In memoriam Dolores Pla (1954-2014)

Clara E. Lida*

 

Agradezco a la Dirección de Estudios Históricos, y en particular a Tania Hernández Vicencio, subdirectora de Historia Contemporánea, que hayan pensado en mí para hablar de nuestra entrañable Dolores Pla. Que este salón esté repleto es un testimonio del cariño, admiración y calidez que supo despertar entre quienes tuvimos el privilegio de conocerla y tratarla. Antes de comenzar, quiero expresar mis más hondos sentimientos a sus amigos, a sus compañeros de trabajo y a sus familiares; para su hija Anna Helena y Armando Alvarado, su padre, van todo mi afecto y solidaridad. No me ha sido fácil componer estas breves páginas sin que me desbordara la tristeza, por eso más que hablar de la amiga entrañable, evocaré los primeros pasos en mi relación profesional con ella.

 

La verdad, no recuerdo cuando conocí a Dolores Pla, pero debe haber sido hacia 1990, en casa del ingeniero José Puche. Hacía poco que yo me había trasladado definitivamente a México, y que con mi amigo y colega, José Antonio Matesanz habíamos publicado la historia de La Casa de España y la de El Colegio de México.  No sé bien a bien cómo supieron de mí Dolores y  Puche, pero el hecho es que me buscaron para que hiciera una historia del Ateneo Español de México, al que ambos pertenecían. Me excusé explicándoles que lo del Colegio había sido una excepción, pero que yo no me dedicaba a historiar las instituciones culturales, que el exilio no era mi tema y que, es más, no conocía el Ateneo. No me di cuenta que mi negativa había sentado mal, pero el hecho es que desató una serie comentarios algo irónicos, cuando no cáusticos, sobre “ustedes los del Colegio”, que afortunadamente, al cabo de los minutos se fueron suavizando copa en mano.

 

Pasó el tiempo y sólo supe de ellos ocasionalmente, hasta que un amigo me pidió que presentara su libro, precisamente en el Ateneo.  Allí supe que José Puche era uno de los directivos y Dolores Pla vocal de biblioteca. Esta vez primó la cordialidad; me hice socia del Ateneo, y a partir de entonces nos vimos en más de una ocasión, pues seguí colaborando con alguna presentación o alguna conferencia.  Sin embargo, aunque charlábamos de vez en cuando no teníamos demasiada cercanía.

 

Cuento esto para explicar cuánto me sorprendió recibir un día una llamada telefónica de Dolores pidiéndome una cita.  Mayor fue mi sorpresa cuando al encontrarnos me contó que deseaba doctorarse en la UNAM y me pidió si podía dirigirle la tesis, ya que su maestro José Antonio Matesanz le había sugerido que hablara conmigo.  Para entonces yo ya había comenzado a estudiar el exilio, de modo que el tema no me era ajeno, pero mi experiencia dirigiendo tesis me aconsejaba no decir sí sin conocerla mejor, pues no sabía cuál era su perfil académico ni hasta qué punto tendríamos buena comunicación. Más o menos así se lo  expresé y le pedí que me dejara ver alguna cosa que hubiera escrito, para que volviéramos a hablar un par de semanas más tarde.  Sin demora, al día siguiente recibí un pequeño libro suyo, titulado Los niños de Morelia. Un estudio sobre los primeros refugiados españoles en México,[1] que comencé a leer, me cautivó y no solté hasta acabarlo.

 

El libro, aunque breve, era notable. En primer lugar, estaba sobre todo basado en entrevistas personales realizadas por la autora entre 1979 y 1981 a 16  informantes que habían venido a México como niños refugiados en 1937; había tres más con mexicanos que habían sido sus compañeritos en Morelia, otra con una maestra mexicana de aquellos chicos y una con la presidenta del Comité de Ayuda a los Niños. El libro se apoyaba, además,  en documentos originales de dicho Comité y del Archivo General de la Nación, en alguna prensa de la época y en la bibliografía especializada que incorporaba lo publicado hasta entonces. La gran originalidad metodológica de su autora había sido saber combinar la memoria de los actores,  por medio de la historia oral, con las demás fuentes primarias y secundarias; pero sobre todo, haber logrado un estudio que hasta hoy sigue siendo un modelo de cómo confrontar fuentes tan disímiles y tan diversas entre sí,  en un análisis no sólo pionero sino hasta hoy insuperado. 

 

Dolores Pla develaba una dura realidad en la historia del exilio en México. En la trayectoria de estos niños sólo Cárdenas y sus allegados destacan por su humanidad y su simpatía por las pequeñas víctimas del conflicto. El resto de los actores, salvo contadas excepciones, se caracterizó por su falta de interés ante la suerte que correrían estos pequeños bajo la presidencia de Manuel Ávila Camacho, al disolverse la Escuela en Morelia y dispersarse sus pequeños inquilinos.  Es cierto que a finales de 1942 el gobierno mexicano decidió administrar los dineros de las organizaciones del exilio y creó varias casas -hogar para albergar a aquellos chicos y jóvenes. Cuando a mediados de 1945 se estableció el gobierno republicano en el exilio y México le entregó los dineros sobrantes,  éste se haría cargo de aquellos albergues, hasta que en 1948, ya agotados los fondos, las casas-hogar fueron clausuradas y los menores quedaron una vez más abandonados a su suerte. En palabras de la autora, “lo sucedido con los Niños de Morelia ha significado descubrir no sólo una historia particular dentro del exilio español, sino una historia que en ocasiones se contradice con la imagen idílica generalmente aceptada del exilio”. Para resumir, gracias a este primer libro de Dolores Pla se han podido conocer y entender los claroscuros del exilio en México en una historia sin concesiones.

 

Cuando pocos días después me volví a reunir con Dolores, le dije cuánto me había gustado y conmovido su libro y la invité a escribir un artículo sobre el exilio para una compilación titulada Una emigración privilegiada (1994), que preparaba sobre los españoles en México. Los textos debían ser aprobados por mí y sometidos para publicación en la colección Alianza América, que en Madrid dirigía Nicolás Sánchez Albornoz. Al cabo de un par de idas y vueltas, no exentas de alguno que otro desacuerdo, el texto, quedó finalmente aprobado. Ese estudio fue el primero en dar a conocer el perfil socio-profesional de los exiliados que llegaron en los tres grandes contingentes que a mediados de 1939  arribaron a Veracruz.

 

A partir de esta colaboración convinimos en que le dirigiría la tesis y pactamos los tiempos según los plazos fijados por la UNAM, y acordamos en que la tesis no excedería los cinco o seis capítulos, es decir, en total, unas 350 o 400 páginas.  Se trataba también de que a medida que ella fuera avanzando en la investigación comenzara a redactar borradores parciales, que yo revisaría e iría devolviéndole. Mi deseo era evitar que se dejara toda la escritura para el final, pues la experiencia de haber dirigido bastantes tesis me había enseñado que las entregas periódicas una vez corregidas facilitarían volver sobre ellas para preparar el manuscrito final.

 

Pronto fue evidente que el camino no sería fácil. De hecho, hubo un momento especialmente tenso cuando Dolores me entregó lo que ella consideraba su primer capítulo, que resultaron ser más de 200 páginas sobre la historia de México y de España y Cataluña desde el siglo XIX. Es decir que un solo capítulo ocupaba la mitad del espacio convenido para toda la tesis. Me fue prácticamente imposible convencerla de que esos eran resúmenes para ella, para entender el entorno histórico, pero que el lector sólo necesitaba unas páginas claras y concisas que contextualizaran el exilio en México.

 

A las dos nos empezó a salir lo catalán y lo argentino, respectivamente, y ya estábamos a punto de tirar la toalla cuando se me ocurrió hacer un último esfuerzo: le propuse que dos colegas serios e informados sirvieran de árbitros, leyeran esas páginas y dieran una opinión que ambas aceptaríamos. No fue difícil acordar los nombres: Carlos Illades y José Antonio Matesanz eran los indicados. Al cabo de algunas semanas nos reunimos en una especie de miniseminario y tanto Carlos como José Antonio coincidieron en que era necesario reducir lo escrito y centrarlo en unas pocas páginas directamente vinculadas al tema de la investigación. Dolores escuchó muy seria, tomó notas, nos agradeció brevemente a todos y, sin más se excusó y retiró, dejándome convencida de que ahí terminaba mi efímero quehacer  como directora.

 

Un par de meses después recibí un sobre con un texto de unas 40 páginas y una nota a mano de Dolores disculpándose por su largo silencio, explicándome que en este tiempo se había releído con calma y había reconocido que teníamos razón, que por  ello se había sentado a escribir un nuevo primer capítulo, y me rogaba que lo leyera y aceptara continuar como su directora. Fue entonces cuando comenzó realmente nuestra relación académica, que en esa etapa culminó unos años después, en noviembre de 1998, con la defensa de su tesis doctoral “Els exiliats catalans. Un estudio de la emigración republicana”.  Al año siguiente, el texto revisado en forma de libro salía a la luz con un subtítulo ligeramente cambiado.[2]

 

Estoy  convencida que hasta el día de hoy es el mejor y más importante estudio sobre las características del largo exilio republicano en México, con sus particularidades e identidades plurales, sus variadas trayectorias, sus logros e, incluso, fracasos y desencuentros. Es un libro que va de lo individual y cotidiano hasta lo colectivo y organizado. Sus 370 páginas de texto fluyen con pasión y ecuanimidad, con simpatía por sus actores que mayoritariamente pertenecían al común, pero que habían quedado opacados por el mito del exilio intelectual. Con una sólida y documentada visión crítica, Dolores Pla pudo tratar temas sensibles, cuando no controvertidos, y mostrar sus múltiples y complejas facetas. Hoy este libro ya es un clásico, por lo que hago un llamado para que se reedite por parte del INAH, como un homenaje póstumo más que merecido a quien durante décadas hizo de esta casa la suya.

 

Hubo otras publicaciones, como la importante compilación titulada Pan, trabajo y hogar,[3] con estudios recientes sobre el exilio republicano en varios países latinoamericanos. Y esto sin mencionar las incontables horas que dedicó a transcribir los testimonios e historias de vida recogidas por el INAH en el Archivo de la Palabra, entrevistas orales que dieron sustento especial a todos sus trabajos. Ella luchó a brazo partido porque se reconociera ese archivo como patrimonio exclusivo de la DEH-INAH y que no fuera reproducido por instituciones que sin empacho lo querían copiar, cuando no piratear, y buscó hasta el final que se protegiera y sólo se reprodujera por convenio previo, como se había hecho con el Archivo Histórico Nacional en Madrid.

 

No quiero dejar de mencionar que la última vez que vi a Dolores fue cuando me trajo a casa la invitación para la exposición sobre el exilio que se inauguraría en breve en el Museo de la Ciudad. Como me acababan de operar de la columna y no podía caminar quedamos en que la veríamos juntas a su regreso de Cataluña.  ¡Ya no fue posible!

 

Podría continuar, pero es hora de concluir. Durante varios lustros, en mi relación con Dolores Pla ella pasó de ser una joven doctoranda a convertirse en cercana colaboradora en diversas actividades académicas. Fue compinche en muchas aventuras, tabla de resonancia en continuos intercambios y discusiones, compañera en frecuentes paseos por la ciudad pero, sobre todo, a lo largo de los años fue una gran amiga en las duras y las maduras. No les puedo decir cuánto la extrañaré, cuánto la extrañaremos todos.

 


* El Colegio de México. Texto leído el 21 de agosto de 2014 en el Homenaje a Dolores Pla Brugat (1954-2014), organizado por la Subdirección de Historia Contemporánea de la Dirección de Estudios Históricos del INAH, México.

[1] Dolores Pla Brugada, Los niños Morelia (2ª ed.,  ilustrada), México, INAH, 1999.

[2] Els exiliats catalans. Un estudio de la emigración republicana, México, INAH/ Orfeó Català de Mèxic/ Libros del Umbral, 1999.

[3] Pan, trabajo y hogar. El exilio republicano español en América Latina,  México, INM/ INAH, 2007; Ya aquí terminó todo, México, Breve Fondo Editorial, 2000; El aroma del recuerdo. Narraciones de españoles republicanos refugiados en México,  México, Plaza y Valdés/ INAH-Conaculta, 2003.

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Agradezco a la Dirección de Estudios Históricos, y en particular a Tania Hernández Vicencio, subdirectora de Historia Contemporánea, que hayan pensado en mí para hablar de nuestra entrañable Dolores Pla. Que este salón esté repleto es un testimonio del cariño, admiración y calidez que supo despertar entre quienes tuvimos el privilegio de conocerla y tratarla. Antes de comenzar, quiero expresar mis más hondos sentimientos a sus amigos, a sus compañeros de trabajo y a sus familiares; para su hija Anna Helena y Armando Alvarado, su padre, van todo mi afecto y solidaridad. No me ha sido fácil componer estas breves páginas sin que me desbordara la tristeza, por eso más que hablar de la amiga entrañable, evocaré los primeros pasos en mi relación profesional con ella.

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