Una historia de la verdadera civilización no es una de monumentos

David Wengrow*

 

La civilización está de vuelta. Pero ya no es propiedad exclusiva del “hombre renacentista”, de “Occidente”, o incluso de las sociedades alfabetizadas. La civilización es una manera de hablar acerca de la historia humana a gran escala. Es el vínculo que une la historia humana, desde las pinturas rupestres de Lascaux hasta la última exposición del MoMA.

 

Pero al menos en un aspecto esencial, el concepto de civilización sigue siendo fundamentalmente excluyente. Es todavía cosa de galerías, museos y sitios del Patrimonio Mundial de la UNESCO; de preciadas imágenes, objetos y estructuras, más que de la humanidad viva. Las estructuras de piedra prehistóricas de Göbekli Tepe —donde ahora se ha abierto un parque patrimonial, cerca de la frontera entre Turquía y Siria— están siendo discutidas, como todo, desde el Jardín del Edén hasta la cuna de la civilización y el primer templo del mundo. Todavía queremos una civilización elevada por encima de las realidades cotidianas de sus creadores y cuidadores humanos. En regiones problemáticas, como la frontera sirio-turca, monumentos como éstos se convierten rápidamente en altares de sacrificio para vidas humanas reales.

 

Es importante destacar que siempre ha habido otras formas de entender la “civilización”. El antropólogo francés del siglo XX Marcel Mauss pensó que la civilización no debería reducirse a una lista de logros técnicos o estéticos. Tampoco debía representar una etapa particular del desarrollo cultural (“civilización” versus “barbarie”, etcétera). La civilización se podía encontrar en las cosas materiales, pero sobre todo se refería a un potencial en las sociedades humanas. En opinión de Mauss, la civilización es lo que sucede cuando distintas sociedades comparten algo moral y materialmente a través de las fronteras, formando relaciones duraderas que trascienden las diferencias. Puede parecer un debate abstracto, pero no lo es. Déjenme intentar explicarlo.

 

Han pasado aproximadamente cuatro años desde el ascenso militar de Daesh o ISIS en el Medio Oriente. ISIS destruyó o vendió antigüedades de manera habitual, culminando con el ataque de 2015 a la antigua ciudad mercante de Palmira, en Siria, Patrimonio de la Humanidad. Bajo la ocupación de ISIS, el teatro romano de Palmira se había convertido en escenario de horribles atrocidades, incluida la decapitación pública de Jaled al-Asaad, nativo de la moderna Palmira y hasta entonces su director de Antigüedades. En la primavera de 2016, después de una (temporal) liberación respaldada por Rusia, Palmira fue la anfitriona de la Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinski. En su presentación, una audiencia de soldados rusos se sentó a escuchar a Bach, Prokofiev y Shchedrin. El evento fue diseñado para ofrecer una idea particular, y creo que equivocada, de la civilización. Ésta era, en palabras del presidente de Rusia, Vladimir Putin, a través de un enlace en vivo desde Moscú, “parte de la herencia de la humanidad”. A través de los siglos, Palmira había abierto sus puertas a toda clase de dioses extranjeros. “Todo”, escribió el historiador ruso Mijaíl Rostovtzeff en 1932, “es peculiar en la peculiar ciudad de Palmira”. Sin embargo, tal vez nada tan peculiar como estos eventos de 2015 y 2016.

 

¿Qué había de “civilizado” en interpretar a Prokofiev en los hermosos restos de una antigua ciudad siria, mientras que la población viva de otra, Alepo, al norte, estaba al mismo tiempo bajo ataque? Los antiguos templos de Palmira no fueron diseñados como obras de arte, para ser pasivamente vistos o admirados, como tampoco las cuevas de Lascaux o Font-de-Gaume fueron pensadas como galerías de arte, o Göbekli Tepe como una versión prehistórica de la Capilla Sixtina. En la Antigüedad, sus estatuas de culto exigían ofrendas vivas y sacrificios, y ahora parecía que los estaban exigiendo nuevamente. El sacrificio de este tipo parece estar relacionado de alguna manera con nuestra comprensión moderna de “herencia”, “arte” y “civilización”, en formas que rara vez son consideradas o articuladas. Seguramente lo que esto nos dice es que tales son, a todos los efectos, nuestros propios dioses modernos: los dioses del norte global.

 

Cuando las personas usan el término “civilización temprana”, se refieren principalmente al Egipto faraónico, el Perú inca, el México azteca, la China Han, la Roma imperial, la Grecia antigua u otras sociedades antiguas de cierta escala y monumentalidad. Todas ellas eran sociedades profundamente estratificadas, que se mantenían unidas principalmente por un gobierno autoritario, la violencia y la subordinación radical de las mujeres. El sacrificio es la sombra que acecha detrás de este concepto de civilización; el sacrificio de las libertades, de la vida misma, por el bien de algo siempre fuera del alcance: una idea del orden mundial, el mandato del cielo, las bendiciones de esos dioses insaciables.

 

Algo anda mal aquí. La palabra “civilización” proviene de una fuente y un ideal muy diferentes. En la Antigüedad, civilis significaba esas cualidades de sabiduría política y ayuda mutua que permiten a las sociedades organizarse a través de coaliciones voluntarias. El Medio Oriente moderno ofrece muchos ejemplos sugerentes. En el verano de 2014, una coalición de unidades kurdas rompió el asedio del monte Sinjar en Irak para proporcionar paso seguro, comida y refugio a miles de yazidíes desplazados. Mientras escribo esto, la población de Mosul está dando vida a una nueva ciudad a partir de los escombros, devastados por la guerra, de la antigua, calle por calle, con un mínimo apoyo del gobierno.

 

Ayuda mutua, cooperación social, activismo cívico, hospitalidad o simplemente el cuidado de los demás: éste es el tipo de cosas que realmente hacen a las civilizaciones. En cuyo caso, la verdadera historia de la civilización apenas se está escribiendo. Podría empezar con lo que los arqueólogos llaman “áreas culturales” o “esferas de interacción”, vastas zonas de intercambio e innovación cultural que merecen un lugar más destacado en nuestra explicación de la civilización. En el Medio Oriente, tienen raíces profundas que se hacen visibles hacia el final de la última Edad de Hielo, alrededor del 10 000 a. e. c. Miles de años antes del surgimiento de las ciudades (alrededor del 4 000 a. e. c.), las comunidades de las aldeas ya compartían nociones básicas de orden social en toda la región conocida como la Media Luna Fértil. La evidencia física dejada por formas comunes de vida doméstica, ritualidad y hospitalidad nos muestra esta historia profunda de la civilización. De alguna manera, es mucho más estimulante que los monumentos. Los hallazgos más importantes de la arqueología moderna podrían ser, de hecho, estas vibrantes y extensas redes, donde otros esperaban encontrar sólo “tribus” atrasadas y aisladas.

 

Estas pequeñas comunidades prehistóricas formaron civilizaciones, en el verdadero sentido de comunidades morales extendidas. Sin reyes vitalicios, burócratas o ejércitos permanentes, fomentaron el crecimiento del conocimiento matemático y calendárico, la metalurgia avanzada, el cultivo de aceitunas, vides y dátiles, la invención del pan fermentado y la cerveza de trigo. Desarrollaron las principales tecnologías textiles aplicadas a telas y cestería, el torno de alfarero, la industria lítica y el trabajo con abalorios, la vela y la navegación marítima. A través de lazos de parentesco y comercio, distribuyeron estas invaluables y apreciadas cualidades de la verdadera civilización. Con una precisión cada vez mayor, la evidencia arqueológica nos permite seguir los hilos fundadores de esta urdimbre emergente de la civilización, a medida que cruza las llanuras de las tierras bajas de Irak, tejiéndose de ida y vuelta entre las costas del Mediterráneo y el mar Negro, a través de las estribaciones de los montes Tauro y Zagros, y hasta la cabecera pantanosa del golfo Pérsico. La civilización, en este nuevo sentido, forma un tapiz cultural de sorprendente complejidad y grandeza, sin centro y sin límites, tejida a partir de un millón de pequeños lazos sociales.

 

Un momento de reflexión muestra que las mujeres, su trabajo, sus preocupaciones e innovaciones son esenciales para una comprensión más precisa de la civilización. Rastrear el lugar de las mujeres en las sociedades sin escritura a menudo significa usar pistas dejadas, literalmente, en el tejido de la cultura material, como la cerámica pintada que imita diseños textiles y cuerpos femeninos en sus formas y elaboradas estructuras decorativas. Para tomar sólo un ejemplo, es difícil creer que el tipo de conocimiento matemático complejo que se muestra en los primeros documentos cuneiformes, o en el diseño de los templos urbanos, surgiera completamente formado de la mente de un escriba masculino, como Atenea de la cabeza de Zeus. Es mucho más probable que esto represente el conocimiento acumulado en tiempos prealfabetizados, a través de prácticas concretas como el cálculo aplicado y la geometría espacial propios del tejido y la confección de abalorios. Lo que hasta ahora ha pasado por “civilización” podría en realidad no ser más que una apropiación de género —por parte de los hombres, grabando sus afirmaciones en piedra— de algún sistema de conocimientos anterior que tenía a las mujeres en su centro.

 

Desde este punto de partida, podemos ver la verdadera historia de la civilización viva. Ésta se extiende mucho más allá de las primeras monarquías o imperios, resistiendo incluso las incursiones más brutales del Estado moderno. Es una civilización que realmente podemos reconocer cuando la vemos, la degustamos, la tocamos, incluso en estos tiempos oscuros. No puede haber justificación para la destrucción desenfrenada de monumentos antiguos. Pero no confundamos eso con el pulso vivo de la civilización, que a menudo reside en lo que a primera vista parece pequeño, doméstico o mundano. Allí lo encontraremos, latiendo pacientemente, esperando la luz.

 


* Profesor de Arqueología Comparativa en el University College de Londres. Es autor de The Origins of Monsters, 2013, y What Makes Civilization, 2018.

Texto editado en su versión en inglés por Sam Haselby, y publicado en Aeon el 2 de octubre de 2018, recuperado de: https://aeon.co/ideas/a-history-of-true-civilisation-is-not-one-of-monuments. Traducción, Federico San Juan Suárez.

 

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David Wengrow*

 

La civilización está de vuelta. Pero ya no es propiedad exclusiva del “hombre renacentista”, de “Occidente”, o incluso de las sociedades alfabetizadas. La civilización es una manera de hablar acerca de la historia humana a gran escala. Es el vínculo que une la historia humana, desde las pinturas rupestres de Lascaux hasta la última exposición del MoMA.

 

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