Testimonio. José Emilio y el Seminario de Historia de la Cultura

José Joaquín Blanco*

 

Hace ya más de cuarenta años, cuando fundamos el Seminario de Historia de la Cultura,  nos preguntamos durante varios meses qué metodología, qué marco teórico o qué orientación le íbamos a dar a nuestros trabajos. Era una época de mucho entusiasmo en los estudios culturales, estaba en su apogeo el estructuralismo, todavía funcionaba mucho el marxismo, había diversas corrientes de sociología de la literatura, empezaban los estudios de género, había varias postulaciones semióticas, en fin, de todo ese abanico ¿qué tipo de métodos y de instrumentos íbamos a utilizar?

 

José Emilio insistió en que tomáramos como base a Alfonso Reyes y a Pedro Henríquez Ureña de modo que, tal vez el primer año, uno de los trabajos fundamentales del seminario fue el estudio y la difusión permanente de ambos estudiosos. Estos no eran, además de su valor personal, necesariamente muy originales, pues encarnaban una nueva escuela española fundada por Marcelino Menéndez y Pelayo y Menéndez Pidal. Es decir, al sumarnos a Alfonso Reyes y a Henríquez Ureña, en realidad nos estábamos integrando a la principal escuela hispánica de estudio e interpretación de los estudios literarios.

 

Ahí coincidieron en esa época Alfonso Reyes, Amado Alonso, Dámaso Alonso, Américo Castro, en fin, una gran cantidad de historiadores, congregados muchos en el Centro de Estudios Literarios de Madrid o de la Residencia de Estudiantes y que seguían esa escuela. De modo que sin proponernos muy directamente ese tipo de inclinación, y sin excluir las otras, sí mantuvimos desde el principio un apego a la manera de hacer historia literaria y análisis cultural de Reyes y de Henríquez Ureña. Eso se puede ver, de alguna manera, no sólo en la temática sino en la manera de escribir los ensayos de varios de los trabajos que se hicieron en el seminario, y que de hecho se siguen haciendo como el más reciente de José Mariano Leyva sobre los parnasianos y decadentes.

 

En esa época, todavía estaba muy reciente la publicación de su Antología del Modernismo en una bella edición de la Biblioteca del Estudiante Universitario de la Universidad Nacional Autónoma de México, todavía no sabíamos que iba a ser una obra maestra, pero la discutíamos mucho porque estaba muy reciente. Recuerdo que le preguntábamos porqué una antología del modernismo; los poetas no nos eran desconocidos, no eran poetas inéditos, había muchas antologías sobre ellos, alguna de ellas hecha por el propio José Emilio —La poesía mexicana del siglo XIX— y fue muy curiosa la distinción, que también tuvo mucha influencia en los trabajos posteriores del seminario. La idea de hacer una antología del modernismo partía de que el público mexicano, en parte movido por las ediciones corrientes, que seguían un tanto rutinariamente los gustos establecidos, promovía la poesía de los modernistas que no era modernista. Es decir, esos poetas además de escribir poemas modernistas, hicieron poesía romántica, poesía religiosa, poesía vanguardista. Entonces, estrechar el concepto del modernismo tanto temática como formalmente, como un gusto congelado hacia finales del porfiriato, no permitía reparar en su estilo, su lenguaje, su retórica, su simbología, lo cual resultaba muy diferente a simplemente conocer la fama de cada uno de los poetas modernistas por separado.

 

Eso también nos ilustró un fenómeno que luego ha ocurrido en todos nuestros trabajos, y es que la debilidad del mercado y de la industria cultural por un lado, y las vicisitudes de la historia por el otro, han hecho que la literatura mexicana pocas veces tenga movimientos puros o autores puros. Generalmente un escritor hace muchas cosas al mismo tiempo y en mucho tonos, y en el modernismo lo veíamos: los poetas sofisticados y elaborados que hacían versos decadentes, satanistas, con un lenguaje demasiado sofisticado, eran los mismos  que el día anterior o el día siguiente iban a hacer poemas a Hidalgo, a la Virgen María o a sus hijos. Eso era lo que les pedía el país y de alguna manera eso ha seguido haciendo a lo largo del siglo. Entonces, sin tratar de definir demasiado, sí acentuamos la parte modernista de los modernistas que curiosamente era la que menos se tomaba en cuenta porque, por ejemplo, en poetas importantes como Amado Nervo se acentuaba mucho más la parte romántica o la parte religiosa. Sobre todo los dos primeros años del seminario discutimos muy frecuentemente temas relacionados con la antología del modernismo. El resultado fue un libro muy pequeño, con un prólogo suficiente, bastante digerible y pocas notas, que no da la idea de la investigación que había detrás.

 

Otra de las proposiciones en que José Emilio reparaba mucho era la importancia de las segundas, terceras o cuartas figuras en un movimiento literario. Aunque evidentemente lo importante es el mejor texto y el mejor autor, la comprensión y la connotación de esos textos requieren inevitablemente de todos los autores de segunda, tercera o cuarta fila, que además con frecuencia nos explican cosas que quedan un tanto nebulosas o confusas en los principales, como el sentido de ciertas alusiones.

 

Junto con esto se nos presentó también el problema de los géneros. Es una tradición común en la literatura mexicana la porosidad de los géneros literarios, y su tendencia a la mezcla y la miscelánea. También la falta de un mercado definido que exija determinadas novelas, poetas o un tipo de literatura específica. Como los escritores hacen muchas cosas, es muy fácil que empiecen a mezclar. ¿Qué hacer con toda esa gama literaria que no cabe en las estrictas etiquetas de la retórica? Es decir, el periodismo, la crónica, las memorias, la correspondencia, las divagaciones, las fábulas, la variada invención. José Emilio siempre fue un decidido impulsor de toda esa literatura miscelánea, y de alguna manera asumimos que una de las constantes de la literatura mexicana es que las obras definidas son excepción y las obras misceláneas, las obras entreveradas, las obras itinerantes suelen ser la mayoría, y eso es común desde el principio del  siglo XIX.

 

Ésas son algunas de la atmósferas que precedieron los primeros años del seminario en el que teníamos investigaciones individuales muchas veces muy separadas. Cecilia Noriega estaba estudiando a José Joaquín Fernández de Lizardi; Monsiváis iniciaba la Historia de la literatura del siglo XX, que luego saldría en la Historia general de México. Luego Nicole Giron haría, antes de las obras de Altamirano, un estudio sobre el corrido a propósito de los bandoleros sociales, de los bandidos revolucionarios del siglo XIX. En esta época, José Emilio escribió uno de los ensayos más largos que llegó a hacer en el seminario, su ensayo sobre Clavijero. Era un ensayo muy temprano para la historia del seminario pero ya se presentaban ahí muchas corrientes que los demás miembros luego hemos seguido tocando. Es decir, qué es la mexicanidad, qué diferencias hay entre mexicanidad de un siglo a otro; qué tanto nos sentimos tan mexicanos como se sentía Altamirano a como se sentía Clavijero, y qué tanto Clavijero podía o tenía derecho a sentirse tan mexicano como los aztecas de los que escribía la historia; quiénes quedaban excluidos de ese concepto, si ese concepto era una definición o un deseo. Es uno de los ensayos que más discutimos y que recuerdo como una de las discusiones más acaloradas por la infinidad de aspectos tan dispares que involucraba.

 

Otro tipo de conversaciones o de debates que tuvimos tenían que ver con la literatura del Porfiriato, a la que José Emilio dedicó mucho espacio en sus columnas periodísticas. Como cierto crisol de la literatura nacional, por lo menos libresca, muchas de las cosas de la modernidad mexicana que a veces se atribuyen al Partido Revolucionario Institucional o por lo menos a la época del siglo XX son muy anteriores. Le gustaba mucho estar pescando este tipo de perfiles sobre todo en la prensa periódica pero también en las novelas, en los poemas, en las memorias, en las correspondencias. Este conglomerado, que en esa época todavía no estaba muy estudiado, le siguió preocupando durante todo el tiempo y le dedicó muchos ensayos.

 

Otro aspecto curioso de esas discusiones tenía que ver con las polémicas literarias a través de la prensa  y de la vida interna del gremio. Cómo se formaban o cómo se deshacían los grupos y cómo muchas veces la imagen pública o la imagen que hacíamos los historiadores de tales corrientes, escuelas o personajes no coincidían necesariamente, y necesitábamos revisarlo de una manera periódica.

 

A principios de los años ochenta, cuando empezó Nicole Giron su gran proyecto de las obras de Altamirano, tuvimos oportunidad de conocer otra obsesión de José Emilio que no se hizo tan famosa como la del modernismo pero fue igual de importante. Fue su obsesión sobre los Románticos o, para decirlo de otra manera, los escritores de la Reforma, que son mucho menos perfectos, mucho menos atildados y a veces hasta un poco despreciados por desmañados, pero que conforman un cuerpo literario considerable e incluso nos permitieron desde aquella época plantearnos la siguiente pregunta: ¿estamos  definiéndolos adecuadamente o lo que están mal son las definiciones? Por ejemplo, Guillermo Prieto, el mal escritor por excelencia de la literatura mexicana es el mejor. ¿Está mal la definición o está mal nuestra lectura? Entonces buscar, por ejemplo en el caso de Guillermo Prieto, el gusto que tenía  de presentarse como populachero y de escribir “ansina” porque si ponía “así” no lo iban a entender ni sus compañeros periodistas, o ese tipo de humor. Su gusto de mezclar nuevamente los géneros porque se sentía más libre, porque no había mercado editorial y había que estar pensando semana a semana en las entregas periodísticas, y llegar a la conclusión de que en ciertos casos habría que revisar los códigos estéticos y no aplicar una preceptiva académica tradicional a épocas o conjuntos de obras literarias que no lo soportaban.

 

Hubo otros aspectos muy curiosos de las propuestas de José Emilio. Uno de ellos, y que  trabajó mucho, es la narrativa concerniente a la Revolución mexicana y en el caso de Martín Luis Guzmán, ¿qué tanto tendrá que ver la ficción con la historia real? Llegó a publicar bastantes investigaciones sobre esos personajes y esos episodios.

 

Finalmente vino un aspecto un tanto lateral pero que dejó textos muy importantes sobre la poesía más reciente. La poesía de Octavio Paz, de Alí Chumacero y otros que ya era mucho más estilística y formal, pero que de alguna manera también en ella se inscribían todas esas preocupaciones y preguntas que dieron origen y cuerpo al seminario y que todavía lo animan hoy en día.



* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

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Hace ya más de cuarenta años, cuando fundamos el Seminario de Historia de la Cultura,  nos preguntamos durante varios meses qué metodología, qué marco teórico o qué orientación le íbamos a dar a nuestros trabajos. Era una época de mucho entusiasmo en los estudios culturales, estaba en su apogeo el estructuralismo, todavía funcionaba mucho el marxismo, había diversas corrientes de sociología de la literatura, empezaban los estudios de género, había varias postulaciones semióticas, en fin, de todo ese abanico ¿qué tipo de métodos y de instrumentos íbamos a utilizar?

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