Las nuevas insurgencias y lo contemporáneo

 

"Nos quieren enterrar", olvidan que somos semilla: el devenir de las nuevas insurgencias, Claudia Salazar y Raúl Cabrera (eds.), México, UAM-Xochimilco/ Juan Pablos, 2015.

Luis Gómez*

 

 

El contemporáneo “es aquel que percibe la oscuridad de su tiempo como algo que le incumbe y no cesa de interpelarlo, algo que, más que cualquier luz, se dirige directamente y singularmente a él”.[1]

 

Me queda claro que quienes escriben en este libro  tuvieron de alguna u otra forma una experiencia singular con un presente que no dejaba de apuntar hacia ellos: la  experiencia inquietante  de un desfase, un extrañamiento y ante ello de diversas interrogantes. Vale la pena reconocer la labor de aquellos que frente a lo extraño buscan hacer algo más que una reconfortante normalización.

 

Tal como lo comentó Raúl Cabrera al entregarme la versión impresa de este libro: todo empezó cuando un grupo de personas se reunieron a pensar en colectivo con la intención de poder fijar, situar, algún tipo de posición respecto del presente.

 

Algunos decidieron buscar luz en los testimonios, algunos más acudieron a otras experiencias que consideraron semejantes, hubo quien intentó reconocer las insurgencias como resultado de la crisis global o que rastrearon una línea en las formas de acción, otros que complejizaron sus preguntas valiéndose sobre todo de la teoría, e incluso hubo el atrevimiento de romper la autonomía de campos y valerse de otros saberes, de otras prácticas, del teatro, de la literatura.  Finalmente, además de su posición y sus provocaciones, abrieron dos veredas más para impulsar que su palabra no fuera la última: una cronología de acontecimientos sobre el #YoSoy132 y una serie de reseñas en torno a la bibliografía que se avoca a reflexionar sobre el presente de los procesos políticos.

 

Lo nuevo

 

El libro ―en sus diferentes artículos y con distintas miradas― habla reiteradamente de lo nuevo. ¿Qué se puede decir de la novedad en el ámbito de la experiencia de la acción colectiva?

 

Por fortuna los autores reconocen el presente que se proponen pensar como algo nuevo, como un acontecimiento en las tramas de los procesos sociales que actualiza alguno de sus rasgos, lo hace visible,  o bien que  modifica y provoca mutaciones. Y esto no es una obviedad, podríamos decir que, en tiempos de pensamientos domesticados, es valioso reconocer que algo está sucediendo más allá de lo previsible. En este sentido, hay una mirada puesta, más que en la confirmación, en la diferencia y, por lo tanto, el libro en su conjunto produce, más que un amontonamiento, un movimiento, un despliegue.

 

La novedad está conectada a lo largo del libro con los diferentes elementos que hacen de las protestas un acontecimiento disruptivo, es decir, la novedad en las formas de la acción, su impugnación a los relatos, su corrimiento del lugar asignado, pero quizás vale la pena prolongar la pregunta por lo nuevo y llevarla al ámbito de lo que el acontecimiento disruptivo permite ver y permite decir de la normalidad ¿cómo el acontecimiento disruptivo actualiza, presenta con nuevo rostro y por lo tanto permite hacer visible y enunciable lo que estaba normalizado y al mismo tiempo imperceptible? ¿Qué potencia está presente en el acto de hacer aparecer la normalidad con otro rostro, de actualizarla? ¿Cuáles son entonces las potencialidades de lo nuevo?

 

Incluso se puede decir que el acontecimiento disruptivo hace aparecer a los jóvenes mismos con una cara diferente, reconocible, nueva, presentados como distorsión, desacuerdo, como parte de los sin parte.

 

¿En qué consiste la operación que da como resultado el enunciado “Nos quieren enterrar, olvidan que somos semilla”?

 

Es una operación en la cual se afirma la pretensión totalitaria del dispositivo político. ¿Cómo es posible decir “nos quieren enterrar” sin que eso nos estremezca, nos enmudezca, nos haga temblar la voz? Ya no se trata de un dispositivo que gobierna por medio de sujeciones, de la producción de subjetividades que pueda controlar, sino de un dispositivo que produce des subjetivaciones y eso es lo que hace de esta afirmación algo realmente aterrador. Ya no nos quieren dóciles y rentables, nos quieren desaparecer.

 

Sin embargo, a continuación de esa epifanía aterradora, en el enunciado parece haber algo, no de retraimiento, no de contradicción, ni tampoco de relativización. No hay sin embargos, tampoco cambios de dirección. Hay una afirmación continuada en la misma dirección: las acciones con pretensiones totalizantes olvidan, incluso llegan a olvidar que la vida produce vida, y que la vida siempre va a escapar al poder: “Olvidan que somos semilla”.

 

La operación consiste en dar vuelco a la acción del dispositivo, pero es una operación muy compleja de cara al poder. Es la acción, más que de una oposición, de una aceleración, de extender la línea hasta sacarla de sus cauces y mostrar su punto de quiebre, ahí donde a la máquina totalizante le aparecen enfrente cosas inasibles, incomprensibles, cosas que no puede entender, ese es el punto del avistamiento de lo nuevo, de lo creativo, de lo actual.

 

Cada vez más, estamos emplazados a componer artefactos que hagan este tipo de operaciones.

 


* Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM.

[1] Giorgio Agamben, Desnudez, Buenos Aires, Adriana Hidalgo 2001, p. 22.
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"Nos quieren enterrar", olvidan que somos semilla: el devenir de las nuevas insurgencias, Claudia Salazar y Raúl Cabrera (eds.), México, UAM-Xochimilco/ Juan Pablos, 2015.

Luis Gómez*

 

 

El contemporáneo “es aquel que percibe la oscuridad de su tiempo como algo que le incumbe y no cesa de interpelarlo, algo que, más que cualquier luz, se dirige directamente y singularmente a él”." data-share-imageurl="">