Más allá de los estereotipos: el pro y el contra de la historia oral en torno a la Revolución mexicana

Laura Espejel López *

 

Desde que ingresé al Instituto Nacional de Antropología e Historia, en 1973, quedé adscrita al Programa de Historia Oral, que formaba parte del Departamento de Antropología Social. Por fortuna, las coordinadoras del proyecto, hoy por hoy reconocidas pioneras en la materia, eran las  historiadoras eméritas Alicia Olivera de Bonfil y Eugenia Meyer.

 

Mi formación como historiadora de esta institución ha sido, por un lado, en el apoyo al desarrollo de las fuentes orales y, por otro, en la creación de instrumentos de consulta para la investigación histórica. Mi experiencia personal y colectiva se inscribe en el campo del rescate testimonial, a través de la técnica —en aquel entonces novedosa— de la historia oral.

 

Fue la doctora Andrea Sánchez Quintanar, entonces jefa del Departamento de Manuscritos de la Biblioteca Nacional, quien en 1971 me introdujo al placer de trabajar con documentos de primera mano. Así, mis primeras experiencias giraron en torno a los archivos depositados en los acervos del Departamento de Manuscritos y Libros Raros, resguardados en la caja fuerte del ex convento de San Agustín, donde logré canalizar mi interés al organizar y catalogar cartas, telegramas y recortes de periódicos de principios del siglo XX mexicano. Esta fue la experiencia de trabajo que sembró en mí el gusto por la búsqueda de los vestigios de los diversos actores que fueron parte del escenario histórico, político y social de la época.

 

Pero en 1976 fue necesario tomar una decisión: o continuaba en la institución de la UNAM, o me dedicaba de tiempo completo a investigar la historia oral. Había llegado el momento en que debía tomar una decisión.

 

De los “papeles viejos” a los testimonios zapatistas

El azar de la historia fue el sino que me distinguió. En 1979, el proyecto de Historia Oral, coordinado por la maestra Alicia Olivera se suspendió por decisión del director general del INAH, profesor Gastón García Cantú. No podíamos continuar la tarea de rescatar testimonios. Entonces, el doctor Enrique Florescano acordó y solicitó a la maestra Olivera la confección de un nuevo proyecto que retomara la experiencia colectiva de ella y sus ayudantes y discípulos: Salvador Rueda y yo. Por un lado, surgió la oportunidad, por invitación del doctor Guillermo Bonfil, para que la maestra Alicia facilitara el que Salvador Rueda participara en el inventario del archivo del general zapatista Genovevo de la O, para integrar sus más de 50 mil documentos —que van de 1911 a 1952—  al acervo del Archivo General de la Nación. Por otra parte, aquello se ligaba a nuestro trabajo de rescate testimonial: en ocasiones el archivo ratificaba la memoria zapatista, en otros la desmentía.

 

Al mismo tiempo, el periodo de la doctora Alejandra Moreno Toscano como directora del Archivo General de la Nación (AGN) se convirtió en el “siglo de las luces” para los repositorios de la institución, pues dinamizó e impulsó la creación de instrumentos de consulta elaborados por los archivistas del AGN, en equipo con investigadores de otras instituciones, y con la ayuda de estudiantes y aprendices de la historiografía. Ése fue mi caso, ya que en esa época participé en las diversas “brigadas” de apoyo solidario, dirigidas a organizar los diversos fondos del AGN.

 

Fue así como descubrí los archivos zapatistas, los actores del mundo indígena y campesino; a la tropa y a los jefes; a los hombres y mujeres de la guerra; a los civiles que les ayudaron: ferrocarrileros, maestros, médicos, obreros periodistas, etc. Al pueblo casi analfabeta —gran mayoría— que apenas podía expresarse; a los pocos instruidos que sabían dictar órdenes para organizar campañas y sitiar al enemigo; para dirigir avanzadas y apoyar a los jefes locales y coordinar la ayuda y protección del general en jefe, Emiliano Zapata. Ahí descubrí un mundo insospechado de quejas y lamentos por las agresiones del ejército federal; de peticiones y denuncias contra los abusos de los jefes zapatistas sobre sus subalternos; de los pueblos pacíficos que eran a su vez el sostén del Ejército Libertador del Sur. Descubrí, al mismo tiempo, la solidaridad comunitaria de los pueblos al reunir costales con totopos y al ofrecer su maíz para alimentar a la tropa; al dar pastura a los caballos del ejército campesino, o al facilitar hasta sus propios caballos frescos o al dar información sobre el avance del enemigo; al socorrer a los combatientes en momentos de enfermedad, etcétera.

 

En fin, el poder de las armas, la presencia implacable de la guerra con sus símbolos de destrucción en los ejércitos enemigos: el federal y luego el carrancista, que se abatían sobre un pueblo pobre cuya esperanza estaba en sostener la sagrada causa que enarbolaban el jefe Zapata y sus hombres, con su ideario de lucha, el Plan de Ayala. Al amparo en este documento político empezaron a saturar con escritos, mensajes y recados al Cuartel General, al que los pueblos solicitaban la restitución de sus tierras, con base en los artículos 6, 7 y 8 de su Plan.

 

A partir de los documentos que estudiamos en el AGN, Salvador Rueda en el archivo de Genovevo de la O, y yo en el de Emiliano Zapata, logramos comprobar, al sustentar nuestro trabajo en fuentes primarias, que los campesinos zapatistas sí concibieron un programa político dirigido a dotar su revolución, tanto en el interior como en el exterior, de una visión nacional que incluía la construcción de un nuevo Estado.[1]

 

Este rescate de las fuentes campesinas e indígenas nos permitió aclarar los mitos y estereotipos respecto de no conceder a los movimientos campesinos, y en particular al zapatismo, un ideario político nacional, y ni siquiera respecto de su propia organización económica y política. Pero desde la historiografía, a partir de John Womack, y después de él gracias a los documentos zapatistas descubiertos y a los testimonios de los ex integrantes de su ejército, tuvimos otras lecturas e interpretaciones.[2] Mi encuentro en aquellos años con el Fondo Zapata, en el AGN, en el que leí y revisé 7000 documentos y telegramas, me permitió conocer materiales que no fueron trabajados por Womack, autor del ya clásico Zapata y la Revolución mexicana, una de las más valiosas aportaciones historiográficas sobre el tema, que abrió el camino, años más tarde, a quienes llegamos con nuevas dudas, preguntas, revisiones y senderos, desde la perspectiva nacional de la Revolución.

 

El compañerismo que viví con mis colegas del AGN me llevó a conocer otros fondos, por ejemplo, de la Galería de Presidentes y, más tarde, a concebir preguntas surgidas de la lectura de documentos y testimonios orales. Acto seguido consulté los archivos de un enclave industrial de los tiempos de Porfirio Díaz, ubicado en la región de mi interés, compuesto por las  fábricas Papelera San Rafael[3] y la textil Miraflores.[4] La necesidad de conocer a los actores sociales me empujó a estudiar a los metodistas que se refugiaron en estos centros fabriles, quienes en una y otra empresa brindaron condiciones de vida mucho más benignas, en lo económico y en lo social, a los campesinos de la región. Lo que no exentó los momentos de tensión en las relaciones laborales y de producción entre empresarios, obreros y campesinos.

 

Nuestra contribución historiográfica: fuentes orales y escritas

El origen de la historia oral en el INAH data del año de 1959, cuando el profesor Wigberto Moreno emprendió la tarea de crear el Archivo Sonoro centrado en los sobrevivientes y testigos civiles y políticos de la gesta armada revolucionaria. Esta iniciativa fue apoyada por un grupo de estudiantes de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), gracias a los cuales tenemos un número importante de grabaciones. Entre ellos estuvieron Jaime Alexis Arroyo, Manuel Arellano Zavaleta y Daniel Cazés, quien llegaría más tarde, a ser un destacado investigador en la UNAM.[5] El proyecto se implementó cercano al cincuentenario del estallido de la Revolución, cuando aún había sobrevivientes, de ahí que los antropólogos seleccionaran a varios hombres con cierta presencia política, y que en su momento incluso habían escrito sobre el tema. Me refiero a personajes como Rafael F. Muñoz, considerado uno de los novelistas y periodistas de la Revolución, y a otros de menor renombre en la historia oficial como Adolfo León Osorio. Al escuchar una entrevista que realizó el profesor Jiménez Moreno y su equipo podemos observar las líneas analíticas y de interés de la época.

 

Es importante entender este primer rescate, más que como un interés exclusivo del ámbito académico del INAH, como una preocupación común por la memoria colectiva que involucró a ex revolucionarios organizados, algunos con vínculos con la Secretaría de la Defensa Nacional o con fuerzas políticas, e incluso, unos años antes, con el recién creado Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (INEHRM).[6] Sin embargo, debe decirse que aunque las motivaciones hayan sido preservar los recuerdos alrededor de un acontecimiento central en la formación del Estado mexicano moderno, los métodos de empleo de la tecnología, las maneras de recuperar los testimonios, las opiniones sobre su veracidad y de sus usos sociales y políticos debieron tener matices dependiendo de los actores e instituciones involucradas.

 

En este sentido, y como indicador de la diversidad de aplicaciones que se quisieron dar a las grabadoras como “nuevo sistema de archivo” conviene tener en cuenta la propuesta que esgrimió en 1959 el teniente coronel Enrique Liekens, de constituir un “archivo fónico de la Revolución”[7] dentro de un amplio abanico de facciones o grupos armados y pacíficos (habitantes que sin tomar las armas se identificaban con la causa revolucionaria y apoyaban al ejército del pueblo en armas). Este poeta juchiteco incorporado en 1914 al ejército constitucionalista, a la edad de 32 años, luego destacado seguidor de Álvaro Obregón, había tenido una intensa vida que lo condujo en 1929 a iniciar su carrera diplomática, a ser fundador del Partido Nacional Revolucionario y a dirigir el Departamento de Pensiones en 1935. Liekens pedía un esfuerzo inusitado en tecnología y equipo para resolver el costo humano de conservar el pasado por medios convencionales.

 

Regresando al origen del Proyecto del Archivo Sonoro de 1959, las referencias escritas por Alicia Olivera y Eugenia Meyer remiten a una rama distinta a la de los antropólogos. En torno a este aspecto, Daniel Cazés publicó un libro sobre su experiencia el año de 1973, aunque ya desde 1961 habían aparecido los primeros registros de sus entrevistas en una selección de testimonios, con algunas reflexiones de su posición en esta labor colectiva, cuyos planteamientos son cuestionables.[8]

 

Desconocemos el destino del Archivo Sonoro entre 1962 y 1969, lo cierto es que lo retomaron Eugenia Meyer y Alicia Olivera en 1970, y con la asesoría del doctor Friedrich Katz impulsaron la realización de nuevas entrevistas y la continuidad del proyecto. Ambas historiadoras escribieron un artículo en 1971, en el que reconocen que la metodología y técnica, de alguna manera, seguía la escuela estadounidense. Para entonces Alicia Olivera contaba con amplia práctica en trabajo documental y de campo sobre los cristeros.[9] De hecho, su formación como etnohistoriadora la llevó a tener presente en la elaboración del temario, la Guía Murdock,[10] la cual también fue básica para Arturo Warman, quien en esos años realizó entrevistas con sus alumnos de la Universidad Iberoamericana en el oriente de Morelos.

 

Si bien queda por aclarar si el profesor Jiménez Moreno tuvo conocimiento de la iniciativa del jefe Liekens, la cual ignoramos si se concretó, sorprende que el mismo optimismo y deseo de producir fuentes perviviera a principios de los años setenta, cuando las historiadoras Olivera y Meyer recibieron un decidido apoyo de las organizaciones de veteranos revolucionarios, quienes canalizaron a sus representantes de investigación con sus agremiados.

 

Generaciones tras la palabra viva

El INAH, como institución, aportó la creación de una fuente para el estudio y análisis de la Revolución, en la que participaron varias generaciones. El profesor Wigberto Jiménez Moreno, considerado un impulsor del conocimiento de la historia antigua y moderna de México, con sus alumnos y colegas, fundó el Archivo Sonoro. Después, Alicia Olivera y Eugenia Meyer retoman la creación del Archivo de Historia Oral, y con un equipo de estudiantes (en el que yo me encontraba), capacitados por ellas y el doctor Katz, contribuimos al proyecto. Otro grupo de entrevistadores fueron investigadores externos, con proyectos personales, como Lief Adlesson o Carmen Nava, así como las profesoras Anita Aguilar y Rosalind Rossof, interesadas en escribir un libro biográfico sobre Zapata para niños, luego de lo cual donaron sus entrevistas al Programa de Historia Oral. Esto por mencionar algunos ejemplos. La lista de participantes y situaciones particulares de sus objetivos es un tema pendiente.[11]

 

Las historiadoras Alicia Olivera y Eugenia Meyer afinaron la metodología y la técnica de investigación, influidas por la corriente estadounidense. La doctora Meyer asistió a la Primera Conferencia Internacional de Historia Oral en la Universidad de Essex, en marzo de 1979. Mientras Alicia nos orientó por el camino de la etnohistoria. Ambas trabajaron con conceptos que se debatían en su momento: historia de masas, historia de las clases subalternas, la voz de las masas anónimas, etc. Así, entre otros aspectos, se cuestionaron sobre la veracidad de la fuente oral y la subjetividad del testimonio utilizado.

 

Las entrevistas en la mayoría de los casos intentan recuperar historias de vida, con la guía de un temario, pero en ciertos casos son libres o abiertas. A través de esta fuente tenemos la versión de la Revolución en sus protagonistas y testigos, con narraciones de vivencias cotidianas cargadas de subjetividad, en las que el juego de la memoria, el olvido, la selección de qué recordar, a quién platicar, se combina con la carga emotiva que privilegia ciertos recuerdos, en la voz de hombres y mujeres.

 

Allí están también las semblanzas de otros actores, los testimonios de quienes tuvieron un estatus cultural, social y económico de nivel medio, representado por simpatizantes del anarco-sindicalismo; por constituyentes y convencionistas; por profesores y militares con formación escolar y lecturas de los clásicos: de la Revolución francesa, los novelistas rusos, de la historia universal, etc., con las que trataban de interpretar al México de sus tiempos; con las que cimentaron valores y principios que plasmaron en sus programas políticos. Lo anterior ha despertado mi interés sobre el papel de los niños y jóvenes en los ejércitos: cómo vivieron la violencia social y sus efectos en el núcleo familiar, tema en el que ahora estoy trabajando.

 

Gracias a los testimonios orales logramos desbrozar el camino que la historia oficial había obstaculizado con la enseñanza de la Revolución, con sus estereotipos sobre los campesinos que, por ser pobres y bajo el yugo del racismo de siglos, eran incapaces de organizar la guerra en sus regiones, y mucho menos de concebir un programa político nacional. El contacto con los viejos zapatistas, por ejemplo, nos permitió acercarnos a la historia personal de su jefe, Emiliano Zapata, de su ejército y su pueblo, y a conocer su día a día en la guerra; a tratar de conocer la historia mítica y su por qué, en torno a la muerte de Zapata, por ejemplo; en torno al papel del Estado y sus gobiernos: porfirista, maderista, huertista, carrancista, etc., todos ellos enemigos de los zapatistas, motejados como “bandidos” para arrasar pequeños pueblos habitados por mujeres, pacíficos y realengos, integrantes de una pirámide social cuyas relaciones de poder vivían un crisis definitiva, atravesada por viejos agravios.

 

El pro y el contra del testimonio

Por último, quisiera aportar una reflexión final: ¿son los testimonios orales una fuente que nos permite contar una historia científica?

 

La razón del título de este trabajo “Más allá de los estereotipos: el pro y el contra de la historia oral en torno a la Revolución Mexicana”, se debe, por una parte, a que más allá de las versiones estereotipadas, esquemáticas y verticales de la historia oficial, vista a través de los grandes protagonistas, de los héroes y los caudillos que nos liberaron de los gobiernos dictatoriales; más allá de los grandes protagonistas que abrieron las puertas al México contemporáneo, considero que, por otra parte, la historia oral nos ha permitido acercarnos al conocimiento de la historia desde abajo; a la versión de los protagonistas directos de los grandes acontecimientos, a las versiones que, casi siempre, permanecen en el anonimato, al margen de la historia oficial. He aquí el pro.

 

Sin embargo, en contraparte, persiste la duda de si el método de la historia oral, con todo y su gran aporte de originalidad —que en ciertos casos abusa de la narrativa lírica—, nos permite acceder a la historiografía “científica”.

 

En lo personal, a partir de mi trabajo de campo, para el periodo específico de la Revolución mexicana, sinceramente creo que no. He aquí el contra. No, porque en la técnica de la entrevista dependemos de la narrativa del entrevistado, por decirlo así, estamos a merced de su versión de los hechos que vivió o que presenció, pero también, después de los años transcurridos, de la dosis de imaginación y de protagonismo que agregue a su versión. La historia oral depende de la retórica propia del entrevistado. Como indicó la doctora Ramsey Tracy, al hablar sobre la memoria popular del Plan de Ayala, la propaganda zapatista, por ejemplo, se transmitía de persona a persona, de manera verbal, y esta correa de transmisión dependía del modo o gusto personal del narrador, de su manera de “exagerar, omitir, enfatizar o disminuir los elementos informativos clave del relato, a la vez que busca cumplir con ciertas expectativas por parte de su audiencia”.[12]

 

En cierta medida esta forma de transmisión es propia de la cultura de los pueblos, pero también tenemos la reconstrucción escrita del día a día en la guerra y gracias a estos documentos conocemos el valor que ellos daban a la escritura, y a la legalidad.[13] Por ejemplo, el médico cubano y coronel zapatista Prudencio Casals, quien en algunos documentos le pide al general Zapata que le envíe copias del Plan de Ayala para difundir la causa entre las tropas y cuidar el saneamiento de éstas y contrarrestar el elevado perjuicio que causaban a la causa la falta de higiene, más que las bajas que les pudiera causar el ejército carrancista.[14]

 

Algo similar sucede con la historia oral y los entrevistados, pues más allá del rigor de nuestros principios teóricos, metodológicos y técnicos, la nueva recreación historiográfica, producto de las entrevistas, no está del todo en nuestras manos. Esto es algo que aprendimos del antropólogo Manuel Gamio, pionero de las historias de vida y las entrevistas dirigidas como recurso esencial de su trabajo de campo, quien entre 1926 y 1927 realizó una serie de entrevistas a los mexicanos que vivían en Estados Unidos, las cuales aparecen en su libro El inmigrante mexicano. La historia de su vida, publicado en 1930 por la Universidad de Chicago. En este caso, Gamio se vio en el dilema de diseñar entrevistas dirigidas, al tiempo que deseaba que los entrevistados hablaran de manera espontánea. Lo cierto es que al final descubrió que su material eran “declaraciones”, en el sentido de que sus interlocutores daban su versión sobre Estados Unidos, y de sus experiencias y el trato recibido.

 

De investigaciones como las de Gamio surgió la pregunta sobre el valor de los testimonios orales en la investigación antropológica y la historiografía. Por ejemplo, sin dejar de ser crítico, dice Robert Redfield, las entrevistas “nos permiten entrar en contacto inmediato con el tema de interés”, y posibilitan saber qué es lo que importa estudiar. Por ejemplo, en el caso de nuestras entrevistas a los viejos zapatistas, éstas nos ayudaron a entender su visión de Zapata, de la guerra, de los ejércitos enemigos y sus dirigentes; de sus compañeros de armas, y de su visión sobre el curso de los acontecimientos; de la política local y nacional, de sus gustos y fobias, etc. En una palabra, comprender a los protagonistas de la guerra.

 

Pero, lo más importante, y éste es el punto central de mi trabajo, nos enseña a entender qué es lo que importa estudiar; nos enseña sobre los aspectos centrales de nuestro tema de interés, a formular y reformular los problemas y las preguntas que allanen el acceso a una versión historiográfica más objetiva respecto de los acontecimientos y sus protagonistas. Es decir, si bien es cierto que no podemos confiar en la objetividad del entrevistado, que sólo conocemos su opinión condicionada por el entrevistador, sus versiones y declaraciones, pero sobre todo sus racionalizaciones y sentimientos, éstos deben ser el punto de partida hacia la reunión de los datos científicos. Las opiniones nos indican y explican sobre las formas de conducta, sobre sus formas de pensar y sus emociones, y, por lo mismo, de actuar.

 

La historia oral nos permite acceder a una especie de versión autobiográfica de la Revolución, con las virtudes y defectos de cualquier autobiografía; virtudes y defectos que competen tanto al personaje como a la narrativa de su vida, más aún si está contada por sí mismo.

 

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

[1] Laura Espejel, Alicia Olivera y Salvador Rueda, Emiliano Zapata. Antología, México, INEHRM, 1998. Esta compilación reúne documentos tales como decretos, instrucciones, órdenes, manifiestos, etc., los cuales permiten observar al movimiento zapatista desde su propia visión programática organizativa. No sólo en la cotidianeidad de la guerra campesina en sus regiones naturales: Morelos, el sur del Distrito Federal, el Estado de México, Puebla, Tlaxcala, Guerrero e Hidalgo, sino que, gracias a la integración de intelectuales de diferentes convicciones políticas, y conocedores de los problemas sociales del país, el programa zapatista se integró a la Soberana Convención Revolucionaria de 1914-1915, cuyo último refugio fue Jojutla, Morelos, integrando una serie de iniciativas sobre los problemas nacionales: la tierra, los obreros, las familias, etcétera.

[2] Gracias a la apertura de acervos del AGN, y a los testimonios que reunimos a partir de la década de 1980, se logró una visión en el estudio del zapatismo local, regional y nacional; de sus vínculos con el Estado. Lo que se reforzó a través de nuevas investigaciones, tesis de grado (algunas convertidas en libros), así como por el trabajo de los cronistas estatales.

[3] Laura Espejel, “El costo de la guerra. La Compañía Papelera San Rafael y el financiamiento zapatista”, en Laura Espejel (coord.), Estudios sobre el zapatismo, México, INAH (Serie Historia), 2000, pp. 269-292.

[4] Laura Espejel, “El metodismo en Miraflores, Estado de México. Una experiencia local (1874-1929)”, en Laura Espejel y Rubén Ruiz (coord.), El protestantismo en México, 1850-1940. La iglesia metodista episcopal, México, INAH (Divulgación), 1995, pp. 91-116.

[5] Daniel Cazés, Los revolucionarios, México, Grijalbo, 1973, pp. 7-11.

[6] Enrique Esqueda Blas, “Historia oral y Método de análisis estructural (MAE) aplicados a un corpus testimonial de veteranos de la Revolución Mexicana”, ponencia presentada en el Coloquio Sujetos Históricos, Archivos y Memoria, organizado por Cuauhtémoc Velasco, DEH-INAH, octubre de 2013. Biblioteca de las Revoluciones de México, Archivo Fotográfico, Colección INEHRM. El mismo autor observa que el INEHRM realizó varios registros de conferencias y lecturas de textos en voz de sus autores durante la dirección de Salvador Azuela, sobre todo entre 1954 y 1956. Aunque en sentido estricto no se trató de entrevistas como las levantadas por Moreno y su grupo, en ellas quedaron las palabras de José Vasconcelos, Jesús Romero Flores, José Quevedo y Vito Alessio Robles, entre otros participantes.

[7] Enrique Liekens, “Archivo fónico de la Revolución: grabaciones históricas”, en El Legionario. Órgano de la Legión de Honor Mexicana, núm. 96, vol. IX, 28 de febrero de 1959, pp. 77-78, citado en Enrique Esqueda Blas, op.cit.; como sugiere el autor, en ese entonces el interés estaba puesto en la elaboración de fuentes, más que en los problemas inherentes a su uso en la investigación histórica. Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva, “El Archivo Histórico Militar de México”, en Historia Mexicana, vol. 38, núm. 1, 1988, pp. 127-128.

[8] María Esther Jasso, Laura Espejel y Marcela Cobos (coords.), Catálogo Fondo Revolución Mexicana: entrevistas de Historia Oral: Archivo de la Palabra. Actualmente trabajamos en la edición electrónica que reúne 328 testimonios de los proyectos de las historiadoras Alicia Olivera de Bonfil y Eugenia Meyer, del Fondo Revolución. Las entrevistas se encuentran en las bibliotecas Nacional de Antropología y Manuel Orozco y Berra, del INAH. Una copia parcial de los materiales sobre Revolución fueron incorporados por la doctora Meyer a la Biblioteca Ernesto de la Torre Villar, del Instituto José Ma. Luis Mora.

[9] Gracias al empeño de la maestra Alicia Olivera por rescatar y depositar en la Universidad Nacional Autónoma de México el Archivo de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, tenemos acceso a una de las organizaciones más destacadas de los cristeros; a las relaciones entre los jefes católicos levantados en armas con la Iglesia católica, y de los rebeldes cristeros con el Estado. Su amplia y profunda investigación le permitió grabar al licenciado Miguel Palomar y Vizcarra, al tiempo que estrechó vínculos, a través de conversaciones y encuentros con otros cristeros, hasta ganar su confianza. Fue así como logró una gran cantidad de documentos, periódicos, folletos, libros, fotografías y literatura en general, que hicieron de la maestra Olivera una pionera en la historiografía cristera, cuya obra es un referente obligado.

[10] Peter George Murdok, Guía para la clasificación de los datos culturales. Versión castellana del Outline of cultural materials (3ª. ed. revisada y publicada en 1950 por el Human Relations Area Files) Guatemala, Instituto Indigenista Nacional de Guatemala /Oficina de Ciencias Sociales de la Unión Panamericana, 1954.

[11] La confianza de algunos investigadores y su compromiso con la historia y la fuente oral nos ha permitido enriquecer el Fondo de la Revolución del Archivo de Historia Oral. Por él han integrado sus entrevistas a la Biblioteca Orozco y Berra, y estamos trabajando el proyecto “Rescate de archivos particulares donados a la Biblioteca Manuel Orozco y Berra”. Tres fondos integran esta colección: 1) Fondo Antonio García de León, con grabaciones realizadas en 1978 en el valle de la Frailesca, en el estado de Chiapas, así como fotocopias de documentos y libros de su investigación. 2) Fondo Francisco Julião y Angélica Rodríguez, con entrevistas del abogado y luchador social brasileño, inmigrado en 1965 por su participación en el movimiento campesino de su país. Cautivado por la región zapatista, en la que rememoraba la geografía de su país, entrevistó a los campesinos de Morelos en torno a la ideología de Zapata. De poco más de 200 entrevistas a ex zapatistas, a partir de noviembre de 1973, contamos sólo con una decena de ellas, que complementan las grabadas por nosotros. 3) Fondo René Vázquez, de la Escuela Nacional de Antropología, originario de Milpa Alta, integrado con entrevistas a viejos pobladores del lugar, testigos de la Revolución mexicana.

[12] Ramsey Tracey, “El Plan de Ayala en la memoria popular; difusión y eco del grito zapatista”, ponencia en Coloquio la Firma del Plan de Ayala, un siglo después, México, D.F., 28-30 de noviembre de 2011.

[13] Salvador Rueda, “La dinámica interna del zapatismo. Consideración para el estudio de la cotidianeidad campesina en el área zapatista”, en Horacio Crespo (coord.), Morelos: cinco siglos de historia regional, México, Centro de Estudios Históricos del Agrarismo en México/Universidad Autónoma de Morelos, 1984, pp. 225-249.

[14] Laura Espejel López, El Cuartel General Zapatista 1914-1915. Documentos del Fondo Emiliano Zapata del Archivo General de la Nación (2 vols.), México, INAH (Fuentes), 1995. Al realizar la catalogación del Fondo, que contiene miles de documentos, nos percatamos de que aparecían temas y personajes de los que no hay registro en la bibliografía; por ello consideramos que eran pistas para otras investigaciones. Archivo General de la Nación Fondo Emiliano Zapata, caja 10, exp. ff, 21 a 22, Prudencio Casals a Zapata, Tecomatlán, Estado de México, 3 diciembre de 1915.

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Laura Espejel

 

Resumen: El presente artículo reseña la experiencia colectiva y personal que significó el participar en el grupo de estudiantes formados por las historiadoras eméritas Alicia Olivera de Bonfil y Eugenia Meyer, quienes  se propusieron la construcción del Archivo de la Palabra del INAH. Proyecto que inició y fue coordinando  por ellas en la década de 1970. En esta oportunidad se pretende mostrar los aportes historiográficos de las fuentes orales en los estudios de la Revolución mexicana y, junto con los documentos sobre el movimiento zapatista catalogados por la autora, reflexionar sobre  la creación de estereotipos en torno a los pros y contras de la historia oral y respecto al periodo revolucionario de principios del siglo XX. Al tiempo que se comentan los mitos que la historia oficial y popular han construido sobre personalidades que tuvieron un fuerte liderazgo basado en el carisma popular, como Emiliano Zapata y sus oficiales; lo mismo que sobre la muerte de este famoso dirigente campesino y su papel político y social en el movimiento armado.
Palabras Clave: Historia Oral, Archivo Sonoro, Revolución mexicana, zapatismo, estereotipos, mitos.

 

Abstract: This essay reviews the collective and personal experience of those who were part of the group of students brought together by Historians Emeritae Alicia Olvera de Bonfil and Eugenia Meyer, who set out to construct the Oral History Archive of the INAH (National Institute of Anthropology and History). A project initiated and coordinated by them in the 70s. This paper will present the historiographical contributions of oral sources to the study of the Mexican Revolution and, along with the documents on the Zapatista movement cataloged by the author, reflect on the creation of the stereotypes as to the pros and cons of oral history and regarding the revolutionary period at the beginning of the 20th century. While at the same time commenting on the myths which official and popular history have constructed about the persons who showed strong leadership capabilities based on popular charisma, such as Emiliano Zapata and his officers; as well as on the death of this famous peasant leader and his political and social role in the armed movement.
Key words: Oral History, Audio Archive, Mexican Revolution, Zapatismo, stereotypes, myths.

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