¿Fascismo en México?

Pedro Salmerón Sanginés*

La historia del siglo XX (1914-1989) parece marcada por cataclismos: guerras totales, holocausto, totalitarismo. Se abrió con una guerra de magnitud nunca vista y se cerró con el estrépito mediático que anunciaba el fin de las utopías, el fin de la historia y el triunfo “definitivo” de la sociedad de mercado y del liberalismo. Como resultado, “para quienes no han elegido el desencantamiento resignado o la reconciliación con el orden dominante, el malestar es inevitable. Probablemente la historiografía crítica se encuentre hoy bajo el signo de ese malestar. Hay que tratarlo de volverlo fructífero”.[1]

 

Para hacer fructífero el malestar hay que entender críticamente los cataclismos del siglo XX: sólo así podremos evitar la tentación de repetirlos con resultados que podrían ser peores. Para ello, es necesario denunciar los resabios y el resurgimiento del fascismo en México: desde apologetas del nazismo que siguen dando cursos de formación en el PAN, hasta grupos que adoptan, consciente o inconscientemente, fundamentos ideológicos y culturales del fascismo.

 

Los más consistentes estudiosos del fascismo (incluida su variante extrema, alemana) han señalado varios elementos ideológicos clave: la visión monolítica de la nación fundada en la raza; el rechazo a la democracia y la igualdad; la idea de fuerza, el principio de autoridad y, naturalmente, las definiciones negativas, pues su valores exigían su antítesis, que derivaban en la condena de la alteridad: la alteridad de género de los homosexuales y las mujeres que no aceptaban su condición sometida; la alteridad social de los criminales; la alteridad política de los anarquistas, comunistas y “subversivos”; la alteridad racial de los judíos y los pueblos colonizados. Todos eran “degenerados”. El judío personificaba, como “tipo ideal”, ese conjunto de rasgos negativos. “Judaísmo, homosexualidad y feminidad eran las figuras negativas por excelencia que permitían a la estética fascista elaborar sus mitos positivos”.[2]

 

El racismo, pues, es la piedra de toque del nazismo y de los imperialismos modernos: Adam Hochschild[3]  muestra que el discurso imperial británico previo a la gran guerra no le pide nada al discurso nazi. No en vano, como Traverso muestra, para algunos historiadores actuales el holocausto no es un evento único, sino el traslado a Europa de lo que los europeos habían practicado en otros continentes y contra otras “razas” desde el siglo XVI, aunque otros historiadores reivindiquen el carácter único del holocausto. El nuevo racismo, que desembocaría en el holocausto, se trasladó a una Europa en que la guerra total (1914-1918) había “banalizado la violencia y brutalizado a la sociedades, acostumbrándolas a la masacre industrial y a la muerte anónima masiva”.[4]

 

La historiografía crítica reciente ha encontrado las raíces intelectuales del fascismo en la fusión, a fines del siglo XIX, de distintas corrientes de pensamiento que, entre otras cosas, rechazan la ilustración y el marxismo, y la dicotomía entre izquierda y derecha: en Francia, sostiene Z. Sternhell, el fascismo nace de la fusión de una derecha populista y una izquierda nacionalista, que desemboca en una nueva forma de “socialismo nacional”, que recupera el darwinismo social, el racismo, el antiliberalismo y el antisemitismo, la antidemocracia y la crítica a la modernidad fundada en el argumento de la “decadencia”. Para que estos elementos se fundieran y dieran vida a partidos capaces de tomar el poder en Italia y Alemania, hacía falta el matraz de la gran guerra y sus niveles de destrucción, así como la aparición del “desafío bolchevique”.

 

Dos de estos elementos son militantes, agresivos, radicales: el racismo convertido en antisemitismo (lo que nos debe llevar a discutir el holocausto), y el anticomunismo. El anticomunismo confirió al nazismo un carácter de religión civil en guerra de cruzada contra el enemigo. Pero no nos engañemos: a pesar de su retórica “revolucionaria”, para llegar al poder, los fascistas se aliaron con las élites tradicionales y la gran burguesía: su conversión en gobierno “siempre implica cierto grado de ósmosis entre fascismo, autoritarismo y conservadurismo”.[5]

 

Esos elementos definen al fascismo. Hay que recordarlos con precisión, porque en México el malestar y la desesperación han propiciado el crecimiento de actitudes fascistas no sólo en la ultraderecha, a la que son consustanciales, sino en cierta izquierda y en grupos o individuos que niegan la importancia de la dicotomía “izquierda-derecha”. Me parece urgente que los señalemos, porque sabemos a dónde conducen el fascismo y su retórica. Trataremos de hacerlo.

 

 


* Instituto Tecnológico Autónomo de México.

[1] Enzo Traverso, La historia como campo de batalla. Interpretar la violencia del siglo XX, Buenos Aires, FCE, 2013, p. 31.

[2] Ibidem, pp. 111-112.

[3] Para acabar con todas las guerras, una historia de lealtad y rebelión, 1914-1918, Barcelona, Península, 2013.

[4] Enzo Traverso, op. cit., p. 114.

[5] Ibidem, p. 131.

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