquel periodo y tienen una importante obra. Carlos Montemayor es un ejemplo destacado en este campo de investigación y análisis. 

[4] Apoyado en la ponencia en coautoría con Ana Buriano, “Transmisión y resignificación: el exilio en la memoria de los hijos de conosureños en México”, Tercer Simposio Internacional Multidisciplinario de Estudios sobre la Memoria: Memorias heredadas, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego” Benemérita Universidad Autónoma de Puebla/ Instituto de Urbanística-Universidad Estatal Pedagógica de Berdyansk, Ucrania, Puebla, 2014.

[5] Diversas investigaciones de académicos ofrecen información y análisis en este campo del conocimiento inserto en la historia reciente de México y la región latinoamericana. Entre ellos se encuentran Ana Buriano, Mónica Palma, Eugenia Meyer, Guadalupe Rodríguez de Ita, Fernando Serrano Migallón, Pablo Yankelevich y Silvia Dutrénit.

[6] “La seguridad nacional tuvo una variante en América del Sur: la doctrina de Seguridad Nacional. Esta variante mantuvo la idea de que a partir de la seguridad del Estado se garantizaba la de la sociedad. Pero una de sus principales innovaciones fue considerar que para lograr este objetivo era menester el control militar del Estado. El otro cambio importante fue la sustitución del enemigo externo por el enemigo interno […] Además de las guerrillas, el enemigo interno podía ser cualquier persona, grupo o institución nacional que tuviera ideas opuestas a las de los gobiernos militares”. Francisco Leal Buitrago, “La doctrina de Seguridad Nacional: materialización de la Guerra Fría en América del Sur”, Revista de Estudios Sociales, junio 2003, pp.  74 -87, disponible en  http://res.uniandes.edu.co/view.php/476/view.php, consultado el 20 de agosto de 2013.

[7] Sin duda existieron otras variantes como la permanencia en el país en condiciones de  clandestinidad.

[8] Apoyado en Ana Buriano y Silvia Dutrénit, op. cit.

[9] Un representante indiscutido del análisis de distintas conceptualizaciones y una propuesta sociológica de generación es Karl Mannheim, “El problema de las generaciones”, en Reis. Revista española de Investigaciones Sociológicas, núm. 63, 1993, pp. 193-242.

[10] Se alude a la ciudad de México porque cobijó de manera sustantiva a los exilios y de ellos, a las comunidades políticas organizadas. Éstas hicieron posible la convergencia y pertenencia en cotidianidades compartidas, coincidieron en algunas instituciones educativas y en ciertos espacios habitacionales y de socialización en general.

[11] Se toma este rango etario de la historiadora española Alted Vigil, quien tiene una importante obra sobre los niños de la guerra civil.

[12] No obstante, son varios los estudios sobre migraciones que discuten, problematizan y caracterizan a las distintas generaciones relacionadas con la migración Es interesante entre ellos los que introducen la distinción entre primera y segunda generación de generación 1.5. ¿A qué refieren? Es la de hijos nacidos en el país de sus padres y que llegaron durante su infancia, es decir en un rango de 0-12. En tanto la primera se integra por los padres y los hijos que llegaron al país de acogida entre los 18 y 21 años y la segunda generación por los hijos nacidos en el país de acogida. Alejandro Portes y Rubén Rumbaut, Legados: la historia de la segunda generación inmigrante (trad. de Albino Santos), México, Miguel Ángel Porrúa, 2011; May Yu Danico, The 1.5 Generation: Becoming Korean American in Hawai, Honolulu, University of Hawai Press, 2004.

[13] Yosef Hayan Yerushalmi, “Reflexiones sobre el olvido”, disponible en Biblioteca Virtual de Ciencias Sociales,    http://www.cholonautas.edu.pe/memoria/Yerushalmi.pdf, consultada el 11 de junio de 2014.

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Resumen

Este breve texto revisa de manera general la migración y exilio de los años setenta de aquellos niños del Cono Sur en México, expulsados de sus países: Chile, Uruguay, Argentina a consecuencia de la implantación de las dictaduras de Seguridad Nacional. Aquí se anotan cuestiones por reflexionar: ¿cuál es la biografía familiar de estos niños exiliados? ¿Qué significados tiene ser exiliado para los abuelos, padres e hijos? ¿Cuáles significaciones se construyen a partir de distintas generaciones?, asuntos aún por analizar dentro de la historiografía de los exilios.

Palabras clave: exilio, identidad, segunda generación, Cono Sur, México.

 

Abstract

This brief essay examines Southern Cone child migration and exile in Mexico, specially of those expelled from their countries: Chile, Argentina and Uruguay.  This population had to emigrate as a consequence of the persecution that their families experienced during the dictatorships of 1970’s. This study arouses some questions: Which is the biography of this children? What does it means to be exiled? How many identity meanings are constructed on thd different generations? This are some aspects that can be analized by exile historiography.

Key words: exile, identity, second generation, South Cone, Mexico.

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