DULOS: ética e historia

Carlos San Juan Victoria*

 

A inicios de los años ochenta llegó al entonces Departamento de Investigaciones Históricas, pronto reconvertido en Dirección de Estudios Históricos, el pulular creativo  de un nuevo grupo de colegas mujeres. Venían, entre otros lados, del Proyecto de Historia Oral impulsado por la doctora Eugenia Meyer y se reorganizaron como Seminarios de la Mujer (las hermanas Tuñón Pablos, Conchita Ruiz Funes, entre otras) y de Inmigrantes (Rebeca Inclán, Guadalupe Zárate). Ahí tuvimos el gusto de conocer a una Dolores Pla joven, guapa y culta. Tras la fachada de cierta reserva, latían sus pasiones y convicciones, y sobre todo, un gran humor, la voluntad ibérica, viejas y nuevas tristezas que no borraban su sonrisa. Lola para los conocidos, Dulos para los más cercanos.

 
 

Trabamos amistad al poco tiempo a partir de una inquietud sindical y académica. Ahí empezó el fluir de intereses compartidos, la historia reciente de México, los debates historiográficos, la inmigración española y sus impactos en la sociedad mexicana, mucha literatura y poesía. Había en ella la curiosidad minuciosa del novelista para nombrar vidas singulares y abrirse a las emociones de las personas. También  una hábil tejedora que hilaba los testimonios orales directos, la fuente fresca de experiencias inéditas, en texturas de épocas. Y sobre todo una inevitable condición ética que localizaba el dolor y el agravio en situaciones injustas. De ahí la naturaleza singular de sus trabajos: los inmigrantes españoles pero los comunes y corrientes, la tensión entre la patria ausente y el difícil reacomodo en una sociedad diferente, la dura experiencia de los niños del exilio, la injusticia social de una sociedad mestiza que niega su  condición indígena. No sólo  eran “temas historiográficos” sino personas concretas en situaciones torcidas que orientaban un trabajo más amplio, estadístico, documental, historiográfico

 

Sin que se perdiese el contacto  y las actividades conjuntas, cada quien emprendió su respectivo camino hasta que otra iniciativa nos volvió a juntar. En 2011 el área de Historia Contemporánea, con cerca de 35 investigadores que exploraban aspectos del siglo XX, decidió crear una revista digital orientada a ese “continente” vivido por todos pero apenas entrevisto con el rigor historiográfico y la diversidad de sus relatos. Gabi Pulido, entonces subdirectora de esa área, apoyó de manera intensa la inquietud. Los colegas decidieron cooperar con ensayos. Al terminar el Consejo se integró la comisión operativa con un solo participante y el gesto solidario de Gabi dispuesta a apoyar desde la Subdirección. Dolores fue más tarde a verme, y como en los viejos tiempos dijo: yo le entro, vas a ver que la levantamos. Era un momento donde el trabajo se le multiplicaba, quería decir adiós a sus obras sobre la inmigración pero recibía solicitudes de asesorías, exposiciones, la coordinación de nuevo libros. Estaba también en el consejo de redacción de nuestra revista Historias y sus duras faenas para elaborar número tras número. Y se abrían nuevos compromisos e intercambios sobre sus investigaciones en torno a los censos y la población indígena. Pero no vaciló en tirarse de cabeza en el nuevo proyecto.

 

Y en efecto, se emprendieron varias rutas para que existiese esa revista sin olor de papel y tinta, puro flujo digital en pantalla. Hacia afuera el trabajo con Benigno Casas, editor de revistas del INAH para encontrar el diseño digital. La integración de un Consejo de Redacción con nuestros colegas, Mario Camarena, Mónica Palma, Gabi Pulido ya como investigadora y Haydée López, joven investigadora que Dolores recomendó mucho. La integración del primer número que  invitó a varios colegas participantes en un Foro sobre la mirada del investigador. El teje y maneje de un archivo donde se dejaba constancia de todo, y en particular, de los intercambios con autores, dictaminadores, editores y correctores. Los aprendizajes para adecuar a todos estos hijos de Gutenberg a los códigos cambiantes del HTML y de las plataformas digitales. Los horizontes abiertos para manejar, como no puede ocurrir en las revistas impresas, las imágenes, el video y el audio.

 

Un conjunto de intercambios y  aprendizajes colectivos donde Lola promovía, invitaba, hacía los archivos y ayudaba en los trámites necesarios para que nuestra institución sostuviera el proyecto. El nombre de la revista Con-temporánea, su organización en secciones donde no podía faltar la revisión historiográfica, su diseño final, las revisiones y correcciones de los primeros artículos, también fueron beneficiados por el diálogo y el intercambio con Lola. En varios momentos la naturaleza técnica o administrativa parecía cerrar el paso o bifurcarse en laberintos. Era fácil desanimarse y también de manera puntual que reapareciera la sonrisa de Dolores diciendo, ¡claro que se puede! El 12 de marzo de 2014, a los dos días de que se subió a internet la revista, Lola nos mandó este mail: “Acabo de ver la revista, sólo la portada porque no supe cómo avanzar, pero es suficiente para ver que se ha hecho un trabajo espléndido. Ahí está reflejado el esfuerzo de muchas voluntades que, además, lograron salvar los escollos. Un abrazo para todos. Dolores”

 

Ya con el número 1 en el ciberespacio  Dulos me dio una buena y una mala noticia. La buena: que sería la directora de la revista Historias; la mala, ya no podría participar de igual manera en los siguientes números de la nueva revista. Días después nos fuimos a comer a un pequeño restaurante del Claustro de Sor Juana en la vieja calle de San Jerónimo. Acababa de inaugurar una exposición sobre el exilio español que le requirió no pocos trabajos. Era el jueves 11 de junio. Ya estaba con un pie en México y el otro en la ilusión de ver a sus hermanos en Barcelona. Decidida a culminar esa fase de trabajos sobre la inmigración para concentrarse en el viejo dolor mexicano de la discriminación. Habló largo y tendido sobre su querida hija Ana, quien había hecho un viaje reciente a China como quien va a la tienda de la esquina y que ya se paseaba por España. Habíamos realizado varias reuniones historiográficas, las últimas sobre los libros de Georg G. Iggers, La historiografía del siglo XX, y de Enzo Traverso, La historia como campo de batalla. Haríamos a su regreso otra sobre un texto inquietante del ensayista mexicano Sergio Gonzalez Rodríguez, Campo de guerra.[1] Pasaron las horas entre plática y risas continuas, como siempre, sin sentirlas. Fue la última vez que la vi.

 

Resulta difícil escribir sobre Dulos en pasado, una ausente peculiar que encarna sin previo aviso  en imágenes fugaces y constantes de alegría, tesón y compromiso. Vivir con ella el desarrollo de este proyecto nos obliga como colectivo a recuperar a esa presencia fecunda que nos acompaña. Hay gente que cree que la ética es una categoría del logos que vive en los libros, la versión ilustrada de que la moral es el árbol que da moras. Sin embargo, o es despliegue de la existencia concreta, actos y conductas, o no existe. La revista Con-temporánea tiene la riqueza del vivir de Dulos, una existencia que obliga en libertad. Un referente para preservar si así se considera a  la iniciativa colectiva y sus esfuerzos derivados en épocas de individualización extrema, a la actividad de investigación como un compromiso inagotable con la curiosidad, dispuesta a abrirse a nuevos terrenos que al momento parecen  periféricos o invisibles. A concretar el circuito de los bienes y recursos públicos en cultura, donde la investigación sea accesible, gratuita y al alcance de jóvenes estudiantes. A fomentar la publicación de nuestros colegas de esta casa y de instituciones hermanas, sin afán proselitista o sectario. Atreverse a escuchar las “explosiones profundas” de cada época, las irrupciones de la violencia y el agravio, las voces no escuchadas, las narrativas potenciales que requieren de su gramático que las incorpore a la pluralidad que somos. Queremos, en el combate cotidiano  por estas orientaciones,  que Lola siga sonriendo en Con-temporánea.

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

[1] George G. Iggers, La historiografía del siglo XX, desde la objetividad científica al desafío posmoderno, Chile, FCE, 2012.  Enzo Traverso, La historia como campo de batalla, interpretar las violencias del siglo XX, Buenos Aires, 2012. Sergio González Rodríguez, Campo de guerra, Barcelona, Anagrama, 2014.

Dercarga PDF

Compártelo
A inicios de los años ochenta llegó al entonces Departamento de Investigaciones Históricas, pronto reconvertido en Dirección de Estudios Históricos, el pulular creativo  de un nuevo grupo de colegas mujeres. Venían, entre otros lados, del Proyecto de Historia Oral impulsado por la doctora Eugenia Meyer y se reorganizaron como Seminarios de la Mujer (las hermanas Tuñón Pablos, Conchita Ruiz Funes, entre otras) y de Inmigrantes (Rebeca Inclán, Guadalupe Zárate). Ahí tuvimos el gusto de conocer a una Dolores Pla joven, guapa y culta. Tras la fachada de cierta reserva, latían sus pasiones y convicciones, y sobre todo, un gran humor, la voluntad ibérica, viejas y nuevas tristezas que no borraban su sonrisa. Lola para los conocidos, Dulos para los más cercanos.

" data-share-imageurl="">