Niños y migración en Putumayo durante el auge cocalero (1967-1997)

Lina Marcela Ospina Uribe* / Shiduet Mariana Castro Hernández**

 

Para comprender el proceso de migración de los niños a Putumayo, es necesario explicar el contexto de disputa por el control del mercado de la cocaína y la guerra que van transformando la zona. La presencia de los diferentes grupos armados en la región tuvo profundas implicaciones en la vida cotidiana de los habitantes,  y la disputa por la renta del narcotráfico ha dejado marcada la memoria de todos aquellos que han presenciado la cruenta guerra. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP), cuya presencia en la zona es ubicada desde la década de 1980 y su consolidación se vincula al negocio del narcotráfico, y por muchos años han controlado a la población y el mercado de drogas ilícitas. El segundo grupo que tiene presencia en el Putumayo fueron los paramilitares o Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), cuyo surgimiento se relaciona con el ejército privado al servicio del narcotraficante Gonzalo Rodríguez Gacha, alias el Mexicano, con los grupos denominados Masetos y Combos[1] referidos como la primera generación de paramilitares,[2] mientras la segunda generación de paramilitares se sitúa a partir de 1997, y la presencia del Bloque Sur Putumayo[3] en el año 1999, con la realización de masacres en la zona del Bajo Putumayo: la primera de ellas el 9 de enero en la inspección del Tigre y la segunda el 7 de noviembre en la inspección del Placer, siguiendo con la ola de violencia por el resto del departamento. Por último, las fuerzas armadas del Estado, con la presencia del ejército, se observa desde 1992, cuando se da inicio a un gran despliegue militar en la zona y se declara la lucha contrainsurgente, lo cual agudiza la guerra --que pasó a una declarada confrontación directa y una ofensiva contra los subversivos--, a raíz de los ataques perpetrados por las FARC-EP a la base militar en Churuyaco.[4] Ello trajo como resultado la intensificación de la guerra en el Putumayo y puso en el escenario la disputa por el control del negocio del narcotráfico a los tres contendientes FARC, AUC y Ejército colombiano, y con ello la presentación de continuas demandas de los pobladores del Putumayo por las frecuentes violaciones al derecho internacional humanitario.

 

Niños y migración

Explicaremos el papel de los niños migrantes en esta zona bajo un contexto de guerra, a través de la memoria de los adultos de entre 28 y 52 años de edad y su experiencia de migración a Putumayo siendo niños. Son diversos los motivos por los que familias con niños y niños no acompañados migraron a Putumayo, para establecerse con el anhelo de mejores condiciones de vida.

 

En la primera mitad de la década de 1960 los centros urbanos en el Putumayo no eran perceptibles aún. El paisaje se cubría de grandes extensiones de tierra, huertos y el afluente del río La Hormiga, navegable para ese entonces, adornaba con sus aguas cristalinas aquel suelo fértil que brindó variedad de cultivos para el sostenimiento alimentario a las familias que llegaban. A partir de los recuerdos de aquellos habitantes, el despegue del centro urbano La Hormiga se da después de la segunda mitad de la década de 1960,  con la instalación de la primera petrolera que ofreció la compra de algunos predios y llevó a la desaparición de las primeras fincas, dando paso a la aparición de calles, la edificación de algunos barrios, con la idea de asegurar vivienda para las personas que llegaban a trabajar a la compañía.

 

Martha Alomía tenía seis años de edad cuando llegó a Putumayo en 1965,  únicamente con su madre, en busca de trabajo. Ambas comienzan a trabajar en los cultivos tradicionales de la zona: chonta, plátano, arroz, maíz y chiro,[5] y más tarde, en la década de 1980, pasan al cultivo de la coca. Martha Alomía cuenta que la primera compañía petrolera que llega a La Hormiga fue Casablanca y luego GCI,[6] estas compañías fueron las que construyeron carreteras y una pista de aterrizaje para transportar personal y herramientas. Se dio mayor importancia y relevancia a la labor de estas compañías petroleras porque “se tuvo que trasladar la escuela para dar paso a los campamentos donde en principio se quedaban los trabajadores, vinieron gentes de todas partes. A partir de ahí empezó a crecer el pueblo, porque antes éramos seis o siete familias, pero se fueron construyendo barrios y las personas se fueron quedando.” [7]

 

Martha tenía siete años de edad cuando estudiaba en la escuela que reubicaron en otro lugar, dando mayor importancia a los trabajadores de la compañía de petróleo que a la educación de los niños. Ella cuenta que para llegar al nuevo lugar donde tomaba clases tenía que pasar sola frente a la que antes fuera escuela y ahora albergaba a los trabajadores, a quienes ella temía porque le parecían “unos negros muy grandes” que le daban miedo; esto fue motivo suficiente para que ella decidiera dejar trunca su educación en el segundo año de primaria. De esta manera, las compañías petroleras y el mercado de la cocaína modificaron la estructura de las viviendas, la escuela, la cotidianidad y las actividades sociales que giraban en torno al campo, anclando la transformación del espacio a un contexto global de mercados.

 

Los raspachines

El testimonio de Andrés Jiménez evidencia las motivaciones y las condiciones en que llegó al Putumayo. Nació en 1986 y es originario de la ciudad de Popayán, en el departamento del Cauca. Sus padres se separaron antes de su nacimiento, los primeros cinco años los vivió con su madre, quien luego decidió enviarlo a vivir con el padre, y Andrés abandona la escuela para ponerse a trabajar. Pasado un tiempo, Andrés se da cuenta que mantenía con su trabajo como vendedor de lotería a la familia de su papá, ya que él no trabajaba, así que decide abandonar la casa a la edad de diez años y recorrer solo un nuevo rumbo para llegar al Putumayo, ya que le llega el rumor de que allá había “trabajo para todo el mundo”. Al ser un niño que no contaba con nadie, tuvo que trabajar para poder sostenerse en todos los sentidos:

 

Cuando llegué al Putumayo busqué trabajo en las fincas, empecé como raspador de la mata coca.[8] Las manos se volvían nada y además no me rendía y también pude darme cuenta de que había cosecheros que cosechaban 12, 15, 20 arrobas.[9] Como yo cosechaba tan poquito,  una vez recibí  una  crítica  de  un  señor  que  decía,  “uno con usted no paga ni la comida”, puesto que cuando  terminé  el  día, escasamente coseché tres arrobas y media. Y  yo me sentía mal,  entonces me empecé a dar cuenta de que el negocio no era tanto ser un raspachin, a pesar de que yo no había venido aquí para quedarme, empecé como a visualizar mi vida acá, decía bueno, que tal yo aquí con una finca, entonces eso me serviría para hacerme un plante y ya irme de aquí y hacer vida ya afuera,  como  un  plante[10]  trabajando  en  otra  cosa,  ese  era  mi  pensado inicialmente,  igualmente  en los  cultivos  había  gente de toda clase.

 

Debido a la pobreza y la necesidad de solventar los gastos económicos, los niños desde muy pequeños también tenían que trabajar para apoyar a su familia, ya sea que recibieran un salario o simplemente apoyando a los padres en su trabajo. En Putumayo había mucho trabajo remunerado en la siembra y cosecha de la coca, así como para el procesamiento industrial de la planta, al punto de que los empleadores se peleaban por la mano de obra, esto es que ofertaban más dinero para obtener la mayor cantidad de los hombres, mujeres y niños que llegaban en busca de empleo. Con el rumor de que Putumayo ofertaba trabajo, la gente se imaginaba que era un lugar desarrollado con vías de acceso pavimentadas y suficientes medios de transporte, lo cual no era cierto, pues lo único que prosperaba era el negocio del narcotráfico.

 

En pleno auge cocalero, los niños y los jóvenes obtenían mayor ganancia monetaria de manera inmediata trabajando como raspachines, por lo que estudiar ya no era prioridad ni tampoco una opción para salir de la pobreza.

 

Los guerros

A los niños y jóvenes que pertenecían a las FARC se les llamaba “guerros”, quienes se sentían atraídos por la adrenalina, el poder y el dinero que dejaba pertenecer a un grupo armado. Sin embargo, tal estilo de vida representaba riesgos:

 

Recuerdo que una niña, Raquel, ella fue estudiante de nuestro colegio, y de pronto empiezan como a decir, es que en ese grado hay muchachos infiltrados, en ese tiempo se hablaba de los ‘guerros’ o sea gente de la guerrilla. Esa niña, ella era muy pila,[11] era una niña muy inteligente y yo la tenía en cuenta porque cada clase que yo daba ella la escuchaba con mucha atención, mantenía muy pendiente, los trabajos los llevaba, en fin, unos estudiantes me dijeron que ella en las clases  los intimidaba, que les decía que si no hacían esto o lo otro ella les mandaba la ley y pues a mí me sorprendió mucho, o sea yo no lo podía creer que esa niña fuera así, después me di cuenta, de que el rector del colegio la estaba ayudando para que se fuera porque habían amenazas contra ella, pero ella no se quiso ir. Después resulta que un día de pronto llegó una señora muy humilde que yo jamás la hubiera relacionado como la madre de esa niña porque tú la mirabas a ella y ella andaba en su súper moto y  yo pensaba que ella era de familia que de pronto tuviera mucho dinero y entonces llegó la señora muy humilde y se paró ahí enfrente de todos y preguntó si alguien había visto a su niña que hace dos días no llegaba a la casa y que la estaba buscando; pero no, nadie, nadie la había visto. A los dos o tres días fue llamado el coordinador, él fue llamado para hacer un reconocimiento y él fue y claro era ella, fue una niña que fue, se llama empalada, fue torturada, violada e incinerada, el profe la reconoció porque ella tenía una cabellera hermosísima y larga, y la reconoció por el cabello, sólo habían quedado como el cráneo y unas cuantas partes de ella nada más, esa vez me recuerdo que fue la única vez que el colegio hizo una protesta, salió todo el colegio en una marcha de luto por todo La Hormiga y como en una protesta por el derecho a la vida sobre todo de niños, de jóvenes estudiantes.[12]

 

 

La indignación y la impotencia de la población se hacían presentes cada vez que ocurrían asesinatos de tal magnitud. Añade Ligia: “Sí, de este grado que te estoy contando, porque he hablado con algunos estudiantes, si ahora me pusiera a ver la lista de esa época, si acaso de los 35 estudiantes, estarán vivos unos cinco o seis, los demás todos fueron asesinados.”

 

Cultura narco

El negocio del narcotráfico siempre va acompañado del conflicto armado y la prostitución, y va transformando la zona y las relaciones humanas. Nos encontramos a Paola:

 

una trabajadora sexual o una puta, como nos llaman normalmente, soy de Cali y llegué a los 13 años a prostituirme a La Hormiga, ahora tengo 40 años, y llegué porque mi mamá me abandonó en un prostíbulo en Cali y luego me escapé porque me maltrataban mucho y andé (caminar) la calle hasta llegar a otro prostíbulo y me mandaron acá y me quedé viviendo. Cuando llegué a La Hormiga tenía mucho miedo por los cuentos que me habían dicho en Cali sobre el Putumayo, de que había mucha guerrilla y que a nosotras nos hacían lo que ellos quisieran, hasta nos podían matar, menos mal no me mandaron sola, sino que me vine con dos peladas más, ellas eran mayores que yo. Pero apenas mis amigas, las que se quedaron se dieron cuenta de que me venía para acá, me decían que tuviera mucho cuidado con la guerrilla […] cuando llegué me recibió la señora Gladys, ella era la dueña del chongo,[13] bueno, y de nosotras también, era el primer bar en toda la entrada de La Hormiga, en ese momento habían sólo tres chongos, y trabajábamos desde las 11 am hasta las 3 am, había mucho dinero, por la coca, nos pagaban bien. En La Hormiga nunca vi a un guerrillero, así, armado como uno lo ve en las noticias, pero uno sabía que estaban, pero no uniformados, a veces nos mandaban algunas a los campamentos a trabajar, a mí nunca me pasó nada pero algunas no volvían o fue porque las mataban o los guerrilleros se enamoraban de ellas, pero en sí el trabajo fue aumentando porque había mucha gente que llegaba a trabajar con la coca, así como también mantenían llegando peladas a trabajar […]”[14]

 

El narcotráfico, la prostitución y la violencia se traducen en una dinámica social particular que lleva a transformar la percepción del tiempo en la población: esto es,  el presente es lo único que importa para vivir y disfrutar, porque son conscientes de que el futuro es incierto debido al estilo de vida que decidieron emprender. De esta manera se implementa en la zona la “cultura narco”: una fugaz prosperidad económica, violencia, prostitución, pedir cuotas a los comerciantes, organizar a la población para determinado grupo armado, ajustes de cuenta, acoso a la población, intimidaciones, pobreza. Algunas de las personas que llegaron al Putumayo a trabajar se gastaban todo el dinero que ganaban en los prostíbulos, o en la compra de motos, ropa, zapatos, accesorios: pocos pudieron cumplir la promesa de hacerle una casa a sus padres.

 

A raíz de la disputa por el control del mercado de la droga, la intensificación y el recrudecimiento de la violencia se tradujo en el asesinato de miles de personas, lo que provocó el resquebrajamiento del núcleo familiar, esto es que los grupos armados asesinaban a familias enteras o dejaban vivos solamente a los niños más pequeños. En consecuencia, el Estado comenzó a construir  hogares sustitutos, orfanatos o internados donde se reubicaron a los niños sobrevivientes de la violencia y las masacres.

 

Reflexiones finales

En el mundo hay tres principales negocios ilícitos que van de la mano y generan ganancias multimillonarias: el tráfico de armas, el tráfico de drogas y el tráfico de personas. En este contexto global de los mercados ilícitos  participan los países consumidores –Estados Unidos y naciones de Europa– y los países productores, como Colombia, específicamente el departamento de Putumayo, que a partir de la década de 1980 ha sido el principal productor de hoja y base de coca. Estos negocios han impulsado, una nueva economía, nuevos empleos, y por tanto nuevas maneras de comercio. La relación del mercado local y el mercado mundial,  se comprende mejor a partir del proceso de globalización “que está transformando las relaciones mundiales en nuevas maneras de convivencia entre los pueblos y países del mundo”.[15]

 

En este proceso globalizador los habitantes de Putumayo pasan de los cultivos tradicionales de consumo regional al cultivo de coca para consumo mundial, lo cual hace ofertar mayor cantidad de empleos con una paga segura pero a destajo. La oferta de esta nueva forma de trabajo, en conjunción con la pobreza del resto de la población de Colombia, implicó procesos migratorios de otros departamentos a Putumayo y la vinculación de niños y jóvenes a la dinámica global de mercados de la droga con todo lo que esto implica.

 

No hay un solo tipo de niñez, ni mucho menos en los términos en que estamos acostumbrados a ver a los niños de manera idílica. En términos epistemológicos por lo general domina un concepto de niño idealizado, cuya noción va asociada con “inocencia”, el angelito que juega y va a la escuela que debe ser querido y protegido. En este trabajo quisimos mostrar otros matices de la niñez  caracterizados por un contexto de pobreza, narcotráfico y explotación petrolera, lo cual desata un proceso de globalización de mercados acompañado por la violencia. Las personas entrevistadas nos hablan de su niñez y de cómo se enfrentaron a tales circunstancias trastocando su proceso de construcción como sujetos siendo niños.

 

El estilo de vida implantado por el narcotráfico deshumanizó y desintegró las relaciones sociales, y esto  se refleja en una falta de identidad al quedar derruidas las costumbres y tradiciones de la comunidad.

 

Las opciones para los niños y los jóvenes se limitan a trabajar como raspachines, en los laboratorios de procesamiento de la cocaína, en la prostitución, en el sicariato, o como colaboradores o informantes de los diferentes grupos armados, distribuidores y comercializadores de la droga. Por tanto, la vida de la población en general fue alcanzada en un momento dado por la violencia y la muerte, dentro del contexto global de ese negocio rentable denominado narcotráfico.

 


* Universidad del Valle-Cali-Colombia.

** Escuela Nacional de Antropología e Historia, INAH.

[1] En 1987 se estableció una base paramilitar en el Azul, jurisdicción de Puerto Asís, la acción se limitó a reprimir a medianos narcotraficantes que no estaban ligados con el cartel de Medellín, controlar las zonas de laboratorios de cocaína y ejecutar campañas de limpieza social. En 1991 las FARC logran expulsar al grupo con un ataque en la base el Azul, y logrando con ello consolidar su dominio en la región.

[2] Comisión Andina de Juristas, “Informes regionales de Derechos Humanos”,  Derechos Humanos-Putumayo, Bogotá, 1993,  pp. 67-68.

[3] El Bloque Sur Putumayo, unidad adscrita al Bloque Central Bolívar (BCB) de las AUC. Esta presencia obedeció a un proceso nacional de expansión paramilitar que se planificó en la Tercera Cumbre Nacional de Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU), llevada a cabo en noviembre 1996, y en la cual se declaró al sur del país como objetivo militar.

[4] “Ataque de las FARC a base militar en Churuyaco”,  El País, Cali, 8 de noviembre, 1992,  p. A2.

[5] El chonta es una palma que da como fruto el chontaduro, fruto típico de la zona de Putumayo, de textura seca y carnosa; además  es rico en vitaminas, minerales, aceite y proteína. El chiro es un banano pequeño y dulce. El chonta, el plátano, el arroz, el maíz y el chiro eran cultivados para consumo local.

[6] Empresa estadounidense que se encargó de la exploración y explotación del petróleo en el Putumayo. La referencia la hacen algunos de los entrevistados.

[7] Entrevista a Martha Alomía, realizada por Lina Ospina, Archivo de Historia Oral-La Hormiga, Valle del Guamez, Putumayo.

[8] Raspador de la mata de coca o raspachin, se le denomina así a los niños y jóvenes  que se dedicaban a jalar desde el inicio del  tallo las hojas de la coca.

[9] La arroba es una unidad de medida empleada en Colombia y equivale a 12.5 kg.

[10] Se refiere a un trabajo de planta.

[11] Del lenguaje común y se refiere a cuando una persona es muy inteligente.

[12] Entrevista a Ligia Díaz realizada por Lina Ospina, 2014, Archivo de Historia Oral-La Hormiga, Valle del Guamez, Putumayo.

[13] Prostíbulo.

[14] Entrevista a  Paola, realizada por Lina Ospina, 2012, Archivo de Historia Oral- La Hormiga- Valle del Guamuez-Putumayo

[15] Sergio López Ramos, Una mirada incluyente de los psicólogos de Iztacala. Hacia una nueva construcción de la psicología, México, UNAM, 2007, p. 15.

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Resumen

En el contexto del narcotráfico como proceso globalizador, es que los habitantes de Putumayo pasan de los cultivos tradicionales de consumo regional al cultivo de la mata de coca para consumo mundial, lo cual hace ofertar mayor cantidad de empleos con una paga segura pero a destajo. La oferta de ésta nueva forma de trabajo en conjunción con la pobreza del resto de la población de Colombia, implicó procesos migratorios de otros departamentos a Putumayo y la vinculación de niños y jóvenes a la dinámica global de mercados. Desde la memoria de hombres y mujeres adultos de entre 28 y 52 años de edad, explicamos cómo  fue su experiencia de migración y trabajo en la zona de Putumayo, Colombia.

Palabras clave: narcotráfico, migración, niños y jóvenes, memoria

 

Abstract

In the context of drug trafficking as globalization process, that´s why the inhabitants of Putumayo move from traditional crops of regional consumption to the plant coca crops for world consumption, which makes most jobs a safe but piecework pay. The offer of this new way of working in conjunction with the poverty of the rest of the population of Colombia, involved migration from others departments to Putumayo and the involvement of children and young people in the global dynamics of markets. From the memory of men and women between 28 and 52 years old, we explained how was the experience of migration and work in the area of Putumayo, Colombia.

Key words: drug trafficking, migration, children and youth, memory

 

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