La conquista del Imperio azteca

Carlos Aguirre Anaya*

 

Hernán Cortés, guiado por Moctezuma, contempla absorto desde lo más alto del Templo Mayor la prodigiosa ciudad que se extiende, espléndida, frente a su vista. En la misiva que manda a Carlos V, conocida como segunda Carta de relación,[1] la describe. Antes le aclara, entre sorprendido y cauteloso, que no podrá contarle todo lo visto y que sólo aspira a decirle “algunas cosas de las que vi, que aunque mal dichas, bien sé que serán de tanta admiración que no se podrán creer, porque los que acá con nuestros propios ojos las vemos, no las podemos con nuestro entendimiento comprender”. Esta aclaración nacía de una opinión firmemente cimentada que guió, y guiará, la comprensión con la que los conquistadores encaraban las numerosas novedades que se les presentaban a cada momento. Cortés certifica, ya para culminar su narración sobre la ciudad en la segunda Carta de relación:

 

Y por no ser más prolijo en la relación de las cosas de esta gran ciudad […] no quiero decir más sino que en su servicio y trato de la gente de ella hay la manera casi de vivir que en España; y con tanto concierto y orden como allá, y que considerando esta gente ser bárbara y tan apartada del conocimiento de Dios y de la comunicación de otras naciones de razón, es cosa admirable ver la que tienen en todas las cosas.

 

Así, aquella realidad innegable del todo inédita que tenía frente a su vista no podía menos que causarle gran admiración, tanta que al comunicarla bien podría no creérsele. Al entendimiento de aquella existencia oponía razonablemente los límites de su propia comprensión, incapaz de asimilar lo que sus ojos observaban. Pero esa limitación estaba firmemente anclada en la creencia de su propia superioridad. Si bien era admirable el orden y concierto que los habitantes de aquella ciudad tenían para organizar sus vidas, “casi” o igual a lo que ocurría en España, lo verdaderamente sobresaliente radicaba en que estas altas cotas de convivencia las alcanzaban gentes por naturaleza bárbaras, es decir, inferiores, ajenas a Dios, esto es, idólatras y aisladas de la geografía de la razón y por lo mismo ininteligibles, es decir, que “no las podemos con nuestro entendimiento comprender”.

 


Imagen computarizada, basada en lo que relata Bernal Diaz del Castillo sobre la primera vez que vieron Tenochtitlan. Fuente: El México Que Se Fue: https://www.facebook.com/511450782396272/photos/a.947218038819542/947224438818902/?type=3.

 

A la maravilla descubierta los españoles opusieron la convicción extraordinariamente firme de su superioridad de hombres civilizados, creyentes y dotados de razón. Si sus ojos pueden contemplar la ciudad embelesados, en ese momento culminante en el que el conquistador otea desde la privilegiada altura del principal adoratorio mexica, al mismo tiempo ponderan la importancia de lo visto, más allá del desciframiento cabal y más cercano a sus posibilidades de comprensión: la ciudad y su entorno lacustre es fiel manifestación de la riqueza y poderío de aquel señorío.

 

Hernán Cortés transmite sus impresiones y en ellas nos ofrece un valioso relato. En esa minuciosa descripción —la primera que un europeo hará de México-Tenochtitlan— está presente la distancia entre lo que se ve y la manera como se describe; así, cuando con esmero reseña los numerosos mercados que hay en la ciudad y la gran variedad de productos que en ellos se compran y venden, no le queda más que declarar que “son tantas y de tantas calidades, que por la prolijidad y por no me ocurrir tantas a la memoria, y aun por no saber poner los nombres, no las expreso”. Efectivamente, para expresar hay que saber nombrar; el conquistador, ante lo inédito, y no podía ser de otra manera, tiene que adaptar lo que mira a sus propios códigos léxicos. De ahí que en su descripción recurra a las comparaciones, y en este caso son relevantes las referencias a las ciudades españolas.

 

De esta manera, para dar cuenta del tamaño de la ciudad le escribe a su soberano: “Es tan grande como Sevilla y Córdoba”. No hay que pasar por alto que en la época estas poblaciones son de las mayores de España y, por ejemplo, Sevilla se encuentra entre las ciudades europeas con el más rápido crecimiento poblacional y viven en ella alrededor de setenta mil habitantes.[2] Al referirse al mercado ubicado en Tlaltelolco no tiene más que decir que la “Plaza [es] tan grande como dos veces la ciudad de Salamanca”. Y al describir el recinto sagrado donde se ubican los templos más importantes, establece que entre ellos el “más principal es más alto que la torre de la iglesia mayor de Sevilla”.

 

Sin duda el relator exagera sus apreciaciones, trata vehementemente de impresionar a su prominente interlocutor; sin embargo, su entusiasmo parte de muy sólidos elementos de verdad. La ciudad lo impresiona y sobre todo lo convence de que se encuentra ante un mundo insospechado, que poco tiene que ver con las islas del Caribe, donde los españoles llevaban ya, desde el primer viaje de Colón, varias décadas de experiencias con poblaciones hasta entonces desconocidas para ellos. Lo convence sobre todo el poder que la ciudad —y el señor que la gobierna, el magnífico Moctezuma— ejerce sobre muy amplios territorios.

 

Sabedor de que “bien podría no creerse” lo que comunica, significativamente pregunta: “porque como he dicho, ¿qué más grandeza puede ser que un señor bárbaro como éste tuviese contrahechas de oro y plata y piedras y plumas todas las cosas que debajo del cielo hay en su señorío, tan al natural lo de oro y plata, que no hay platero en el mundo que mejor lo hiciese [...]?”.[3] Para inmediatamente afirmar: “El señorío de tierras que este Mutezuma tenía no se ha podido alcanzar cuánto era, porque en ninguna parte, doscientas leguas de un cabo y de otro de aquella su gran ciudad, enviaba sus mensajeros, que no fuese cumplido su mandato [...] Pero lo que se alcanzó, y yo de él pude comprender, era su señorío tanto como España, porque hasta sesenta leguas de esta parte de Putunchán, que es el río de Grijalva, envió mensajeros a que se diesen por vasallos de vuestra majestad los naturales de una ciudad que se dice Cumatán, que había desde la gran ciudad a ella doscientas y veinte leguas; porque las ciento y cincuenta yo he hecho andar y ver a los españoles. Todos los más de los señores de estas tierras y provincias, en especial los comarcanos, residían, como ya he dicho, mucho tiempo del año en aquella gran ciudad, y todos o los más tenían sus hijos primogénitos en el servicio del dicho Mutezuma”.

 

El poder de la ciudad alcanza grandes extensiones de territorio, “tanto como España”. La autoridad de Moctezuma se hace presente sin discusión en comarcas muy alejadas de su residencia permanente y “todos los más” señores de aquellos parajes, cercanos y lejanos, viven parte del año en la importante ciudad, adonde mandan a sus hijos para servir a su gobernante. Además de su importancia política, Cortés también constata su capacidad económica: situada en un isla en una laguna de agua salada, se comunica con las numerosas poblaciones y ciudades de los alrededores con las cuales “contratan las unas con las otras en sus canoas por el agua, sin haber necesidad de ir por la tierra”. La ciudad está permanentemente abastecida, pues tiene “muchas plazas, donde hay continuo mercado y trato de comprar y vender”. Entre ellas la mayor, la de Tlaltelolco, “toda cercada de portales alrededor, donde hay cotidianamente arriba de sesenta mil ánimas comprando y vendiendo; donde hay todos los géneros de mercadurías que en todas las tierras se hallan”. Sorprendido por el número y variedad de mercancías, el conquistador se siente en la necesidad de pasar revista detenida a cada una de ellas: joyas, cal, ladrillos y madera, aves, conejos y venados, herbolaria y hierbas medicinales, verduras, frutas y mieles, hilados de algodón, colores para pintores, loza e “infinitas maneras de vasijas”, maíz y pescado. Comercio diverso y abundante que se lleva a cabo bajo la vigilancia de “diez o doce jueces” que castigan a los delincuentes y sancionan las medidas utilizadas para la compra-venta.

 

Pero el “concierto y orden” urbano se manifiesta sobre todo en el conjunto de sus habitantes: “La gente de esta ciudad es de más manera y primor en su vestir y servicio que no la otra de estas otras provincias y ciudades […] había en ella más manera y policía en todas las cosas”. También había en ella “muchas casas muy buenas y muy grandes” con “muy gentiles vergeles de flores”. Todo esto, reitera Hernán Cortés, es posible porque “todos los señores de la tierra, vasallos del dicho Mutezuma, tienen sus casas en la dicha ciudad y residen en ella cierto tiempo del año”.

 

Si aquel mundo singular le depara muchas sorpresas y enigmas, la observación de la “gran ciudad” le permite al menos descifrar los términos y alcances de la autoridad que la sustenta. Una población abundantemente abastecida, con una planta constructiva sólida, con notables fórmulas de convivencia que ordenan la existencia de su numeroso conglomerado, es fiel prueba de la calidad y grado de poderío de este asentamiento y de que su certificado dominio concurre sin duda en la figura del señor de esta urbe: Moctezuma.

 

Sólido núcleo económico, social y político, pero también religioso, al escudriñar Cortés el paisaje urbano comprende aquel entorno donde sobresalen en contrastado relieve los altos adoratorios que, dispersos, se reparten por todos los rumbos de aquel denso conglomerado. Otra vez recurre a lo próximo para describir lo ajeno: “Hay en esta gran ciudad muchas mezquitas o casas de sus ídolos de muy hermosos edificios, por las colaciones y barrios de ella”. El vecindario, como en su tierra de origen, se ordena en torno a una parroquia, pues uno de los significados de la palabra colación es “vecinos que son de una misma parroquia a la cual todos ellos acuden”;[4] así se entendía que alguna posesión o casa se localizaba en “colación de tal parroquia”. La lectura de la trama urbana evidencia una jerarquía: “entre estas mezquitas hay una que es la principal, que no hay lengua humana que sepa explicar la grandeza y particularidades de ella, porque es tan grande que dentro del circuito de ella [...] se podía muy bien hacer una villa de quinientos vecinos”. Además, reconoce lo excepcional de los recintos interiores, identificados por él como “las capillas que en ellas tienen [...] dedicadas cada una a su ídolo, a que tiene devoción”.

 

La admiración tiene un límite y éste se localiza justo en tales recintos que acogen creencias y prácticas deleznables: manchadas de sangre, las paredes de esas “capillas” son fiel registro de los sacrificios humanos que aquellas gentes ofrecen a sus deidades, puesto que ellas “les daban todos los bienes temporales, y dejándolos maltratar, se enojarían y no les darían nada, y les sacarían los frutos de la tierra y moriría la gente de hambre”. Ante ello, el conquistador actúa elocuente y pone en aquellos espantosos —para él— altares “imágenes de Nuestra Señora y de otros santos” y los reconviene solemne:

 

Yo les hice entender con las lenguas cuán engañados estaban en tener su esperanza en aquellos ídolos [...] que habían de saber que había un solo Dios, universal Señor de todos, el cual había criado el cielo y la tierra y todas las cosas, y que hizo a ellos y a nosotros, y que Éste era sin principio e inmortal, y que a Él había que adorar y creer y no a otra criatura ni cosa alguna [...] y les defendí que no matasen criaturas a los ídolos, como acostumbraban, porque demás de ser muy aborrecible a Dios, vuestra sacra majestad por sus leyes lo prohíbe, y manda que el que matara lo mataren”.

 

De esta manera, dos mundos diametralmente opuestos se confrontaban; los sentidos que cada quien le daba a la vida conducían a direcciones muy divergentes que apenas si se tocaban. Realidades con significados opacos que eran reinterpretadas de acuerdo con lo ya sabido. De ahí que el conquistador inaugurara sentencioso un nuevo saber para aquella población con creencias tan distintas: la existencia de un “universal Señor de todos” y el acatamiento de leyes que emanaban de otro reino, éste terrenal y con decidido ánimo de dominio. Así, para Hernán Cortés —podemos conjeturar—, aquel momento en que la altura privilegiada del Templo Mayor le permite contemplar en su totalidad aquella gran ciudad, no fue más que la confirmación de lo que al principio de su viaje era sólo una vaga intuición. Barrunto que conforme se adentró en territorio desconocido se fue delineando cada vez con mayor nitidez, corroborando paulatinamente que se hallaba ante un poder de gran envergadura.

 

Hacia el 27 de febrero de 1519, las cálidas playas de la isla de Cozumel recibían a una expedición compuesta por un puñado de arrojados aventureros que con sólo noticias nebulosas arriesgaban sus vidas y algunos de ellos sus propias pequeñas fortunas. El 18 de aquel mes había salido de Cuba —conocida entonces como Isla Fernandina— una caravana compuesta por once navíos con 508 soldados y cien marineros. El arrojado Hernán Cortés había conseguido que el gobernador general de la isla, Diego Velázquez —quien llegó a América en el segundo viaje de Cristóbal Colón en 1493 y posteriormente fue el encargado de la conquista de Cuba— lo nombrara capitán general de la excursión. En cuanto jefe de la hueste, recaían sobre él las responsabilidades de reclutar a la tropa y de conseguir los recursos financieros necesarios para llevarla a cabo. La Corona, autoridad suprema, se encargaba sólo de conceder permiso para el viaje y eran los mismos expedicionarios quienes debían costearla. Característica peculiar que distinguía y fijaba los términos de aquella aventura, y de otras más que se producían en aquella isla habitada por personajes ávidos de riqueza y fama, pero en su mayoría abandonados por la fortuna y profundamente insatisfechos con lo conseguido hasta entonces.

 

El mismo Diego Velázquez, máxima autoridad pública en la isla, participaba igual que Hernán Cortés con sus propios peculios en el financiamiento de la incursión. Estos tratos particulares, sin los cuales no era posible la expedición, eran motivo de señalados resquemores entre los protagonistas, que no se quedaban en la esfera de los dirigentes sino que alcanzaban a todos sus miembros, animados por la ilusión de un anhelado golpe de fortuna.

 

En las llamadas Instrucciones,[5] largo documento en donde el gobernador Diego Velázquez establecía los fines y los términos a los que debían sujetarse sus enviados, afloraban los tirantes tratos tanto entre capitanes como entre el común de los reclutados y nos dan una idea de las prevenciones bajo las cuales se organizaba el viaje. El gobernador recomendaba enfático que se tuviera cuidado de no enrolar a “bulliciosos”, ni a jugadores de dados y naipes o a personas que tuvieran deudas. Advertía que no se despojara a los vecinos de las poblaciones donde la expedición se abastecía y que por ningún motivo se llevaran indios. Además, mandaba que una vez en las tierras exploradas “ninguno sea osado de tomar cosa alguna de los dichos indios, de mucho ni poco valor, ni por ninguna vía ni manera, ni sean osados de entrar en ninguna casa de ellos, ni de burlar a sus mujeres ni de tocar ni llegar a ellas ni hablar, ni decir ni hacer otra cosa de que se presuma que se puedan resabiar”. Además, las diferencias entre los mandos lo llevaban a recomendar que por ningún motivo se separaran los navíos, manteniendo el rumbo preestablecido bajo advertencia de “grandes y graves penas”, y se prohibía que de ningún navío “sea osado de salir dellos ni saltar en tierra por ninguna vía […] hasta que vos lleguéis”. Y la viva desconfianza que privaba entre el gobernador y sus capitanes le llevaba a disponer que todo lo “rescatado” (los tesoros conseguidos: oro, perlas, piedras preciosas, metales) se guardara, previamente registrado por un escribano, en un arca de tres cerraduras. Preparados para toda clase de acontecimientos, los expedicionarios eran también advertidos de informar sobre la existencia de “gentes de orejas grandes y anchas y otras que tienen las caras como perros, y ansí mismo dónde y a qué parte están las amazonas”.

 

Ideas vagas y fantasiosas, desconfianzas compartidas y rencores larvados por la disputa de riquezas mal distribuidas —y muy por debajo de las altas expectativas que aquellos conquistadores de las islas del Caribe abrigaban— resultaban en peligrosas fuerzas centrífugas que exponían al fracaso cualquier empresa; sin embargo, existían dos consistentes pilares que soportaban la decidida acción de los involucrados y que actuaban a favor de la cohesión del grupo. No era casual que la primera estipulación de las Instrucciones estableciera que: “Primeramente, el principal motivo que vos y todos los de vuestra compañía habéis de llevar es y ha de ser para que en este viaje sea Dios Nuestro Señor servido e alabado y nuestra Santa Fe católica ampliada”. De manera similar, en otro apartado recomendaba que, una vez en contacto con la población: “hablaréis a los caciques e indios [de las] tierras donde fuerdes diciéndoles cómo vos ís, por mandato del rey Nuestro Señor [...] e darles heis a entender cómo es un rey muy poderoso, cuyos vasallos y súbditos nosotros y ellos somos [y que] en su nombre os envío para que les habléis y requiráis se sometan debajo de su yugo y servidumbre e amparo real”.

 

Las recomendaciones escrupulosas ordenadas por el gobernador fueron puntualmente violadas; en cambio, los objetivos supremos, ampliar los reinos de la fe católica y los de su soberano, se cumplieron con eficaz precisión. Los testimonios de los conquistadores que nos han sido legados, entre ellos y en primer lugar el del capitán de la expedición, reiterarán sin falta estos dos propósitos. Los conquistadores en conjunto se sintieron cobijados por estas metas pues creaban en su imaginario un destino común y compartido, el de formar parte de una grandiosa empresa trascendente e histórica. De esta manera, sus firmes afanes particulares en pos de fortuna y fama se integraban a una vigorosa tendencia expansionista fincada en la ampliación de “nuestra Santa Fe católica” y en el acrecentamiento de los dominios de un “rey muy poderoso” con la incorporación y sometimiento a su “yugo” de nuevos súbditos.

 

El sentimiento compartido de formar parte de una tarea grandiosa supuso además el reconocimiento de dos autoridades supremas incontrovertibles, una divina y otra terrenal, que no sólo le daba sentido a su aventura sino que también los dotaba de un árbitro supremo en sus endémicas disputas y en sus desbordadas ambiciones. El considerable margen de autonomía de las huestes —dadas las largas distancias, la lentitud en la comunicación y la participación con recursos monetarios propios— era contrarrestado por la autoridad ampliamente aceptada y reconocida del juicio del rey que dictaminaba, en caso de controversias irreconciliables, de manera inapelable.

 

Después de dos meses de haber desembarcado en Cozumel, Cortés arriba a las playas veracruzanas el 21 de abril. En su recorrido costero por la península de Yucatán y por las aguas del Golfo de México, el conquistador tiene esporádicos encuentros con las poblaciones originarias habitadas por mayas y chontales. Sobresalen en este trayecto dos acontecimientos que le resultarán a la postre de suma importancia: el rescate de Gerónimo de Aguilar, un náufrago español que, después de vivir por cerca de ocho años entre los nativos, habla el maya, y el encuentro con la Malinche, una india que recibe como regalo en Tabasco y que además del maya habla el náhuatl. De esta manera, los expedicionarios se hacen de un instrumento precioso que facilitará la comunicación con la población que sale a su paso. Las señas y gestos serán desplazados por la traducción tortuosa, pero sin duda más efectiva, del náhuatl al maya y de éste al español.

 

En la costa veracruzana Cortés entabla contacto con la población local totonaca, la cual le hace saber de la existencia de un señorío que los mantiene sujetos a duras exacciones. La realidad de una autoridad prominente se impone paulatinamente, y Cortés comprende su alcance y carácter. Desafiante, toma por la fuerza el destacamento que los mexicas tienen en aquella lejana región costera para demostrarle a la población local el peso de su poder y las ventajas de su protección. La lectura de los trazos que configuran aquel poderío es definitoria: si la esfera de influencia es muy amplia, por otro lado adolece de serias fisuras que basculan a su favor. Aquella gran autoridad es alterada por la oposición de las poblaciones sometidas que la resisten por cuanto la sufren —le hacen entender— como una tiranía. A cambio de una alianza, él les ofrece la protección guerrera en contra de aquel dominio.

 

En ese momento las desavenencias internas llegan a su más alta tensión. Un grupo de expedicionarios partidarios del gobernador de Cuba amenazan con regresarse por considerar que su estancia en aquellas inhóspitas costas se torna ya muy penosa y estiman innecesaria y riesgosa la perspectiva de internarse por terrenos ignotos: en el tiempo que llevan desde su desembarco en la isla de Cozumel han sufrido la muerte de veinte compañeros de aventura. Así, Cortés es colocado frente a una disyuntiva: o regresa a Cuba y da cuenta de su descubrimiento al gobernador de la isla o emprende, en dirección opuesta, un camino incierto, pero promisoriamente glorioso y boyante, hacia el interior de un vasto y desconocido territorio.

 

Cortés maniobra con astucia y presteza y decide emprender literalmente un viaje sin retorno. En un acto con manifiestos gestos dramáticos, corta de tajo la salida inutilizando sus naves. Y además, se protege de una acusación de traición y decide fundar una población española en aquellos parajes, la Villa Rica de la Vera Cruz. A continuación, él y sus seguidores integran un ayuntamiento, institución que al mismo tiempo que los constituye como gobierno local los legitima como interlocutores directos del rey, desplazando de esta manera la autoridad del gobernador de Cuba. La primera medida que toma el cabildo recién instituido será la de nombrarlo capitán general y justicia mayor de la expedición.

 

Las confabulaciones del conquistador responden a la inmediata amenaza a su liderazgo; sin embargo, los pasos que da están integrados a una estrategia de gran alcance: el sometimiento de nuevos súbditos al “yugo” del rey y a la extensión de “Nuestra Santa Fe Católica”. Así, Cortés y sus partidarios argumentarán a su favor que, mientras Diego Velázquez perseguía exclusivamente la rápida exploración y el trueque con los indios (el rescate), ellos, en cambio, estaban decididos a pacificar y a poblar aquellas tierras. La fundación del ayuntamiento era la cristalización de la autonomía con que la hueste actuaba y al mismo tiempo se convertía en instrumento de una operación de gran trascendencia histórica: el eventual arraigo en las nuevas tierras de la fuerza beligerante.

 

Decidido, el 16 de agosto emprende su aventura hacia el interior. A tientas irá reconociendo una geografía cambiante. Deja atrás las costas tropicales para adentrarse en los altos y más fríos valles del altiplano. En el camino hacia su encuentro con aquel poder del que tanto le han hablado, y de cuya supremacía ya ha tenido muestras sobradas, tendrá que enfrentar no sólo obstáculos orográficos sino también los que le oponen los pobladores de aquellas tierras más densamente pobladas. Entre ellos sobresale su encuentro con los habitantes del señorío asentado en la región de Tlaxcala. Enemigos tozudos e indomables de los mexicas, se oponen en un primer momento a la incursión extranjera, pero son sometidos rápidamente.

 

La certeza de ser hombres mejores tuvo en su superioridad tecnológica un apoyo muy sólido. Los decisivos enfrentamientos guerreros estuvieron siempre comprendidos en una determinante asimetría: a las piedras y las flechas de obsidiana se oponían las espadas de acero, las armaduras metálicas y la pólvora de mosquetones y cañones. Frente a las numerosas tropas vernáculas se anteponía la sorpresa y movilidad del caballo, elemento táctico contundente que lo mismo asombra que devasta las cargas resueltas de guerreros siempre sujetos a la velocidad de sus propias piernas. Los conquistadores son los primeros en notar la importancia de sus cabalgaduras, que multiplican con creces su potencia bélica. Cuando Cortés envía a Pedro de Alvarado y a Bernardino Vázquez de Tapia, sus capitanes más destacados, a establecer contacto con Moctezuma, los hace dejar sus cabalgaduras “porque si nos matasen no se perdiesen, que se estima un caballero a caballo más de trescientos peones”.[6]

 

Hernán Cortés, frente a los tlaxcaltecas, echará mano de un procedimiento ya probado y exitoso: ofrecer protección en contra de aquel poder que los coarta a cambio de que se sumen a su contingente expedicionario, haciéndose por este camino de muy valiosos aliados y, por consiguiente, aumentando sobradamente sus tropas. Esto supondrá un giro sustancial en la campaña emprendida. La compacta hueste española, integrada por apenas algunos centenares que nunca sobrepasan los mil hombres, se convierte en un contigente que alcanzará hasta los varios miles. La toma de la gran ciudad también será en buena parte obra de indios.[7]

 

El 8 de noviembre de 1519, a los ocho meses de haber desembarcado en Cozumel, se produce finalmente el encuentro entre Moctezuma y Cortés. En una de las grandes calzadas —la de Ixtapalapa— que unen la isla con tierra firme tiene lugar aquella expectante cita. A los conquistadores les llama la atención el séquito que acompaña al gran señor mexica, numeroso y ricamente ataviado. Éste llega al sitio en andas; la tensión es evidente: cuando Cortés intenta abrazarlo sus acompañantes se interponen abruptamente entre ellos, y le advierten al conquistador que su soberano no puede ser tocado. Después de un solemne intercambio de regalos, Moctezuma invita a Cortés al corazón de la ciudad y lo aloja en uno de los palacios aledaños al recinto sagrado.

 


Ignacio Marquina, El Templo Mayor de México, INAH, México, 1960. Digitalización: Ramsés Hernández

 

El grueso de los testimonios sobre la conquista subrayan el punto de vista de los españoles; el modo de ver de los mexicas y de los pobladores nativos es escaso, indirecto, y la mayoría de los testimonios fue escrita varios años después de haber sucedido los hechos. Esta circunstancia obstaculiza el cabal entendimiento de lo que pasó por las mentes de los indígenas, lo mismo de los gobernantes que de los gobernados, ante los hechos abruptamente novedosos que enfrentaban. El margen de conjetura sigue siendo muy amplio; de cualquier manera, todo parece indicar que la iniciativa estuvo firmemente del lado de la milicia invasora. Frente a sus intenciones claramente definidas —ampliación de los dominios de su fe y los de su soberano, además de alcanzar riqueza y fama personal— la respuesta local aparece, en primera instancia y con la información con que contamos, dubitativa y hasta errática.

 

Al igual que los españoles, los indígenas se enfrentan a lo inédito interpretándolo de acuerdo a lo sabido. Y sus instrumentos conceptuales son ante todo religiosos. El peso de la religión para los mexicas era enorme, “tan grande que podemos decir, sin exagerar, que su existencia giraba totalmente alrededor de la religión, y no había un solo acto de la vida pública y privada que no estuviera teñido por el sentimiento religioso”.[8]

 

Es, pues, bajo esta dimensión como se descifra lo insólito. Lo extravagante de aquellos personajes es asimilado al mito: “Por todas partes vienen envueltos sus cuerpos, solamente aparecen sus caras. Son blancas, son como si fueran de cal. Tienen el cabello amarillo, aunque algunos lo tienen negro. Larga su barba es, también amarilla, el bigote también lo tienen amarillo. Son de pelo crespo y fino, un poco encarrujado”.[9] Si para los españoles el contacto con las poblaciones nativas es motivo de sorpresa y admiración, para los indígenas al asombro se suma la angustia de la incertidumbre. El arribo de los españoles bien puede coincidir con la promesa divina: el comprometido retorno de Quetzalcóatl, dios fundador, que había desaparecido en las brumas de un tiempo remoto. Los españoles arriban a las nuevas tierras armados de un puñado de certezas; entre otras, su experiencia con poblaciones culturalmente diferentes en las islas del Caribe; para los nativos la extrañeza no tiene antecedentes.

 

Tratados como huéspedes distinguidos, los conquistadores reconocerán por fin con sus propios ojos el prodigio que tienen ante sí, la fortuna tantas veces anhelada está al alcance de la mano. A pesar de la tirantez, se teje una forzada convivencia cuya trama se configura por el receloso tanteo mutuo. A principios de mayo de 1520, después de seis meses de desasosegada estancia, Cortés tiene que abandonar forzadamente la ciudad para encarar una más de las comunes disputas que distinguen a las filas españolas. El gobernador de Cuba ha enviado una fuerte expedición al mando del capitán Pánfilo de Narváez, compuesta por dieciocho embarcaciones y ochocientos hombres, muy superior a la de Cortés, con el fin de aprehenderlo. Éste sale a su paso, enfrentándolo y derrotándolo en las costas veracruzanas. Para entonces, le llegan desde la ciudad noticias alarmantes. La fuerte tensión bajo la cual coexisten las partes se ha roto brutalmente. Pedro de Alvarado, capitán a cargo de la guarnición española, pretextando una conspiración tiende una cruenta celada a la élite indígena que celebra una gran fiesta en honor de Huitzilopochtli y Tezcatlipoca en el Templo Mayor. Desarmados y en plena festividad son masacrados alrededor de seiscientos nobles indígenas. La respuesta no se hace esperar y estalla, incontenible, un levantamiento generalizado que comprende a toda la población.

 

El apresurado regreso de Cortés no impide que los españoles sean derrotados y expulsados. Las bajas de uno y otro bando son considerables; la más relevante es la muerte de Moctezuma, quien será sustituido por Cuitláhuac, su sobrino. La insurrección local se verá seriamente disminuida por una novedad inesperada, la población es diezmada por una enfermedad hasta entonces desconocida para ellos: la viruela. La epidemia cobra entre sus numerosas víctimas al propio Cuitláhuac, a quien releva el joven Cuauhtémoc. Seriamente golpeado, el conquistador se refugia en territorio seguro y resiste el contraataque mexica. Se da tiempo primero para reagrupar a sus tropas y después para acrecentarlas. Se sobrepone a los reveses sufridos y prepara el asalto final, no sin antes controlar a las poblaciones de los alrededores de la isla, estableciendo de esta manera un cerco asfixiante que deja sin agua y alimentos a la ciudad.

 

Después de un poco más de un año de haber sido expulsados de la ciudad los españoles y sus aliados, finalmente el 15 de agosto de 1521 cae preso Cuauhtémoc, el último huey tlatoani mexica. De la admirada México-Tenochtitlan no quedará literalmente piedra sobre piedra, y de la destacada “manera y primor” de su gente, el cronista Bernal Díaz anota:

 

Digo que en tres días con sus noches en todas tres calzadas, llenas de hombres y mujeres y criaturas, no dejaron de salir, y tan flacos y amarillos y sucios y hediondos, que era lástima de verlos […] y veíamos las casas llenas de muertos […] y hallóse toda la ciudad como arada y sacadas las raíces de las hierbas buenas, que habían comido cocidas, hasta las cortezas de algunos árboles; de manera que agua dulce no les hallamos ninguna, sino salada.[10]

 

Sin embargo, la ciudad arrasada no desaparecerá del todo. Cortés nunca olvidará la impresión que le causó ni el poder que ella suponía. Así, en la tercera Carta de relación, firmada el 15 de mayo de 1522[11] le comunica al rey que —fiel a su intuición y consecuente con su interpretación sobre lo que con “nuestros propios ojos las vemos [y] no las podemos con nuestro entendimiento comprender”— dispuso repoblarla, ya que:

 

Viendo que la ciudad de Temixtitan, que era cosa tan nombrada y de que tanto caso y memoria siempre se ha hecho, pareciónos que en ella era bien poblar, porque estaba toda destruida; y yo repartí los solares a los que se asentaron por vecinos, e hízose nombramiento de alcaldes y regidores en nombre de vuestra majestad, según en sus reinos se acostumbra [...] De cuatro o cinco meses acá, que la dicha ciudad de Temixtitan se va reparando, está muy hermosa, y crea vuestra majestad que cada día se irá ennobleciendo en tal manera, que como antes fue principal y señora de todas estas provincias, que lo será también de aquí en adelante.

 

De esta manera, se creaba un firme eslabón entre un pasado prestigioso y sólido y un presente promisorio y no menos ambicioso; y todavía más, la refundación de la ciudad sobre el drama de su demolición se desdoblaba hacia el futuro dando lugar a una original, rica y compleja experiencia humana que pervivirá hasta nuestros días.

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

[1] Hernán Cortés, “Segunda carta-relación de Hernán Cortés al emperador Carlos V. Segura de la Frontera. 30 de octubre de 1520”, Cartas de relación, 12ª ed., México, Porrúa (“Sepan Cuantos…”, 7), 1981.

[2] Santiago Tinoco Rubiales, “De Triana al Arenal, una ciudad fluvial”, en Carlos Martínez Shaw, Sevilla, siglo XVI. El corazón de las riquezas del mundo, Madrid, Alianza Editorial, 1993, p. 43.

[3] La palabra “contrahechas” hay que leerla en su acepción de “imitar, remedar. Hacer una cosa tan parecida a otra que con dificultad se distingan”. Martín Alonso, Enciclopedia del idioma, México, Aguilar, 1991.

[4] Sebastián de Cobarruvias, Tesoro de la lengua castellana o española, primer diccionario de la lengua (1611), Madrid / México, Ediciones Turner, 1984.

[5] Instrucciones de Diego Velázquez a Hernán Cortés, en Documentos Cortesianos I. 1518-1528. Secciones I a III, ed de José Luis Martínez, México, UNAM / FCE, 1993, pp. 45-57.

[6] Bernardino Vázquez de Tapia, Relación de méritos y servicios del conquistador..., México, Antigua Librería Robredo, 1953, p. 34.

[7] José Luis Martínez, Hernán Cortés, México, UNAM / FCE, 1990, p. 332.

[8] Alfonso Caso, El Pueblo del Sol, México, FCE, 1963, p.117.

[9] Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la Conquista, introd, sel y notas de Miguel León-Portilla, versión de textos nahuas de Ángel María Garibay, 9ª ed., México, UNAM, 1982, p. 31.

[10] Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, 12ª ed., México, Porrúa (“Sepan Cuantos...”, 5), 1980, p. 370.

[11] Hernán Cortés, “Carta de Hernán Cortés al emperador Carlos V. Coyoacán, 15 de mayo de 1522”, Cartas de relación, 12ª ed., México, Porrúa (“Sepan Cuantos...”, 7), 1981, p. 165.

 

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Carlos Aguirre Anaya*

 

Hernán Cortés, guiado por Moctezuma, contempla absorto desde lo más alto del Templo Mayor la prodigiosa ciudad que se extiende, espléndida, frente a su vista. En la misiva que manda a Carlos V, conocida como segunda Carta de relación,[1] la describe. Antes le aclara, entre sorprendido y cauteloso, que no podrá contarle todo lo visto y que sólo aspira a decirle “algunas cosas de las que vi, que aunque mal dichas, bien sé que serán de tanta admiración que no se podrán creer, porque los que acá con nuestros propios ojos las vemos, no las podemos con nuestro entendimiento comprender”. Esta aclaración nacía de una opinión firmemente cimentada que guió, y guiará, la comprensión con la que los conquistadores encaraban las numerosas novedades que se les presentaban a cada momento. Cortés certifica, ya para culminar su narración sobre la ciudad en la segunda Carta de relación:

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