Lola en Vilasacra, Gerona, L’Empodá, Cataluña, España

Julia Tuñón*

 

Habíamos quedado en encontrarnos alguna vez en Vilasacra, o en Vilanova, pasear por ahí para enseñarme el sitio de sus recuerdos, escuchar sus historias a través de sus ojos mirando dónde habían pasado cincuenta años atrás. Yo  podría entonces imaginar cómo era su casa, el pueblo que ahora es chiquito y disperso, el río Muga, el camino que lo une a Vilanova,  estrecho y de tierra, casi invadido por las plantas que lo bordean. ¿Cómo puede ser que esas cosas permanezcan y Lola no esté más? Tiene que haber algún error. Esas cosas, casas, paisajes, árboles y el río solo pueden tener sentido con sus recuerdos, por sus recuerdos. Habíamos quedado en vernos ahí, quizás podría ser  en septiembre, en que yo iría a Barcelona y ella estaría todavía por esos sus lares.

 

Así  es que cumplí el trato, aún sin ella: me fui a visitar el pueblo de Lola: como ella decía: “Vilasacra, Gerona, L’Empodá, Cataluña, España”. A pesar de todo lo que yo había escuchado sus recuerdos el lugar no correspondía a lo que había imaginado, así que tuve que poblar imaginariamente las calles, ahora vacías, llenarlas de niños y niñas entre las que estaría ella, y la imaginé correteando por ahí, robándose los higos de la higuera que está en la dizque plaza principal, con el ayuntamiento a un lado,  escondiéndose en el campo sembrado entre Vilasacra y Vilanova y bañándose en el río con el bochorno del verano.  La imaginé también alguna mañana de invierno con sus amigas, contando cuántas mangas abrigaban sus bracitos, imaginé cómo sería la  enorme casa por dentro, cuando estaba habitada, en primavera, a la hora de la siesta, con las ventanas abiertas y cortinas blancas movidas por el viento. La gran casa gris y triste lleva abandonada muchos años, como muchas otras en el pueblo,  y supuse, no sé por qué,  que Lola tenía su cuarto en el primer piso, arriba del negocio cerrado que anuncia “pan de leña” y la vi asomarse para responder a los chicos que la llamaban a jugar en la calle. Sí, esa calle seguramente estaba en las tardes atravesada por pelotas y llena de  gritos infantiles.

 

Hoy es la carretera que atraviesa al pequeño pueblo, entonces sería más tranquila, aunque lo siga siendo, seguramente más rústica, e imaginé en ella a Lola con la Senyoreta Merce, la  maestra a la que tanto admiraba esperando el autobús que las llevaría a Barcelona para presentar exámenes. Mientras llegaba la hacía revisar las tablas de multiplicar, las lecciones que habrían de someterse a escrutinio. Me enseñaron la que era la escuela, otra casa grande y triste separada tan sólo por otra construcción de la de los Pla, así que Lola casi no tenía que caminar para llegar a sus clases, y también me enteré de que esta profesora de quien siempre decía que le enseñó valores éticos y una actitud responsable ante la vida acababa de morir hacía quince días. Me las imagino reencontrándose en la sala de espera del otro mundo: ¡Qué gusto verla! ¡Tantos años que han pasado!  Y Lola, temerosa de ser indiscreta, con esa timidez que tantas veces la atosigaba  avanzaría un “no se imagina usted todo lo que la he recordado”.

 

En el supermercadito de enfrente de la casa recuerdan a Lola y a su familia. Les llaman “Els  americans, porque se fueron a América, ¿verdad?” Lo que quizás no imaginan  es cómo fue el mundo al que ella llegó, cómo Lola se adaptó a él, se entregó a la forma de hablar, con tanto amor hacia su gente y tanta dedicación a su historia. Y tampoco podrán imaginar todo lo que Lola ha sido para este México que nos tocó compartir.

 

Yéndola a buscar a Vilasacra imaginé a la Lola niña, le puse imágenes a sus recuerdos, que yo recuerdo ahora, pero no, no logré aceptar que ya no está aquí. Me imagino más bien que ella prolongó su estancia, quizás pidió un sabático para ir a nadar al Muga, estar un rato en ese pueblo un poco fantasma que se considera a sí mismo “la capital del mon”, ver a los viejos vecinos y entrevistarlos,  darle a su pasado un poco de su vida presente, de esa que ella tiene tanta y creo que cualquier día de estos Lola aparecerá, y va a regañarnos por haber prestado atención a semejante sinsentido: ella sigue aquí, con todos nosotros.

 

 

 La que fue casa de Lola, cerrada por muchos años, se ve triste hoy en día, pero seguramente cuando era niña las risas la llenaban de alegría.

 

 

Se han cegado las puertas para abrir pequeñas ventanas, se han quitado los carteles, dejando manchas, pero en esta casa que fue escuela hubo bullicio infantil.

 

 

Antiguas casas de piedra, abandonadas, conviven con casas modernas. Vilasacra es un lugar de contrastes.

 

 

Así de azul y claro debió de ver Lola el cielo los días de verano

 

 

Con orgullo, Vilasacra se considera a sí misma "la Capital del Mundo"

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

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Habíamos quedado en encontrarnos alguna vez en Vilasacra, o en Vilanova, pasear por ahí para enseñarme el sitio de sus recuerdos, escuchar sus historias a través de sus ojos mirando dónde habían pasado cincuenta años atrás. Yo  podría entonces imaginar cómo era su casa, el pueblo que ahora es chiquito y disperso, el río Muga, el camino que lo une a Vilanova,  estrecho y de tierra, casi invadido por las plantas que lo bordean. ¿Cómo puede ser que esas cosas permanezcan y Lola no esté más? Tiene que haber algún error. Esas cosas, casas, paisajes, árboles y el río solo pueden tener sentido con sus recuerdos, por sus recuerdos. Habíamos quedado en vernos ahí, quizás podría ser  en septiembre, en que yo iría a Barcelona y ella estaría todavía por esos sus lares.

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