La función social de la historia

Enrique Florescano*

 

Hace tiempo, el historiador inglés Robin G. Collingwood definió así los fines de la Historia:

 

[La historia es la disciplina del] auto-conocimiento humano […] Conocerse a sí mismo significa conocer lo que se puede hacer, y puesto que nadie sabe lo que puede hacer hasta que lo intenta, la única pista para saber lo que puede hacer el hombre es averiguar lo que ha hecho. El valor de la historia, por consiguiente, consiste en que nos enseña lo que el hombre ha hecho y en este sentido lo que es el hombre.

 

Estas palabras de Collingwood responden con economía la pregunta para qué se estudia la historia. El estudio de la historia es una indagación sobre el significado de la vida individual y colectiva de los seres humanos en el transcurso del tiempo. Hasta el momento no se ha encontrado otra guía mejor para adentrarse en la complejidad de la existencia humana de este arte, inventado en los albores de la civilización.

 

Desde tiempos antiguos el historiador se ha pensado un deudor de su grupo social. Conoce el oficio a través de las enseñanzas que recibe de sus profesores. Aprende la arquitectura de su disciplina desmontando y rehaciendo los modelos heredados de sus antepasados. Descubre los secretos del arte por el análisis que hace de las variadas técnicas imaginadas por sus colegas. Sus libros de cabecera son a menudo obras escritas en lenguas ajenas a la suya y nutridas por las culturas más diversas. 

 

Los desafíos que le imponen sus compañeros de generación y la ineludible competencia que padece en nuestros días son los incentivos que lo inducen a superarse. Es decir, desde que elige su vocación hasta que aprende a encauzarla, está rodeado de condicionantes sociales inescapables. De una parte, es un producto social, un resultado de diversas corrientes colectivas; y de otra, un individuo acuciado por el deseo de superar herencias del pasado y de asumir su oficio a partir de los desafíos que le impone su presente.

 

La costumbre de leer la historia de un país a través de lo que hoy llamamos historia nacional, nos ha hecho olvidar que detrás de la historia escrita por los vencedores permanecen latentes las versiones de los grupos marginados y oprimidos, e incluso la versión de los derrotados. Una respuesta adecuada sobre el sentido y los propósitos de la narración histórica debería incluir las interpretaciones del pasado hechas por los sectores marginados, para así hablar, si no de una imposible historia total, al menos de una plural, más representativa de la diversidad social que constituye a las naciones.

 

En el interminable aprendizaje de su oficio el historiador va descubriendo las cambiantes funciones de la historia. Entre ellas quiero recordar las siguientes:

 

EL relato histórico como discurso de identidad

Cuando el vuelo de la historia nos transporta a los tiempos transcurridos y nos acerca a las tareas que nuestros antecesores le asignaron al rescate del pasado, advertimos que las funciones de la historia han sido variadas. También observamos que buena parte de esas tareas se concentró en dotar a los grupos humanos de identidad, cohesión y sentido colectivo.

 

Desde los tiempos más remotos, los pueblos que habitaron el territorio que hoy llamamos México acudieron al recuerdo del pasado para combatir el paso destructivo del tiempo sobre las fundaciones humanas; para tejer solidaridades asentadas en orígenes comunes; para legitimar la posesión de un territorio; para afirmar identidades arraigadas en viejas tradiciones; para sancionar el poder establecido; para respaldar con el prestigio del pasado vindicaciones del presente; para fundamentar en un pasado compartido la aspiración de construir una nación; o para darle sustento a proyectos disparados hacia la incertidumbre del futuro.

 

En todos esos casos, la función de la historia es la de dotar de identidad a la diversidad de seres humanos que formaban la tribu, el pueblo, la patria o la nación. La recuperación del pasado tenía por fin crear valores sociales compartidos, inculcar la convicción de que la similitud de orígenes le otorgaba cohesión a los diversos miembros del conjunto social para enfrentar las dificultades del presente y confianza para asumir los retos del provenir.

 

Dotar a un pueblo de un pasado común y fundar en ese origen remoto una identidad colectiva, es quizá la más antigua y la más constante función social de la historia. Se inventó hace mucho tiempo y sigue vigente hoy día.

 

Como dice el escritor John Updike, el historiador sigue siendo el especialista de la tribu que tiene el cargo de contarle a los demás lo que todo grupo necesita saber: “¿Quiénes somos? ¿Cuáles fueron nuestros orígenes? ¿Quiénes fueron nuestros antepasados? ¿Cómo llegamos a este punto o a esta encrucijada de la historia?”

 

Estas características explican el gran atractivo que tiene el relato histórico y su vasta audiencia, continuamente renovada. Atrae al común de la gente y al curioso porque el relato histórico los transporta al misterioso lugar de los orígenes. Al tender un puente entre el pasado distante y el presente incierto, el relato del historiador establece una relación de parentesco con los antepasados próximos y lejanos, y un sentimiento de continuidad en el interior del grupo, el pueblo o la nación. Al dar cuenta de las épocas aciagas o de los años de gloria, o al rememorar los esfuerzos realizados por la comunidad para defender el territorio y hacerlo suyo, crea lazos de solidaridad y una relación íntima entre los miembros del grupo, el espacio habitado y el proyecto de convivir unidos.

 

EL conocimiento de lo extraño y remoto

Si el estudio de la historia ha sido una búsqueda infatigable de lo propio, su práctica es un registro de la diversidad del acontecer humano. La inquisición histórica nos abre al reconocimiento del otro, a aquello que es distinto y extraño a nosotros, y en esa medida nos hace partícipes de experiencias no vividas pero con las cuales nos identificamos y formamos nuestra idea de la pluralidad de la aventura humana.

 

Para el estudioso de la historia la inmersión en el pasado es un encuentro con formas de vida distintas, marcadas por la influencia de diversos medios naturales y culturales. Por esos rasgos peculiares a la práctica de la historia puede llamársele el oficio de la comprensión. Obliga a un ejercicio de comprensión de las acciones y motivaciones de seres humanos diferentes a nosotros. Y como esta tarea se practica con grupos y personas que ya no están presentes, es también un ejercicio de comprensión de lo extraño, una obra de comunión y amistad con el otro.

 

El estudio del pasado nos obliga a trasladarnos a otros tiempos, a conocer lugares nunca vistos antes, a familiarizarnos con condiciones de vida que difieren de las propias y de ese modo nos incita a reconocer otros valores y romper las barreras de la incomprensión fabricadas por nuestro propio entorno social. Dicho en forma resumida, el oficio de historiador exige una curiosidad hacia el conocimiento del otro, una disposición para el asombro, una apertura a lo diferente y una práctica de la tolerancia. Como advierte Owen Chadwick, el oficio de historiador requiere la humildad del corazón y la apertura de la mente, dos cualidades que proverbialmente se ha dicho que son indispensables para la comprensión histórica.

 

Al reflexionar sobre la disposición del conocimiento histórico para vincularse con seres y acontecimientos distintos a los propios, Paul Ricoeur descubre en esta disposición un sentido ético de justicia. “El deber de memoria −dice− es el deber de hacer justicia mediante el recuerdo” al otro. Puesto que  “debemos a los que nos precedieron una parte de lo que somos”, concluye que el “deber de memoria no se limita a guardar la huella material, escrituraria u otra, de los hechos pasados, sino que cultiva el sentimiento de estar obligado respecto a otros […] que ya no están pero que estuvieron. Pagar la deuda, diremos, pero también someter la herencia a inventario”.

 

Registro de la temporalidad

Al mismo tiempo que la imaginación histórica se esfuerza por revivir lo que ha desaparecido, por imbuirle permanencia a lo que poco a poco se desvanece, por otro lado es una indagación sobre la transformación ineluctable de las vidas individuales, los grupos, las sociedades y los estados. La historia, se ha dicho, es el estudio del cambio de los individuos y las sociedades en el tiempo.

 

Buen número de los instrumentos que el historiador ha desarrollado para comprender el pasado son detectores del cambio y la transformación. El historiador registra el cambio instantáneo, casi imperceptible, que el paso de los días provoca en las vidas individuales y colectivas. Estudia los impactos formidables producidos por las conquistas, las revoluciones y las explosiones políticas que dislocan a grupos étnicos, pueblos y naciones. Y ha creado métodos refinados para observar los cambios lentos que a través de cientos de años transforman las estructuras económicas, las mentalidades o las instituciones que prolongan su vida atravesando el espesor de los siglos.

 

Gracias al análisis de estos diversos momentos de la temporalidad, el estudio de la historia nos ha impuesto la carga de vivir conscientemente la brevedad de la existencia individual, la certidumbre de que nuestros actos de hoy se apoyan en la experiencia del pasado y se prolongarán en el futuro y la convicción de que formamos parte del gran flujo de la historia, de una corriente mayor por la que transitan las naciones, las civilizaciones y el conjunto de la especie humana.

 

La historia y el encuentro con lo irrepetible

Cuando el estudioso de la historia analiza los hechos ocurridos en el pasado, se obliga a considerarlos según sus propios valores, que son los valores del tiempo y el lugar donde esos hechos ocurrieron. Al proceder con este criterio de autenticidad, el historiador le confiere a esas experiencias una significación propia y un valor duradero, singular e irrepetible dentro del desarrollo humano general. Por esa vía las experiencias sociales y los actos nacidos de la intimidad más recóndita se convierten en testimonios imperecederos, en huellas humanas que no envejecen ni pierden valor por el paso del tiempo.

 

Hace siglos, al observar esta característica de la recuperación histórica, el humanista italiano Marsilio Ficino escribió: “La historia es necesaria, no sólo para hacer agradable la vida, sino también para conferir a está a un sentido moral. Lo que es en sí mortal, a través de la historia conquista la inmortalidad; lo que se halla ausente deviene presente; lo viejo se rejuvenece.”

 

Pero al recoger lo irrepetible, la historia da cuenta también de su fugacidad. Al revisar los asuntos que obsesionan a los seres humanos, la historia los despoja del sentido absoluto que un día se les quiso atribuir. Contra las pretensiones absolutistas de quienes desearon imponer una Iglesia, un solo Estado o un orden social único para toda la humanidad, la historia muestra, con la implacable erosión del paso del tiempo sobre las creaciones humanas, que nada de lo que ha existido en el desarrollo social es definitivo ni puede aspirar a ser eterno. La historia, advierte Erik Hornung, “inexorablemente destruye todos los valores ‘eternos’ y ‘absolutos’ y demuestra la relatividad de los referentes absolutos que nos esforzamos por establecer”.

 

El estudio del pasado como historia contemporánea

El historiador italiano Benedetto Croce, al observar que nuestra reflexión sobre el pasado está contaminada por los valores y preocupaciones del presente, pronunció una sentencia célebre: dijo que toda investigación sobre el pasado es siempre historia contemporánea. Esta sentencia, llevada a su último extremo, querría decir que el historiador, por más esfuerzos que haga para situarse en el pasado y analizarlo con sus propios valores, no puede escapar a la determinación de interrogarlo desde el presente y de producir, fatalmente, una imagen del pasado transida de las presiones y expectativas del momento en que escribe.

 

Pero si es imposible que los historiadores se desprendan de los valores de su propio tiempo, no podemos olvidar que los acontecimientos del pasado efectivamente ocurrieron y que, por tanto, pueden ser comprendidos y explicados con independencia de los valores del presente. Si bien los acontecimientos del pasado no son susceptibles de ser conocidos directamente por el historiador, dejaron huellas que pueden ser registradas, analizadas e interpretadas. Carlo Ginzburg, el gran historiador italiano, nos recuerda que precisamente este conocimiento indirecto, por medio de rastros, huellas e indicios, es el conocimiento propio de la historia, lo que distingue a este saber de otras formas de conocimiento.

 

¿Es la historia maestra de la vida?

Desde la antigüedad hasta fines del siglo XVIII, era común escuchar en la tertulia social, en el salón de clases o en los discursos que recordaban los hechos pasados, el dicho de que “la historia es la maestra de la vida”. La  expresión, historia magistra vitae fue acuñada por Cicerón, basándose en ejemplos griegos.

 

Con esa frase se quería decir que quien leía libros de historia o examinaba con atención los hechos pasados que habían conducido a tal o cual resultado, podría utilizar esos conocimientos para no incurrir en los errores que afectaron a nuestros ancestros, o para normar los actos de la propia vida, apoyándolos en las experiencias del pasado. Como sabemos, Hegel cortó esta pretensión con una sentencia tajante: “lo que la experiencia y la historia nos enseñan es que los pueblos y los gobiernos nunca han aprendido nada de la historia, y nunca han actuado según las doctrinas que de ella se podrían haber extraído”.

 

Los historiadores positivistas fueron los primeros en combatir el sentido didáctico que se le había otorgado a la historia. En 1874 Leopold von Ranke escribió: “Se le ha atribuido a la historia la misión de juzgar el pasado, de instruir al mundo para el aprovechamiento de los años futuros: el presente ensayo, el libro que escribía, decía, no tiene más pretensiones que ‘mostrar lo que realmente ocurrió’ ”.

 

En nuestro tiempo, Agnes Heller observó que los pueblos y los gobiernos “no son niños en absoluto, y para ellos no existe un maestro llamado historia”. Como reconoce Heller, si es verdad que no extraemos “lecciones de la historia”, constantemente estamos aprendiendo de los hechos históricos. Los desafíos de la actualidad casi siempre nos remiten a las encrucijadas del pasado, y muchas veces los acontecimientos pasados sirven de “principios ordenadores de nuestras acciones presentes”.

 

Según Heller, estas consideraciones nos llevan a la conclusión de que la “historia no nos enseña nada”, puesto que “somos nosotros los que, aprendiendo de ella, nos enseñamos a nosotros mismos. La historicidad, la historia, somos nosotros. Somos nosotros los maestros y los discípulos en esta escuela que es nuestro planeta […] La historia no ‘continúa avanzando’, porque no avanza en absoluto. Somos nosotros los que avanzamos […] Como dice Vico, sólo podemos entender un mundo que nosotros mismos hemos creado. No nos limitamos a andar a tientas en la oscuridad. El rayo que ilumina las zonas oscuras de nuestro pasado es el reflector de nuestra conciencia”. Al mostrarnos las variadas rutas que ha tomado el desarrollo humano, así como los innumerables desafíos que ha enfrentado, el conocimiento que aporta la historia es “una vacuna permanente contra el dogmatismo”, es una escuela de la libertad, pues uno puede aceptar o rechazar el legado de los ancestros cuyo peso e importancia la historia nos revela”. Como dice Gordon Wood, la historia “es una disciplina profundamente humanista. Quizá no pueda enseñarnos lecciones particulares, pero nos dice cómo podemos vivir en este mundo”.

 

La historia como tribunal del pasado

Algunos autores discurrieron que el estudio de la historia les proporcionaba sustento para hacer juicios morales sobre el pasado. De tiempo en tiempo se ha considerado, sobre todo después de los desastres provocados por las guerras, o en época de crisis, si una de las funciones de la historia no sería la de condenar los crímenes o los actos monstruosos cometidos en el pasado. Esta corriente se ha unido a otra, más antigua, que considera a la historia como una suerte de gran tribunal al que compete dictaminar el contenido moral de las acciones humanas. Estas ideas hicieron pensar en el historiador como si fuera una especie de juez último y supremo, “encargado de distribuir a los […] muertos el elogio o la condena”. Apoyado en ese razonamiento, Lord Acton, el historiador inglés, quiso hacer de la historia “un árbitro de las controversias, una guía para el caminante, el detentador de la norma moral”.

 

Contra esa opinión se han manifestado diversos autores, quienes advierten que el historiador no es juez, ni le asisten razones morales para condenar a sus antepasados. Benedetto Croce, uno de los más convencidos defensores de esta tesis, la razonaba de la manera siguiente:

 

La acusación olvida la gran diferencia de que nuestros tribunales (sean jurídicos o morales), son tribuales del presente, instituidos para hombres vivos, activos y peligrosos, en tanto que aquellos otros hombres ya comparecieron ante el tribunal de sus coetáneos y no pueden ser nuevamente condenados o absueltos.

 

Por su parte, John Lewis Gaddis advierte que si hay algo que los biógrafos y los historiadores “no pueden dejar de hacer” es pronunciar juicios morales. “Es inevitable pensar la historia en términos morales”. Por eso dice que “el problema de los historiadores […] no es si debemos emitir juicios morales o no, sino cómo podemos hacerlo con responsabilidad, lo que significa hacerlo de tal manera que tanto los profesionales como los no profesionales que lean nuestra obra se convenzan de que lo que decimos tiene sentido”.

 

El pasado como inagotable proveedor de arquetipos

Si es verdad que una de las tareas que más desvelan al historiador es la de corregir las interpretaciones que distorsionan el conocimiento fidedigno de los hechos históricos, no es menos cierto que en ningún tiempo ha sido capaz de ponerle freno a las imágenes que por distintas vías e ininterrumpidamente brotan del pasado y se instalan en el presente. Lo quiera o no el historiador, el pasado es un proveedor irreprimible de arquetipos que influyen en la conducta y la imaginación de las generaciones posteriores. Desde los tiempos más remotos, cuando los mitos narraron los orígenes del cosmos, definieron también la relación entre los seres humanos, los dioses y la naturaleza. Eran relatos dedicados a dotar a los pueblos de valores e identidades comunes y a legitimar el poder.

 

Los cantos que Homero diseminó en la antigua Grecia propagaron imágenes imperecederas del héroe guerrero y del amigo fiel, del momento fragoroso de las batallas y de los giros ineluctables que los dioses le imponían a la conducta humana. Más tarde, el genio griego sustituyó la explicación mítica del cosmos por un análisis razonado del desarrollo social, basado en un pensamiento separado de la religión y dotado de sus propios instrumentos de análisis (Heródoto, Tucídides). En esta tradición abrevó la corriente dedicada a extraer de la historia ejemplos morales. Plutarco, el polígrafo griego que vivió entre los años 50 y 126 d.C., se convirtió en el primer maestro del género al escribir biografías edificantes de sus antecesores de la época clásica y de los romanos que vivieron los esplendores de la república. Siguiendo a Platón, Plutarco pensaba que las virtudes podían enseñarse. A ese fin dedicó sus Vidas paralelas, una galería de hombres ilustres que enaltece sus valores morales. Con el correr del tiempo, esta obra vino a ser el texto que difundió los principios que nutrieron a la antigüedad clásica y el modelo más imitado para transmitir los ideales de vida de otras épocas.

 

Durante la Edad Media, el triunfo del cristianismo hizo de la pasión de Jesucristo el relato más celebrado. Por primera vez se difundió, por todos los medios conocidos, un solo mensaje religioso y una forma única de vida, al mismo tiempo que se condenaban las experiencias históricas distintas al cristianismo. El humanismo del Renacimiento canceló esa pretensión e inauguró los tiempos modernos. Las Vidas paralelas de Plutarco convivieron entonces con las hagiografías de los varones y mujeres piadosos. Las estatuas de filósofos, estadistas y héroes de la antigüedad invadieron el espacio público. Los antiguos cánones del arte clásico renacieron en la vida mundana y en el seno de la misma Iglesia. La estima de los varones clásicos produjo las primeras colecciones privadas de antigüedades, y está pasión llevó a la creación del museo de arte, el recinto donde el visitante pudo contemplar por primera vez obras maravillosas creadas por seres que habían vivido en tiempos lejanos.

 

La sensación de vivir simultáneamente en diferentes espacios y tiempos históricos fue acelerada por los descubrimientos geográficos de los siglos XV y XVI. Los viajes de Colón y Magallanes, al mismo tiempo que precisaron los confines geográficos del planeta, dieron a conocer la diversidad del globo terráqueo. El instrumento que difundió ese nuevo mundo, poblado por geografías, civilizaciones, dioses y tradiciones extrañas, fue el libro impreso. Por primera vez el relato del viajero y del historiador registró las peripecias de la aventura humana en los escenarios más apartados y las comunicó a seres de culturas diversas. Gracias al libro impreso el ciudadano de un país pudo ser contemporáneo de civilizaciones extrañas y llegó a conocer los itinerarios históricos de pueblos hasta entonces ignorados. Del libro, los temas y los personajes históricos saltaron al centro de las obras teatrales (William Shakespeare), la ópera (Claudio Monteverdi, Gluck, Wagner, Richard Strauss), la novela histórica (Walter Scott), hasta invadir, en tiempos más cercanos a nosotros, la industria del entretenimiento y de la nostalgia: cine, televisión y tiras cómicas.

 

La historia y la reconstrución crítica del pasado

Otra función social que cumple la historia proviene de los hábitos establecidos por sus propios practicantes. En los dos últimos siglos, pero sobre todo en el que acaba de terminar, el estudio de la historia se convirtió, más que en una memoria del pasado, en un análisis de procesos del desarrollo humano, en una reconstrucción crítica del pasado. Como dijo Marc Bloch, “El verdadero progreso [en el análisis histórico] llegó el día en que la duda […] se hizo ‘examinadora’ […cuando] las reglas objetivas fueron elaboradas paulatinamente y permitieron [discernir] entre la mentira y la verdad.”

 

A través del examen cuidadoso de los vestigios históricos, sometiendo los testimonios a pruebas rigurosas de veracidad y autenticidad, y atendiendo más al cómo y al por qué ocurrieron así los hechos, el relato histórico se transformó en un saber crítico, en un conocimiento positivo de la experiencia humana. La investigación histórica estableció entonces la regla que dice que “una afirmación no tiene derecho a producirse sino a condición de poder ser comprobada”, y nos advirtió que de todos “los venenos capaces de viciar un testimonio, la impostura es el más violento”.

 

La crítica de las fuentes nos enseñó también, como advierte Ruggiero Romano, que el historiador que sólo lee los testimonios históricos sin relacionarlos con el contexto donde estos se inscriben, corre el riesgo de pasar por alto el significado profundo de tales testimonios. Dice Romano que cuando una vez le preguntaron por qué había elegido la carrera de historiador y no otras que parecían más excitantes, respondió: para leer bien los periódicos. Con esta ocurrencia quería decir que uno de los atractivos mayores de la historia es la posibilidad que ofrece de “aprender a ver, más allá del relato de un acontecimiento, la estructura que lo sostiene; más allá de la espuma de la ola, la mar de fondo. En suma, la investigación histórica enseña que no […existe] solamente el texto, sino sobre todo el contexto; que uno no puede servirse de un texto sin la crítica [filológica, semántica, conceptual…] de ese mismo texto; que el acontecimiento aislado es poco significativo y que lo que cuenta es el mecanismo que articula un conjunto de conocimientos”.

 

En los siglos XIX y XX los historiadores de diversos países se preocuparon por hacer que la historia transitara de los asuntos particulares a los temas más amplios del proceso social. En Europa, América y en muchas naciones los historiadores propugnaron por una ampliación de las fronteras de la historia, entonces encerrada en la historia política e institucional. Así, en la medida en que el historiador tuvo mayor cuidado en la crítica y selección de sus fuentes, mejoró sus métodos de análisis y entró en contacto con las ciencias sociales y las disciplinas humanísticas, en esa misma medida se transformó en un impugnador de las concepciones del desarrollo histórico fundadas en los mitos, la religión, los héroes providenciales, los nacionalismos y las ideologías de cualquier signo. De este modo, la práctica de la historia se convirtió en un ejército crítico y desmitificador, en una “empresa razonada de análisis”, como decía Marc Bloch.

 

Al revisar el alcance de estos logros el historiador inglés Peter Burke comentaba que en la última generación “el universo de los historiadores se expandió a un ritmo vertiginoso”. La marcha conquistadora de la historia en campos hasta entonces ignorados no dejó de sorprender a los mismos cultivadores de Clío. Casi todos celebraron la tendencia de la investigación a pasar del análisis de temas específicos al estudio en profundidad de conceptos globales: lo sagrado, el texto, el código, el poder, el monumento… Otros destacaron la audacia de una disciplina que se atrevía a incorporar temas y sujetos que hasta entonces habían permanecido fuera de su órbita. En fin, los historiadores se mostraron orgullosos por la extraordinaria dilatación de su disciplina y su ventajosa confrontación con las ciencias sociales.

 

En contraste con la historiografía que privilegiaba el análisis de las instituciones y de la vida política, la nueva se interesó por casi todos los ámbitos del pasado. Mientras la antigua historia se centraba en las hazañas de los grandes hombres y en los acontecimientos espectaculares, la nueva reconoció la presencia de los sectores populares y se aplicó a registrar la vida de los marginados y de los entonces llamados “pueblos sin historia”. La cercanía de la historia con las ciencias sociales fue el motor que transformó la escritura y el sentido de la historiografía. Los enfoques de las ciencias sociales, ya fueran de la escuela de los Annales, marxistas o parsonianos, apoyaron una democratización de la historia que desde entonces incluyó a grandes sectores de la población y alentó el tránsito de la esfera política hacia el conjunto de la sociedad. Estos historiadores rebatieron los antiguos enfoques no porque no fueran científicos, sino porque no les parecían suficientes. Desafiaron la idea de que la historia tratará sólo los hechos particulares o de que sus fines se limitaran a “comprender” y no a explicar. En contra de estas posiciones afirmaron que todas las ciencias, incluida la historia, debían proponer explicaciones causales. Este viraje, además de incluir a sectores de la población antes ignorados, le otorgó atención especial a las minorías étnicas, a las mujeres y a los sectores populares, y condujo a la aparición de  nuevas formas de narrativa y explicación históricas.

 

Para concluir, quiero recordar la función que la historia cumple en la formación del ciudadano.

 

Si damos un salto de los tiempos remotos a los días actuales, advertimos que los motivos que hoy nos mueven a enseñar la historia no difieren de los fines que animaron a nuestros antepasados. Enseñamos a las nuevas generaciones la historia propia y la de otros pueblos para hacerlos conscientes de que son parte de la gran corriente de la historia, de un proceso que se inició hace miles de años y por el que han transitado pueblos y civilizaciones distintos a los nuestros.

 

Enseñamos el pasado porque somos conscientes de que el “pasado fue el modelo para el presente y el futuro”. Dice Eric Hobsbawm que el conocimiento del pasado es la clave del “código genético por el cual cada generación reproduce sus sucesores y ordena sus relaciones. De ahí la significación de lo viejo, que representa la sabiduría no sólo en términos de una larga experiencia acumulada, sino de la memoria  de cómo eran las cosas, cómo fueron hechas y, por lo tanto, de cómo deberían hacerse”. Es decir, “no podemos prever adónde vamos si no sabemos de dónde venimos”. Por ello, Edward Carr escribió que “hacer que el hombre pueda comprender la sociedad del pasado e incrementar su dominio de la sociedad del presente, tal es la doble función de la historia”.

 

El ineludible juego entre el presente, el pasado y el futuro es el ámbito donde los seres humanos adquieren conciencia de la temporalidad y de las distintas formas en que ésta se manifiesta en los individuos y en los grupos con los que éste se vincula. Al mismo tiempo que el conocimiento histórico da cuenta del desarrollo social de los seres humanos, nos acerca a los instrumentos que contribuyen a fortificar los lazos sociales: la lengua, los rasgos étnicos, los patrones alimentarios, el territorio, las relaciones familiares, la organización política… Y así como el conocimiento histórico desvela los orígenes del pueblo o la nación, cuando se practica con rigor contribuye a limpiar las telarañas tejidas por los mitos o los nacionalismos y hace de la historiografía un medio para liberarnos de las cargas ideológicas originadas en el pasado. 

 

Por las razones anteriores se puede afirmar que el conocimiento histórico es indispensable para preparar a los niños y a los jóvenes a vivir en sociedad: proporciona un conocimiento global del desarrollo de los seres humanos y del mundo que los rodea. Si las nuevas generaciones están obligadas a conocer el presente, es conveniente que lo hagan a partir del pasado.

 

La formación de una conciencia ciudadana está en relación directa con la capacidad del individuo para interiorizar los derechos y deberes que sostienen al conjunto social. Comprender el mundo contemporáneo y actuar sobre él como persona libre y responsable exige el conocimiento de la diversidad social y de su desarrollo histórico. Por eso coincido con Antoine Prost, quien dice que “La historia, al explicar cómo se ha formado la nación, proporciona a los ciudadanos los medios para elaborar su propia opinión sobre la evolución política o social […] Esta es la contribución específica de la enseñanza de la historia: por eso la historia es más adecuada que ninguna otra disciplina para formar ciudadanos.” Es el saber que da cuenta de las raíces profundas que sostienen a las sociedades, las naciones y las culturas: es el saber que devela las raíces sociales del ser humano. Si aceptamos estas consideraciones tenemos que concluir que el historiador de hoy tiene las mismas tareas y responsabilidades que le heredaron sus antecesores, pero enfrenta otros desafíos.

 

En primer lugar, hay un cambio en la relación entre la historia y el lector porque la comunicación por medio del libro ha perdido el cuasi monopolio del que disfrutaba desde la invención de la imprenta. Hoy día otras formas de comunicación, como la televisión y los medios masivos son más rápidos, baratos y eficientes para transmitir el conocimiento. Además, por efecto de la globalización acelerada que vivimos, hoy predomina una concepción de la realidad y de la vida en sociedad que tiende a borrar las diferencias antropológicas y culturales que caracterizan a los pueblos e individuos que conviven en un mismo país o región. Esta tendencia a la homogeneidad ha contribuido a convertir a los libros de historia en constructores inadvertidos de la uniformidad de metas que imponen hoy los poderes fácticos y los medios masivos a la condición humana.

 

Por otra parte, ocurre que en la enseñanza básica, media y superior de nuestros días, en los programas académicos, en las instituciones dedicadas a la investigación y a la formación de las nuevas generaciones y en los medios de información, el pasado ocupa un espacio cada vez más reducido, esquemático y banalizado. El presente, por el contrario, llena la mayor parte de los espacios educativos, científicos, técnicos, informativos y propagandísticos que forman la conciencia ciudadana y la opinión pública. Vivimos un presentismo globalizado con el resultado de que la historia ha perdido su papel como ciencia de la diferencia y como instrumento de comprensión de la diversidad y pluralidad propias de las comunidades humanas.

 

Junto a estos desafíos no puedo dejar de mencionar una grave distorsión en el ejercicio de la profesión de historiador que se ha agudizado desde que esta disciplina adquirió rango académico, se institucionalizó en el currículum universitario y creó su propio mercado: los profesores y estudiantes de historia. Al adquirir este estatuto, casi como reacción pavloviana, los historiadores comenzaron a escribir para ellos mismos y su mercado cautivo, en un lenguaje abstruso que ellos llamaron científico, de manera que desde la segunda mitad del siglo XX los historiadores profesionales se separaron del gran público que habían formado los historiadores clásicos y los ilustrados. En los días actuales el distanciamiento entre los historiadores y la sociedad ha cundido y es un mal universal, un virus que ha penetrado todas las actividades académicas que se realizan en nuestro país, según lo confirma el informe reciente de la Academia Mexicana de la Ciencia, titulado El debate de la ciencia  en México (2010).

 

Se trata de un desafío que está en nuestras propias manos resolver, en las manos de los historiadores y de las instituciones académicas que educan y forman a nuestros jóvenes. La nueva generación de historiadores mexicanos ya dio los primeros pasos en este sentido, pues sus obras recientes aparecen imbuidas por el espíritu de comunicar y socializar el conocimiento histórico a un público lector más amplio. Por eso mismo acepté la muy honrosa invitación  de la maestra Gabriela Pulido Llano y del maestro Saúl Escobar, para participar en las conferencias que la Dirección de Estudios Históricos del INAH dedica al análisis de “los libros fundamentales del siglo XX mexicano”.

 


*Dirección Adjunta de Proyectos Históricos, Dirección General de Publicaciones, Conaculta.

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Enrique Florescano

Resumen: Se muestra el desafío que nuestro presente le hace a una larga tradición de ejercer la historia preñada de funciones sociales. Se contrasta a la larga tradición de practicar la historia para reconstruir las raíces profundas de las sociedades, con nuestro tiempo homogéneo, de “presentismo global”, aislado en academias auto referentes y sin mayor contacto con la sociedad.
Palabras clave: función social de la historia.

 

Abstract: The article shows the challenge, made at present times, to a long tradition of practicing a history full of social functions. The author contrasts the practice of historians that reconstructed societies deep roots, with the homogeneus present, as “global presenteeism”, isolated on auto-referential academies, that have no contact with society.
Key words: social function of history.

 

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