Para Lola

Gerardo Necoechea G*

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La primera imagen de Lola que me viene a la memoria es la de ella en su escritorio, escribiendo, y a su lado derecho una pila de hojas impresas. Estábamos todavía en la antigua sede de la Dirección de Estudios Históricos (DEH), en el anexo al Castillo. El Seminario de inmigrantes, al que pertenecía Lola, compartía un amplio cubículo con nosotros, los del Seminario de Movimiento Obrero. Por accidente de la distribución de espacio, el nuestro en ocasiones parecía más recibidor que cubículo, puesto que todo mundo tenía la costumbre de pasar a saludar, o si eran visitantes, pasar a preguntar por ésta o aquélla persona. Lola redactaba entonces su tesis doctoral, e imperturbable, con sonrisa o sin ella saludaba o contestaba la pregunta sin desviar la vista de la máquina de escribir, una Olimpia eléctrica que, si no mal recuerdo, por esos tiempos fue sustituida por una de las primeras computadoras en la DEH.

 

La tesis llegó a buen término y, pasado un tiempo, fue publicada. Para mi grata sorpresa, me pidió que fuera uno de los presentadores. Y digo sorpresa, porque aunque platicábamos y nos llevábamos bien, había una suerte de desencuentro existencial. Mario Camarena y yo, el Seminario de Movimiento Obrero, éramos más bien escandalosos y desparpajados mientras el Seminario de Inmigrantes, que eran sólo mujeres, tenía un modo más sereno, reflexivo y académico. La relación no era mala pero a veces era difícil.

 

Pero dentro de todo, Lola y yo descubrimos no sólo que nacimos en el mismo año sino que asistimos a la misma escuela, aunque en distintos momentos. No teníamos amigos mutuos pero podíamos acordarnos de algunas de las mismas personas. Teníamos, en consecuencia, una relación cordial, pero yo tenía la sospecha de no ser uno de sus académicos favoritos. Y por eso, cuando me pidió que presentara su libro, me sorprendió.

 

Su investigación acerca de los exiliados catalanes en México tuvo una buena recepción y contribuyó a consolidar la reputación de Dolores como estudiosa del exilio español en México. Fue un estudio sobre una modalidad particular de inmigración a México, de manera que abordó preguntas claves para entender esa migración, para responder a quiénes y de dónde examinó la sociedad española, en especial a Cataluña, y las causas y desarrollo de la guerra civil; para entender cuándo y cómo describió las condiciones de la derrota republicana, el repliegue a territorio francés y las negociaciones con México. El trabajo más original y rico abordó los lugares de arribo y los quehaceres en sus nuevos lugares de residencia. De manera exhaustiva, la autora entretejió la evidencia de las entrevistas de historia oral con variado material documental para dar cuenta de lo que aconteció a estos hombres y mujeres entre su momento de llegada y virtualmente el momento de ser entrevistados en las décadas de 1970 y 1980.

 

El libro tuvo el acierto de centrar la mirada en quienes ella llamó la gente del común, consciente de que mucho del trabajo sobre el exilio había sido por un lado celebratorio y por otro, centrado en una minoría de personajes destacados de la vida cultural e intelectual, Dolores apuntó hacia rendir una historia social del grueso de los exiliados. Su extensivo e incisivo uso del acervo en el Archivo de la Palabra le permitió ir más allá de generalidades. Creo que en particular le permitió situar a los trasterrados en el centro de miradas cruzadas y brindarnos un atisbo de su percepción en este particular. A los ojos de la izquierda mexicana, eran héroes; pero esa mirada se fue desvaneciendo con el paso de la efervescencia cardenista hacia tiempos más conservadores. Para la mayoría de la población, eran inmigrantes españoles y por lo mismo extendieron hacia ellos el aprecio pero también la desconfianza y resentimiento que dirigían a los muchos ya residentes de tiempo atrás en el país. Para esos inmigrantes españoles ya establecidos, los recién llegados podían ser, simultáneamente, enemigos de todo lo que consideraban en alta estima y paisanos que requerían de ayuda. Dolores dio buena cuenta de esta difícil posición, y destacó la ambigua identidad que emergió entre los exilados republicanos sobre los que recaían estas miradas.

 

El trabajo de historia oral realizado en esta investigación fue impecable. Pero quizás Lola no estaba a gusto con él. A ella fue a la primera historiadora que le escuché decir que quería ser vista como historiadora sin apellido, es decir, el mote de historiadora oral lo sentía limitante. El libro fue un esfuerzo determinado, y logrado, por establecer la importancia de la historia oral a la par de otras fuentes. Pero creo que en el camino descubrió algo inquietante en la fuente oral, el juego de la memoria, e incursionó en ese terreno con la misma determinación. Creo que aquí fue importante la influencia del historiador brasileño José Carlos Sebe, en particular sus ideas sobre la forma de editar las entrevistas como historias por sí mismas, lo que Sebe llama transcreación. Pero también el apoyo y la admiración de Sebe fueron importantes, entre otras cosas, porque le brindaron a Lola la oportunidad de realizar un trabajo de reflexión sobre los recuerdos. No estoy seguro del orden cronológico pero hay dos trabajos que fueron importantes en este recorrido. El primero se lo escuché como ponencia en uno de los muchos congresos de 1992, en ocasión de los 500 años; fue en Brasil y asistimos varios compañeros de la DEH, invitados por Sebe. Lola presentó un trabajo que reunía el recuerdo de las primeras impresiones que tuvieron los exiliados al arribar a Veracruz, primero, y a la ciudad de México después. Era un trabajo principalmente descriptivo pero de manera importante trajo a la superficie las negociaciones entre el presente y pasado que configuran el recuerdo. A mí me impresionó por la calidad narrativa, de detalle. Me pareció entonces que ella había dejado de preocuparse por el dato veraz y se había adentrado en el significado del pasado que los entrevistados querían transmitir en el momento de la entrevista.

 

El segundo trabajo al que me refiero fue un artículo en el que abordó distintos tipo de recuerdo. Las entrevistas con los exiliados tenían un extenso componente sobre la experiencia de la guerra civil. Trabajando esos pasajes. Dolores cayó en cuenta de que parte de esas descripciones provenían de una versión histórica general, con frecuencia obtenida de libros. Era, sin lugar a duda, parte de lo vivido y experimentado, pero no la experiencia directa. En cambio, otros pasajes, efectivamente relataban lo que podríamos calificar de vivido en carne propia. En este artículo Dolores se aproximó a un problema relativo a la oralidad, la que Ong llama oralidad secundaria, en la que el conocimiento transmitido por la palabra hablada ha sido primero adquirido en la palara escrita. Y con ello, se aproximó a otro problema respecto de cómo la memoria individual se apropia de experiencias no vividas por el sujeto. Ello tiene que ver con cómo se configura la memoria a través del dialogo —que bien puede incluir los escritos de otros— y cómo de esa manera también aparecen las versiones consensuadas de la memoria colectiva. Dolores examinó cómo estos distintos recuerdos operan en distintos niveles en el transcurso de la entrevista. En algún momento, y en relación con lo relatado por Rigoberta Menchú, este asunto que Lola señaló acertadamente, entre investigadores menos avispados suscitó un tonto debate respecto de la mentira en las narraciones orales.

 

Destaco estos dos textos porque creo que trazan el trayecto intelectual de Dolores que va de Los exiliados catalanes a El aroma del recuerdo. Este segundo es una ruptura con la preocupación por la historia sin apellidos, y en cierto modo una declaración de que se puede ser historiadora oral. El libro nació de la colaboración con José Carlos Sebe, quien estaba interesado en los exiliados republicanos y viajó a México para conocer la colección en el Archivo de la Palabra. Sebe provenía de un entrenamiento y carrera en historia muy convencional, pero influido por Foucault y el llamado giro lingüístico, estaba interesado en desbancar los regímenes de verdad de la historia a través del trabajo con la memoria, a la cual consideraba central para las representaciones culturales y pilar de la política de las identidades. Proponía entonces Sebe —y seguramente lo sigue haciendo— que las entrevistas había que editarlas mediante el método de la transcreación, que consistía en entender la identidad que el entrevistado creaba consigo mismo como sujeto, y entonces reordenar y recortar la entrevista como un texto en que el entrevistado daba cuenta de esa identidad. Sebe convenció a Lola de hacer un libro en el que cada uno tomaría cierto número de entrevistas para aplicar este método de edición. Sebe no hizo su parte, así que El aroma del recuerdo es la mitad que le correspondió a Lola.   

 

Ese libro podría haber sido un punto de partida hacia otra dirección pero no lo fue. Creo que Lola tampoco se hallaba a gusto con ser historiadora oral. En los últimos años, la historia oral ha desarrollado sus propios mecanismos de institucionalización y legitimación. Sin dejar de ser marginal a la academia establecida, la  historia oral reivindica hoy día su marginalidad como vanguardia y garantía de calidad. Dolores, como muchos de nosotros, no se animó a dejarse llevar de lleno por el torbellino del giro culturalista.

 

Tuvimos en una ocasión una breve conversación al respecto. Yo había traducido y publicado un ensayo de Barbara Weinstein sobre la dificultad de ser un historiador social en la década de 1990. Weinstein relataba con humor la incomodidad que sentía y le hacían sentir las llamadas guerras culturales desatadas entonces en la academia estadounidense. Weinstein daba cuenta también de cómo se había sumergido en un proyecto de investigación animada por ciertas preocupaciones, y al emerger se había encontrado no sólo una crítica demoledora de sus preocupaciones sino un terreno incierto de alta teoría e inasibles representaciones. Lejos de ser dogmática, resaltaba lo mucho que el giro lingüístico le había aportado para repensar sus investigaciones sobre mujeres y trabajadores en la historia de Brasil. Advertía, al mismo tiempo, contra descartar los andamiajes estructurales materialistas. Platicando al respecto, comentábamos que también nosotros nos sentíamos en ese lugar incomodo al que aludía Weinstein. Nos propusimos, de hecho, un grupo de estudio primero vagamente sobre cuestiones indias y después, más claramente, sobre lo indígena como discurso e imaginario en la configuración de una idea de ser mexicano del siglo XX. Pensábamos iniciar con la lectura de Campesino y nación, de Florencia Mallon, entonces todavía sin publicar en español. Desafortunadamente, el grupo nunca despegó.

 

Traigo lo anterior a colación porque había una intención de abrir vereda hacia fusionar historia social e historia cultural. El proyecto en que trabajaba Dolores, sobre racismo y xenofobia, me parece se movía en esa dirección. Platicamos mucho menos sobre estas cuestiones en los últimos dos o tres años, pero las presentaciones que le escuché sobre la conformación étnica de la población en el siglo XX estaban sólidamente fincadas en análisis de los censos, y se hacía una pregunta interesante ¿cómo pudo ser que una mayoría india a principios del siglo XX desparece a mediados? Ello por supuesto la orientaba al universo de las representaciones y la implementación de discursos dominantes, así como al mundo de la estructuras de trabajo y de los espacios rurales y urbanos, y a la implementación del dominio de la recién descubierta cultura nacional. En alguna ocasión, muy al principio, le pregunté si para ese nuevo proyecto pensaba hacer entrevistas. Me contestó que sí, que no tenía idea todavía de a quién y cómo hacerlas, pero que las consideraba indispensables. No sé si ya había resuelto esa incógnita.

 

Por último, y respecto a la historia oral, de unos años para acá Dolores tenía la preocupación por definir el tipo de historia oral que hacíamos en la DEH. Esta preocupación provenía, me parece, de su propio desarrollo y la dificultad de encajar en un campo definido. Posiblemente su insistencia en que reflexionáramos colectivamente sobre nuestras trayectorias intelectuales obedecía a esa necesidad suya de detenerse a reflexionar su camino. Creo que esa sensación de estar en un lugar incómodo no se había desvanecido; pero creo en cambio que saberse en un lugar incómodo acicateaba su curiosidad y creatividad para proponerse una manera distinta de hacer historia.

 


* Dirección Estudios Históricos, INAH.

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La primera imagen de Lola que me viene a la memoria es la de ella en su escritorio, escribiendo, y a su lado derecho una pila de hojas impresas. Estábamos todavía en la antigua sede de la Dirección de Estudios Históricos (DEH), en el anexo al Castillo. El Seminario de inmigrantes, al que pertenecía Lola, compartía un amplio cubículo con nosotros, los del Seminario de Movimiento Obrero. Por accidente de la distribución de espacio, el nuestro en ocasiones parecía más recibidor que cubículo, puesto que todo mundo tenía la costumbre de pasar a saludar, o si eran visitantes, pasar a preguntar por ésta o aquélla persona. Lola redactaba entonces su tesis doctoral, e imperturbable, con sonrisa o sin ella saludaba o contestaba la pregunta sin desviar la vista de la máquina de escribir, una Olimpia eléctrica que, si no mal recuerdo, por esos tiempos fue sustituida por una de las primeras computadoras en la DEH.

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