Retratos para la galería de los hombres pícaros

Benito Taibo, Querido Escorpión, México, Planeta, 2013.

por Ma. Eugenia del Valle Prieto*

 

Cuando empecé a leer el libro de Benito Taibo, recordé cómo Juan José Arévalo, en su prólogo al libro Desembarco en Luperón, de Horacio Ornes, cita el libro Una satrapía en el Caribe, de Bustamante, y hace referencia a la vestimenta de Rafael Leónidas Trujillo para evidenciar su personalidad:

 

Una casaca con faldones de frac, de tela azul de vicuña, cubierta de entorchados a realce de oro, con peso aproximado de diez a doce kilos; el pantalón también con bandas de entorchados de oro igualmente de vicuña recia y azul; un bicornio adornado de entorchados de oro y cubierto de plumajería diversa, como de guacamayo; un fajín de colgantes de oro y flecos de lo mismo; la banda tricolor terminada en colgantes de oro y con el escudo de la República bordado en oro en el centro; un espadín que cuelga de un tahalí de oro; un bastón de Gran Mariscal y un bastón de mando, con borlas; guantes de cabritilla blancos y zapatos de charol con hebillas de oro.

 

En Querido Escorpión Benito Taibo traza con humor negro y pluma mordaz una alegoría de la historia latinoamericana y, en este caso, referente al Caribe. Escorpión es el Supremo Conductor Nacional cuyo signo zodiacal es precisamente ése, Escorpión. Ignorante y supersticioso, el Jefe:

 

[…] todos los días, a la una de la tarde en punto, [cuando] se suspenden durante unos minutos las actividades de la Presidencia […] se queda completamente quieto en su despacho, con los ojos cerrados. Nadie lo interrumpe, nadie lo molesta. La una son las trece horas, número fatídico; número con el que no hay que jugar si no quieres que el destino te arrolle como a un perro flaco y perdido en medio de la carretera […] Los días trece […] no trabaja. Se queda en su cuarto circular y se encomienda a dioses y diablos por igual, que no caiga un rayo ni tiemble, ni salgan de su tumba los muertos a cobrar las deudas que con ellos tiene (pp. 87-88).

 

Es más, en su muñeca porta un reloj Adelmann-Jaeger. El diseño fue creado por ese famosísimo relojero que los hace por estricto pedido y rompe los moldes después de hacerlos. Éste que mandó hacer el Jefe no tiene números, sólo cuatro emblemas en sus cuatro puntos cardinales. Arriba, donde habitualmente iría el doce una letra “A” estilizada. A la derecha, un símbolo esotérico en lugar del número tres. Donde aparecería el seis, a cambio un dibujo con el signo de Escorpión y, por último, una estrella de cinco puntas invertida a línea y con la singularidad de que las manecillas corren en el sentido inverso al normal, así cada vez que lo ve sabe que su norte es esa “A” pequeña, que simboliza su terruño la isla de Arcadia, su país, su propiedad. Y, faltaba más, está protegido para siempre: el “trisquel”, la estrella de su maestro Satán, su signo del Zodíaco. El reloj lo hace, en pocas palabras Inmortal, porque el tiempo siempre va a ir hacia atrás.

 

La isla Arcadia, cuyo nombre alude al héroe mitológico Arcas, esa región griega del Peloponeso, nació como país el 1 de enero de 1790. Arturo Fung Long su líder independentista —hijo de pequineses emigrados, dueños de la única lavandería de la isla—, tiene una estatua en impecable mármol de Carrara, que enmarca la góndola de entrada al Parque Independencia. La estatua de Fung Long ha perdido tres veces la cabeza, las tres decapitaciones fueron accidentales. La estatua empuña un machete en la mano y un libro sin nombre en la otra. El grito de Independencia del héroe de la patria fue “La razón y la fuerza”. Con él, Arcadia finalmente ya tenía un Padre de la Patria con rasgos asiáticos y a pesar de los Blancos del Caribe, quienes, ante la imposibilidad de cambiar este hecho, tuvieron que apechugar con lo que se tenía. Fung Long fue honesto y querido, administró impecablemente su gobierno y casó, después de buscar y buscar, con la lavandera de Palacio, de ojos hermosos, y que planchaba impecablemente sus camisas. Al finalizar su gobierno se retiró sin una gran fortuna a administrar sus lavanderías y a procrear una gran familia. Arcadia no tuvo la misma suerte con los otros gobernantes que le sucedieron, hasta que finalmente, para su desgracia, a mediados del siglo XX llegó el Supremo Conductor luego de un golpe definitivo a los socialistas que pretendían poner las reservas naturales en manos de los soviéticos. En diciembre de 1944, con el lema “Dios, Patria, Orden, Destino”, finalmente, El Infalible ascendió al poder.

 

Timoteo Menéndez Llanura, Timo o Tim, incipiente periodista de El Faro del Caribe, quería contar todas las cosas extrañas que pasaban en la isla. Pero el destino le jugó una mala pasada: Saturna, una mujer voluptuosa, quien estaba encargada de la sección de horóscopos del periódico, murió de un paro cardiaco fulminante poco tiempo después de que Timo entrara a redactar las pocas noticias que se podían dar a conocer, dada la censura de la que eran objeto los medios de comunicación. De pronto, Timo tuvo que hacerse cargo de los horóscopos sin tener la menor idea de lo que se trataba, convirtiéndose así en el Señor Delfos. Convencido de que Saturna le decía a la gente lo que quería oír con estos horóscopos, Timo se decía a sí mismo:

 

Intento descifrar los aparentes propósitos de los astros y su influencia sobre los frágiles seres humanos que caen bajo su encanto y a los que deben su destino […] sin resultados aparentes. No me reconozco ni siquiera en las supuestas virtudes y defectos de mi signo, Géminis, que según el Marqués de Curú [a quien Timo leyó noches enteras] debería destacarme en la comprensión y la versatilidad, pero no entiendo nada de nada, voy en camino de comprender menos y soy tan versátil como un cocotero que no sirve más que para dar cocos, porque de sombra, ni hablar.

 

No obstante Timo los hizo, y tuvo tanto éxito que, para su desgracia y futuro fatal, el Supremo Conductor se lo llevó a Palacio para que le hiciera su horóscopo diario sólo a él. Timo pasó de repente de ser un pobre periodista a un rico astrólogo que se consumía de miedo cotidianamente, cuando día con día le leía al Jefe su predicción diaria y, presa de pánico, miraba los ojos del Supremo Conductor para leer en ellos su propio destino.

 

Benito Taibo da muestras de su conocimiento de la historia, de las migraciones de aquellos que a veces sin querer o queriendo llegaban a Arcadia, como en el caso de los hermanos gemelos vieneses, que llegaron en 1838 sin saber una sola palabra de español, pensando que llegarían a Cuba y al no ser así el destino los hizo llegar a esta isla sin tener la más mínima idea de “que habían recalado en este perdido rincón del cosmos. Tomados de la mano bajaron de la goleta Friburgo y miraron, con sus pálidos y desmesuradamente abiertos cuatro ojos azules, ese mundo nuevo y poderoso, lleno de ruidos salvajes y colores despampanantes” (p. 90). Portaban un cajón misterioso de madera roja lleno a rebosar de artilugios pasteleros: molinillos manuales de aspas, cacerolas de metal, de cobre, rebañadores, moldes, paquetes de levaduras varias, globos para batir, tinturas vegetales insospechadas. Todo un cofre del tesoro de un goloso. Con estos personajes, que hacen las delicias de los habitantes de Arcadia, Taibo nos da ejemplares lecciones de su conocimiento culinario. Nos hace un recorrido goloso de recetas que despiertan el apetito tan sólo con su exposición. Hans y Fritz tenían los mismos gustos y esta fue su fatalidad. Comían lo mismo, leían los mismos libros, etc., etc., y se enamoraron de la misma mujer, Cristina Fallarás, lo que los llevó a la muerte y a la desaparición de esa maravillosa pastelería vienesa en la isla.

 

Taibo nos relata también su conocimiento sobre las luchas sindicales. Cuenta cómo hacia 1912 Ariana Cimarrón, tabacalera, se convirtió en una celebridad local; así como su afán por la lectura, de la lucha de estas mujeres que finalmente fueron terriblemente reprimidas y masacradas, y del cultivo de frutas tropicales y un sinnúmero de datos sobre la flora del lugar.

 

En 1940, reescrita por enésima ocasión, se editó una vez más la Constitución política de Arcadia (p.189), en la que se declaraba solemnemente que esta sería patria “libre, católica, apostólica y romana”. Demetrio Solá, mejor conocido Saco de Veneno, hombre poderoso antes del golpe de Estado del Supremo Conductor, era también conocido como metro y medio, pues apenas y llegaba al 1.45. Se construyó una casa a su medida, le gustaba que sus escasos invitados debieran bajar la cabeza en su presencia como un gesto de humillación, una pequeña venganza contra los genes progresivos. En este relato Taibo nos da una lección de su conocimiento sobre la cinematografía, en especial sobre la película El mago de Oz, dirigida por Victor Fleming y protagonizada por la jovencita Judy Garland. Una de las actrices, Margaret Hamilton, quien le roba el corazón a Saco de Veneno, aparece en esta novela, en un episodio por demás encantador.

 

Timoteo, Timo, Tim, por su lado, se enamora profundamente de Helena con hache Díaz Mercado en los Salones de Palacio. Este hecho marca el destino final del Supremo Conductor, de Helena con hache y del mismo Timo. Esta hermosa mujer, políglota, se vincula con un movimiento guerrillero, un brote de rebelión en Cundunay, al sur de Arcadia. El Supremo Conductor silencia toda noticia de esta insurgencia, aunque su destino ya está escrito. Helena con hache le confiesa a Tim los planes de su militancia con un grupo insurgente y también los planes que tienen para el derrocamiento del dictador: Tim debe el día final, el día señalado, escribir el horóscopo del Supremo Conductor Nacional: ese día pregunta el Jefe: ¿Seguro, Delfos? ¿Está usted seguro?... porque soñé con serpientes. Tim responde: “seguro Señor, porque sí le puedo decir que hoy, de entre todos los días, es su día, el día de Escorpión”. Este horóscopo sella el destino de estos tres personajes… Termina así la novela con esta frase: Querido Escorpión.

 

Es una novela compuesta en tres vías: la primera es la sombra de Escorpión que se va delineando a lo largo de capítulos encabezados con signo astrológico; la segunda vía es la de Apuntes para contar una isla, donde Taibo, como se dijo antes, hace gala de su conocimiento histórico y literario; finalmente, la tercera es el relato de Timoteo y las condiciones socioeconómicas, políticas, sociales e internacionales del imaginario país. Esta crónica llena de humor y de erudición me lleva a la recomendación de su lectura, pues no sólo pasaremos un rato agradable, sino que nos llevará de la mano por nuestra realidad latinoamericana.



* Dirección de Estudios Histórico, INAH.

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Benito Taibo, Querido Escorpión, México, Planeta, 2013.

por Ma. Eugenia del Valle Prieto*

 

Cuando empecé a leer el libro de Benito Taibo, recordé cómo Juan José Arévalo, en su prólogo al libro Desembarco en Luperón, de Horacio Ornes, cita el libro Una satrapía en el Caribe, de Bustamante, y hace referencia a la vestimenta de Rafael Leónidas Trujillo para evidenciar su personalidad:

 

Una casaca con faldones de frac, de tela azul de vicuña, cubierta de entorchados a realce de oro, con peso aproximado de diez a doce kilos; el pantalón también con bandas de entorchados de oro igualmente de vicuña recia y azul; un bicornio adornado de entorchados de oro y cubierto de plumajería diversa, como de guacamayo; un fajín de colgantes de oro y flecos de lo mismo; la banda tricolor terminada en colgantes de oro y con el escudo de la República bordado en oro en el centro; un espadín que cuelga de un tahalí de oro; un bastón de Gran Mariscal y un bastón de mando, con borlas; guantes de cabritilla blancos y zapatos de charol con hebillas de oro." data-share-imageurl="">