Sobre lo verdadero y lo falso

Giorgio Agamben*

 

Como era previsible, la fase dos confirma, por decreto ministerial, más o menos la misma privación de libertades constitucionales que sólo pueden limitarse a través de las leyes. En este punto no es menos importante la limitación de un derecho humano que no está establecido en ninguna constitución política: el derecho a la verdad, la necesidad de una palabra verdadera.

 

Lo que estamos viviendo, además de ser una manipulación inaudita de la libertad de cada persona, es, en los hechos, una operación gigantesca de falsificación de la verdad. Si los hombres aceptan limitar su libertad personal, esto sucede porque aceptan, sin someterlos a verificación alguna, los datos y las opiniones que los medios proporcionan. La publicidad nos ha habituado desde tiempo atrás a discursos que funcionaban tanto más eficazmente en la medida en que no pretendían ser verdaderos. También desde hace tiempo el consenso político se ha otorgado sin una convicción profunda, dando por descontado que en los discursos electorales la verdad no estaba en cuestión. Lo que ahora está sucediendo ante nuestros ojos es, sin embargo, algo nuevo, porque ahora la verdad o falsedad del discurso que pasivamente aceptamos incide sobre nuestro modo mismo de vida, sobre toda nuestra existencia cotidiana. Por eso resulta imperativo que tratemos de someter aquello que se nos pone enfrente, cuando menos, a una verificación elemental.

 

No he sido el único en señalar que los datos sobre la epidemia son proporcionados de manera genérica y sin ningún criterio científico. Desde el punto de vista epistemológico es obvio, por ejemplo, que dar una cifra de decesos sin ponerla en relación con la mortalidad anual en el mismo periodo y sin especificar la causa efectiva de las muertes, no tiene ningún significado. Es precisamente eso lo que se continúa haciendo cada día sin que nadie parezca notarlo. Esto es todavía más sorprendente puesto que los datos que permitirían la verificación están disponibles para cualquiera que tuviese ganas de conseguirlos y ya he citado a propósito de tal cuestión el documento del presidente del ISTAT, Gian Carlo Blangiardo, en el cual se muestra que el número de muertos por el COVID-19 resulta inferior al de los decesos por enfermedades respiratorias en los dos años precedentes. Sin embargo, a pesar de su contundencia, es como si este dato no existiese, e igualmente se ignora el hecho, ya declarado, de que se incluye en la contabilidad de los fallecidos por COVID-19 también a los pacientes positivos que han muerto por infarto o por cualquier otra causa. ¿Por qué, a pesar de que la falsedad está documentada, se continúa creyéndola? Se diría que la mentira es asumida como verdad precisamente porque, al igual que sucede con la publicidad, no se preocupa por esconder su propia falsedad. Tal como sucedió con la Primera Guerra Mundial, de la guerra contra el virus sólo pueden darse motivaciones falaces.

 

La humanidad está entrando en una fase de su historia en la cual la verdad queda reducida a un momento en el movimiento de lo falso. Se vuelve verdadero el discurso falso que debe ser aceptado como verdadero, aun cuando se haya demostrado su falsedad. De esta manera, el lenguaje mismo, en cuanto lugar de manifestación de la verdad, es confiscado a los seres humanos. Ahora ellos sólo pueden observar mudos el movimiento —verdadero en cuanto real— de la mentira. Por lo tanto, para detener este movimiento es necesario que cada quien tenga el coraje de buscar, sin ceder en ningún punto, el bien más precioso: una palabra verdadera.

 


* Giorgio Agamben (Roma, 1942) es uno de los filósofos más lúcidos y originales de la actualidad. Su mirada permite iluminar múltiples aspectos de la compleja realidad contemporánea que usualmente permanecen oscuros o pocos claros. En este momento, ante la confusión generalizada con que nos ha confrontado la pandemia del COVID-19, resulta una lectura indispensable para que nos formemos un criterio al respecto. Publicado en Quodlibet el 28 de abril de 2020, disponible en: https://www.quodlibet.it/giorgio-agamben-sul-vero-e-sul-falso. Traducción de Enrique Montalvo, Centro INAH, Yucatán.

 

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Giorgio Agamben*

 

Como era previsible, la fase dos confirma, por decreto ministerial, más o menos la misma privación de libertades constitucionales que sólo pueden limitarse a través de las leyes. En este punto no es menos importante la limitación de un derecho humano que no está establecido en ninguna constitución política: el derecho a la verdad, la necesidad de una palabra verdadera.

 
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