Francisco Julião, su conversación con doña Gregoria Zúñiga, última mujer de Zapata

Laura Espejel López*

 

Para Angélica Rodríguez Madariaga

 

En la tierra de Zapata

 

Don Francisco Julião fue un exiliado brasileño que nació en Pernambuco, en 1915,[1] y quien por largos años luchó al lado de los campesinos de su lugar de origen, los llamados camponeses, en portugués.[2] Los apoyó en sus demandas de tierras –en manos de poderosos finqueros–, una actividad social y política que devino en su proyecto de vida. Lo que le ganó el aprecio de muchos, lo mismo que la represión de la dictadura militar del Brasil. Así, a fines del año de 1965 Francisco Julião llegó exiliado a México, pero debido a la altitud de la ciudad de México decidió establecerse en el estado de Morelos, entidad en la que el clima y la flora, de buganvilias, jacarandas –árbol nordestino– y caña de azúcar, le permitieron rememorar su terruño y, al mismo tiempo, identificarse con la causa de Zapata. Más aún, su encuentro con los campesinos de Morelos lo arraigó en la región. Al grado de que cuando pudo regresar a su país, en 1979, con la ley de amnistía, decidió volver a México para radicar en Tepoztlán hasta su muerte, acaecida el 10 de julio de 1999.

 

Su vida ha sido reseñada en algunos trabajos y actualmente es el centro de interés de varios investigadores.[3] En lo que a nuestro trabajo concierne, deseamos rescatar y mostrar el interés de Julião por conocer a los ex combatientes del Ejército Libertador del Sur de Emiliano Zapata, a lo largo y ancho del estado de Morelos. En efecto, al poco tiempo de instalado en Morelos Francisco Julião comenzó a buscar a aquellos hombres y mujeres del campo que habían estado con Zapata. Por el diario personal de Angélica Rodríguez Madariaga,[4] su esposa, originaria de Chile, sabemos que entre 1973 y 1976 realizaron un promedio de 200 entrevistas a los ex combatientes zapatistas de los estados de Morelos, Estado de México, Puebla y Guerrero, y sus anotaciones nos acercan a algunas preguntas que guiaron el proyecto de historia oral emprendido por don Francisco y Angélica, el cual infortunadamente dejaron inconcluso.[5] Un proyecto que Julião resumió así: “mi trabajo comenzó en Brasil, en el Nordeste, como también podría haber comenzado en cualquier otra región de esta América donde el nombre de Zapata aún significa ‘Tierra y Libertad’”.[6]

 

Así, uno de los aspectos que más me atrajeron de su trabajo es la enorme capacidad de asombro y delicada empatía que de inmediato se estableció entre Francisco Julião y los ex combatientes zapatistas. Empatía que surgió no sólo de su propia calidad de luchador por los derechos agrarios de la gente del campo brasileño, en especial de su región de origen, Pernambuco, sino de su capacidad para escuchar durante horas a los antiguos compañeros de Zapata. Entre ellos al mayor Constancio Quintero, a Trinidad Machuca, al capitán Espiridión Rivera o a Emilio Martínez, secretario del Frente Zapatista de Tepoztlán. Pero lo mismo a los hijos y familiares de los antiguos rebeldes zapatistas, con quienes asistía a las reuniones que cada fin de mes celebraban en Cuautla o en Iguala y otros pueblos. Lo que les permitiría ir tejiendo una amplia red de posibles entrevistados.

 

El compromiso y gusto por acercarse a las ciudades y pueblos alejados les imponía levantarse temprano para salir juntos, Julião y Angélica –en algunas ocasiones con su amigo el fotógrafo Barry Urday–, a recorrer carreteras y caminos sin pavimentar, en busca de una pista, el contacto o el guía que los llevara con los veteranos zapatistas o algún familiar. Al encuentro con algún revolucionario o avecindado de pueblo, que les dijera que en Iguala  o en Xochipala, Guerrero, por ejemplo, vivía una anciana ex combatiente que seguía esperando, en la soledad de su pequeño terreno, para recoger los frutos de la revolución en la que dejó su juventud. Es el caso de la coronela Amelia Robles, de la que Angélica escribió:

 

Se nota que es una persona extraordinaria. Tiene el aspecto y la voz de mujer, pero asume con tal seriedad su condición de hombre que uno no puede menos que aceptarla así. Todo el mundo ya la acepta como varón, con un respeto tan grande que jamás ninguna de las personas con quienes hablé, ni en Guerrero ni en Morelos, dijo de ella algo impropio o insolente o burlón. Siempre se refieren a su gran valentía. Tiene once balas en el cuerpo y dicen que cuando peleaba sólo se veía su caballo: ella iba recostada en el costado del caballo.

 

Ojalá lleguemos a ganar su amistad y confianza para poder conocer más a este increíble personaje.

 

Sin duda, por lo que uno puede observar, no se trata de un ser vulgar, mediocre, sino al contrario, es de una gran finura y autenticidad. Se ve enseguida que tiene clase. El sólo hecho de asumir abiertamente su condición de hombre para mi es de un gran valor pues refleja su autenticidad, su originalidad, su valentía al desafiar a un mundo donde la mujer, en esa época, no podía lanzar desafíos.

 

Así, a través de las entrevistas y del diario de campo de su esposa lo primero que yo recibí fue una lección metodológica, que bien me hubiese servido cuando a mis 23 años me lancé a realizar entrevistas como parte del grupo de trabajo de historia oral, pues entre las cuestiones que destacan en el trabajo de campo de esta singular pareja es el asombro que nace de la empatía, del descubrimiento experimentado al escuchar a quienes se dejaban llevar por sus recuerdos de la gesta y épica del zapatismo. Al dejarse llevar hacia las vivencias de un movimiento que fue un parteaguas personal, social y político: la Revolución mexicana. La parte esencial de esta experiencia fue para ellos el acercarse al lado humano de los hombres y mujeres que hicieron la guerra junto a Zapata. En sus propias palabras, Angélica nos introduce de la siguiente manera al significado personal de aquella experiencia: “Hoy voy a dar inicio a esta especie de diario o registro de las entrevistas que llevaremos a cabo con Julião. Tal vez debería haberlo hecho antes, apenas Julião comenzó este trabajo, pero de todos modos se podrá rescatar algo de lo que ha significado esta experiencia tanto en el sentido testimonial como humano”.

 

Como sabemos, los testimonios zapatistas son una fuente excepcional en tanto nos permiten comprender cómo los combatientes campesinos, o los hijos de campesinos, recordaban su participación en una lucha por la tierra y la justicia: su causa. Así, los que Francisco Julião dejó en algún gabinete de su casa en Tepoztlán, daban fe de la confianza que se ganó en las casas de muchos campesinos que habían peleado con Emiliano Zapata. Una de las preguntas recurrentes que hacía Julião, seguramente después de un buen rato de conversación, era sobre cómo veían ellos al general Zapata. Parece una pregunta nacida de la simple curiosidad, pero encierra la posibilidad de tener un testimonio de primera mano respecto de la imagen que su propia gente guardaba de aquel mítico dirigente, es decir, los campesinos de la región.

 

Como suele ocurrir, Julião y Angélica despertaban cierta desconfianza por ser extranjeros. En algunas ocasiones se les negó la entrevista solicitada, como sucedió con Amelia Robles, cuya negativa se detectó en el Diario de Angélica, en donde escribió: “nos vieron con desconfianza y es normal, no tienen por qué confiar en desconocidos, después de tanto agravio”. Asimismo, el diario muestra que ambos están conscientes de la humilde situación en que viven sus entrevistados, tanto por tan poco. Sin embargo, todo el tiempo perciben que no es la pobreza del que mendiga sobras, no es una pobreza del derrotado por la vida. Entre ellos observan y comentan cómo las casas, los patios, las calles del pueblo, las escuelas están impecablemente limpias, al igual que sus anfitriones. Lo que Angélica comenta en su diario de la siguiente manera: “[…] tienen todo tan bellamente limpio, son pobres, pero hay en todo su espacio y en sus vidas una enorme dignidad, pobres sí, pero no derrotados. Nos llamó la atención el hecho de no ver miseria, ningún mendigo, a pesar de que el pueblo se veía muy pobre. Pero era una pobreza digna, lo cual parece un contrasentido ya que la pobreza o la miseria no pueden ser dignas del ser humano”.

 

La conversación, la amabilidad, el intercambio educado y más de una vez la amistad fueron la constante y la llave maestra del contacto con aquellos hombres agraviados por siglos. Uno de los testimonios más interesantes que grabaron es el de una de las mujeres que en su juventud convivió amorosamente con el general Zapata. La manera en que entrega su testimonio nos demuestra la capacidad de antropólogo “inocente” de Francisco Julião. Es muy raro que las mujeres en los pueblos, especialmente las de cierta edad, abran su casa y su confianza frente a un hombre, máxime a un perfecto extraño, y que le cuenten a detalle sobre su vida íntima. Esa es una de las ventanas que abrió Francisco Julião para comprender los sentimientos amorosos de una otrora jovencita, casi niña, hacia Emiliano Zapata. En su testimonio sentimos el tono de enojo y de celos que todavía, en 1973, le provocaba el recordar que alguna vez el general Zapata le había sido infiel. Me parece que vale la pena recoger algunas partes de esa conversación.[7]

 

Esbozos de un romance

 

El domingo 4 de noviembre de 1973, en el pueblo de Tenextepango, Morelos, la señora Gregoria Zúñiga, de 78 años, originaria de Tepalcingo, Morelos como en una ensoñación “recorre su memoria” y la detiene en el año de 1912. Así, conversando con Francisco Julião le cuenta, como si fuesen viejos conocidos, o incluso familiares, el inició de su romance con el “Jefe Zapata”, como le llaman la gente en los pueblos de Morelos, y la misma doña Gregoria: “Zapata nos cogió […] nos conoció [se refiere a ella y a su hermana Luz] en el rancho, desde que llegamos, y decía: “que bonitas muchachas tiene ese viejito [su padre, don Manuel Zúñiga]; que bonitas muchachas tiene, tiene buenas pollitas”. Ahí jué donde empezó, por [ser nosotras] pollitas, a frecuentar la casa […]”.  

 

Naturalmente, la entrevista es larga, llena de anécdotas, lejos queda en esa casa el recuerdo de las tiendas de rayas, las haciendas como atalayas, los capataces y su brutalidad, o el recuerdo de las armas, el olor a  pólvora, los campamentos, los pueblos quemados, el hambre, la guerra por justicia y en general la sórdida realidad de los años de guerra. Sólo se desgrana el relato de una mujer de casi 80 años que, en una tarde vuelve a ser una joven que muy pronto se enamora y sigue hasta su muerte al “Jefe Zapata.”

 

En la entrevista grabada, uno escucha la destreza de Francisco Julião para evitar que doña Gregoria corte su recuerdo por pena, vergüenza o algún sentimiento de humillación. Esto porque doña Gregoria debió contar que antes de su amorío con Zapata el general se había “llevado” a su hermana Luz, lo que provocó la “muina” de su padre. Y que al morir su hermana Zapata regresa a su casa, la enamora a ella, quien se resiste un poco, termina por ceder, se la “llevan” y entonces don Manuel Zúñiga vuelve a sentir “muina” contra Zapata. Es así como ella misma cuenta a Julião que era una jovencita cuando fue seducida y sacada de su casa  por Emiliano Zapata.

 

Lo anterior acrecienta el interés de Julião en la vida de Gregoria Zúñiga y su relación con “el Jefe Zapata”, y logra hacerla sentir la confianza para contar lo que la llevó de ser una joven bonita de pueblo, a convertirse en la última compañera y confidente del caudillo; en un personaje de la historia del Ejército Libertador del Sur. Así, doña Gregoria conversa con una mezcla de intuición de que su vida fue parte de la historia, al ser la mujer del líder agrario más importante de América Latina, y de la certeza y la convicción de que fue una mujer enamorada.

 

Sin embargo, una de las partes más interesantes de la entrevista es aquella en la que Gregoria Zúñiga le platica a Julião su viaje con Zapata a la Ciudad de México, cuando la entrada de la Convención, y lo sucedido en Palacio Nacional, cuando Villa lo invita a sentarse en la silla Presidencial. Dice doña Gregoria:

 

Fuimos […] a México. Me había llevado en la entrevista de Villa y Zapata. Ya llevaba mi niño, este, Nicolás, iba ya conmigo. Y me aconsejó [Zapata], me dice:

—“Mira, si te preguntan que si Nico es tu hijo, dices que sí”. Me dijo, pos yo lo sigo. “Era mi hijo”.

Ya me presentaron, verdad. Nos subimos a la presidencia y estaba […], y llegó este otro, ya ni sé, ya ni me acuerdo ni que general, nomás me acuerdo que el general Villa se presentó, y estaba la silla del presidente, así, dice:

—“Siéntese usted mi general”.

Le dice:

—“Usted siéntese. Usted”. Se paró. Estábamos ahí, que se sentaran en la silla del presidente, y le dice:

—“No mire, yo, no crean que yo ando en esta, en esta carrera, arriesgando la vida –dice–; yo únicamente que la ando arriesgando por tener tierra y agua, y ser dueño, aunque sea de una piedra. No nomás yo, todos, toda la gente, pobres y no pobres, que me quieren. Y ya nada le hace, y –dice– yo la tengo aquí, a mi señora –dice– ella me llevará mis tacos al campo. Yo me pondré a arar en la tierra y ella que me lleve la comida, porque ella sabe”. Eso fue lo que les contestó.

—“Pus siéntese”.

Y no se sentó ninguno en la silla presidencial, la dejaron; ya para esto ya estaba el comelitón ahí, ya estaba el comelitón para todos y ya llegaban ahí. Le hacían de regalos, ¡cuántas cosas!

—“¡Ay general!, muy jovencita que está su esposa”. Y que quién sabe qué, dicen: —“¿Y ese niño?”

—“Es mi hijo”. Y se me quedaban mirando.

—“¡Cómo es posible que sea su hijo!” Y eso lo [andaban diciendo] que no era mi hijo. Le digo:

—“Pero también como quería usted que dijera que era mi hijo”.

—“¡Y qué les importa!”.

Pues sí, después ahí nomás se mordió un brazo, y sí, así pasé por ese trago, pasé mi trago amargo por esa ida que di, ora sí que… ya ni me acuerdo pa’ donde nos fuimos, y ya. Ni me acuerdo en dónde le dije a Maurilio Mejía y a otro que me trajeran para Cuautla […], y ya siguió su ruta por ahí, ya no me acuerdo. […] Eso fue mi primera…, mis primeros días que yo empecé a transitar con él.

 

De lo anterior se pueden recuperar varias cosas, pero lo más importante son las sencillas pero firmes convicciones registradas –por el interés de Julião– respecto al distanciamiento de Zapata de la simbología del poder presidencial. Además del respeto a su lucha y a las razones que tenían para levantarse en armas. Nadie quería la guerra, pero la tierra es sagrada, y el sentido de dignidad también. Y en medio de ello podemos imaginar a esos peones, campesinos sin tierra, revolucionarios por necesidad que pusieron en fuga al ejército de Díaz; que mantuvieron a raya a los fieros militares del golpista Victoriano Huerta. A esos campesinos que sin entrenamiento, sin armas, pero con ganas de vivir y de asir la vida y su derecho a la justicia. Es eso, justamente, lo que se exigía día a día, el derecho a vivir, a amar, a tener hijos, a ser felices. De lo que Gregoria nos habla, de cosas simples y complejas a la vez.     

 

Conclusiones   

 

Gracias a Angélica contamos con ocho entrevistas de un total de 200 realizadas en los estados de Guerrero, México, Puebla y Morelos. Su técnica fue la de la entrevista abierta, aunque no de manera exclusiva. De hecho, sus preguntas denotan un interés específico en tres o cuatro temas: vivencias personales del entrevistado en el seno familiar, si eran campesinos; sus experiencias dentro del Ejército Libertador, cómo era el general Zapata y el asesinato del caudillo.

 

En cuanto a sus investigaciones previas y sus maneras de contactar a los viejos zapatistas, sabemos por una entrevista que Julião concedió y se publicó en la revista Cuadernos del Tercer Mundo en 1977, que fue el escritor inglés Cedric Belfarge, a quien conoció en Brasil, quien lo llevo a conocer a uno de sus mejores narradores, el teniente coronel J. Trinidad Machuca, de 86 años de edad. Éste vivía en Tlaltizapán, y por medio de él llegaron a Cuautla a las reuniones que realizaban los veteranos rebeldes en el Frente Zapatista. Por lo pronto, a reserva de continuar mis propios contactos con Angélica, puedo conjeturar que sus técnicas de entrevista no fueron las más depuradas, desde el punto de vista académico, pues no realizaron la acuciosa investigación previa que exige la metodología formal, lo que compensaron con su gran calidad humana, su sensibilidad y la sana curiosidad que mostraron ante los veteranos del zapatismo.

 

Esto último se entiende porque, al ser extranjeros, como dije, sus esfuerzos preliminares se concentraron más en localizar a los informantes potenciales, y en ganarse su confianza. Es esta la magia y arte justamente de quien sabe realizar una entrevista en la que el recuerdo más íntimo fluye de manera natural, casi espontánea y con la frescura del día anterior. Ese arte de la interview de Francisco Julião.

 

Por último, creo que debemos valorar sus entrevistas desde el punto de vista cualitativo, antes que cuantitativo, pues aunque hicieron varias decenas de ellas, son pocas las que se salvaron del paso del tiempo. Algo que, por supuesto, me ha enseñado a valorar las que tenemos en el Archivo de la Palabra del INAH.

              


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

Agradezco a la doctora Inés Herrera, colega de la Dirección de Estudios Históricos, sus facilidades para acceder a los testimonios de Francisco Julião y Angélica Rodríguez Madariaga.

[1] Nació el 16 de febrero de 1915 en el municipio de Bom Jardín, Pernambuco. Abogado, político y escritor, el año pasado se conmemoró el centenario de su natalicio.

[2] Las Ligas Camponesas dieron lugar al movimiento que nació en 1954 y prolongó su existencia hasta el año de 1964, cuando fueron declaradas ilegales y sus líderes perseguidos por las autoridades militares. Existieron en los estados del noreste, con mayor fuerza en Pernambuco, Paraíba y Alagoa. Varios nombres de activistas dieron vida a la organización.

[3] Daniela Morales Muñoz, “La política del gobierno mexicano en relación al exilio brasileño durante la dictadura militar en Brasil (1964-1979)”, tesis de doctorado en proceso. Directora de tesis, Dra. Verónica Oikión Solano.

[4] Diario de Angélica Rodríguez, de las entrevistas a zapatistas realizadas por Francisco Julião. Fotos de Barry Urday.

[5] Véase “Francisco Julião habla sobre Zapata después de entrevistar a más de doscientos sobrevivientes de la gran gesta”, en Cuadernos del Tercer Mundo, 15 marzo a 15 abril de 1977, año 2 núm. 11, pp. 92-113. Desafortunadamente no se conoce el libro que preparaba con estos 200 testimonios de zapatistas que lograron reunir.

[6] Ibidem.

[7] Cabe señalar que doña Gregoria, fue abierta cuando le solicitaron su entrevista, fue entrevistada por Francisco Julião y Angélica Rodríguez el 4 de noviembre de 1973, y otra grabación independiente fue realizada por el antropólogo Carlos Barreto Mark, en Tlaquiltenango, Morelos, en 1974 para el Archivo de la Palabra del INAH, PHO-Z/CRMG/1/82. Nos parece importante mencionar el ensayo de Carlos Barreto M. “Gregoria Zúñiga y Emiliano Zapata: el amor y la memoria”, en Laura Espejel (coord.), “El Plan de Ayala. Un siglo después”, México, INAH, en prensa.

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Laura Espejel

Resumen

Se rescata la labor de Francisco Juliao entre 1973 y 1975 quien aportó empatía y el saber escuchar en un ejercicio pionero de historia oral. Así  recuperó el testimonio de doña Gregoria y de 200 ex combatientes zapatistas de los estados de Morelos, Puebla y Guerrero.

 Palabras clave: historia oral, zapatismo, mujeres, revolución.

 

Abstract

This text rescues the work of Francisco Juliao between 1973 and 1975 who empathy and the gift of listening in a pioneering exercise of oral history. In this way he recovered the testimony of Doña Gregoria and 200 former Zapatista fighters of the states of Morelos, Puebla and Guerrero.

Key words: oral history, Zapatismo, women, revolution.

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