Un mexicano del Piemonte

 

In Memoriam de Marco Bellingeri

 

Enrique Montalvo*

 

Por nacimiento Marco Bellingeri Martini fue un piemontés de pura cepa, pero por elección se convirtió también en un mexicano conocedor y amante del México profundo. Desde que en 1974 llegó a México como un joven becario inició una vida que transcurrió entre su pasión por comprender tanto nuestra historia nacional, como la de América Latina, en las más diversas etapas.

Cuando lo conocí, pocos meses después de su arribo al entonces Distrito Federal, me encontré con un personaje que al igual que el mítico toro del que toma nombre su ciudad natal (Torino), resultaba ser absolutamente indomeñable y que no daba ninguna tregua a los desafíos de la vida y del pensamiento.

Era difícil verlo quieto más allá de brevísimos momentos, e incluso para reflexionar o conversar requería del movimiento continuo, su cuerpo parecía seguir a una mente que no se detenía nunca y que uno pensaba que jamás lo haría, a pesar de la enfermedad que lo afectó en sus últimos años, pero que sólo en los últimos días interrumpió su indetenible paso por este planeta.

Marco vivió siempre con esa energía “taurinesa” prodigiosa y con una inteligencia fuera de serie no dejó de generar ideas, reflexiones, análisis, de las cuales buscaba siempre las comprobaciones en archivos y documentos de todo tipo, que se tradujeron en una gran cantidad de aportaciones para el conocimiento de nuestra historia.

Lo mismo aportó a la comprensión del proceso de desarrollo de las haciendas mexicanas como a la historia contemporánea de México en el grupo de reflexión impulsado por Enrique Semo y auspiciado por la Universidad de Puebla. Se sumergió en los archivos de cabildos coloniales para desentrañar las formas de constitución del poder en diversas regiones de México con la misma pasión que lo hizo en el seminario sobre el siglo XIX que coordinó en la Dirección de Estudios Históricos del INAH. Igual se sumergió en el estudio de la guerrilla mexicana como en el conocimiento  de la agricultura y las plantas prehispánicas que América aportó al mundo.  Desde mediados de la última década del siglo pasado se desempeñó como profesor de historia de América Latina en la Universidad de Torino.

 

 

Hacia 1982 Marco y yo creamos junto con Carlos Aguirre Anaya la revista “historias”, como medio para dar a conocer la ya para entonces copiosa producción y debate intelectual de la Dirección de Estudios Históricos y traducir e incorporar una selección de las reflexiones e investigaciones sobre historia en el mundo. Él fue quien bautizó a la publicación. Desde el principio insistió en darle un carácter universal y riguroso a la vez que sencillo, que fuera más allá de la idea grandilocuente de “La Historia” como gran relato creado por inaccesibles académicos sabios que se encuentran más allá de los comunes. A partir de esta concepción “historias” nos proponía un espacio para la diversidad y la pluralidad y las muchas expresiones del conocimiento. Viniendo de la región más industrial y desarrollada de Italia, de la tierra del FIAT y la gran industria, buscaba la sencillez y la otredad que ofrecía México y en general América Latina.

Quizá de alguna manera intuía y se anticipaba a la burocratización de los estudiosos de las ciencias sociales que hemos visto intensificarse a lo largo de las dos primeras décadas de este siglo, proceso que de alguna manera se anticipó en las universidades europeas desde las últimas décadas del siglo XX.

Este gesto mostraba su profundo humanismo, incompatible con la hiperespecialización y la terrible competitividad que priva en las academias actuales, como un reflejo de la lógica predominante del mercado, característica de la fase neoliberal del capitalismo, que se ha venido imponiendo en los espacios de saber, despojando a muchos de los presuntos científicos de la curiosidad por el conocimiento que siempre caracterizó a nuestro amigo.

En la década de los noventa se sumergió en la docencia, tras su retorno a su natal Torino como profesor de Historia de América Latina, pero eso no lo detuvo para continuar en la ruta Torino-México- Torino que recorrió decenas de veces en su vida. En esos años creó un Instituto para impulsar los estudios mexicanos en Torino. Algunos años después volvió a residir un breve etapa en México, esa vez como director del Instituto Italiano de Cultura.

 

 

Por sobre todas las cosas, Marco, lector y seguidor  de los consejos de Cicerón, particularmente en dell´Amicizia, sembró muchísimos amigos por donde pasó, era profundamente generoso con su tiempo y su conocimiento y carecía en absoluto de solemnidad.  Su estilo directo y lleno de humor e ironía le atrajo la admiración y reconocimiento de quienes lo conocimos y frecuentamos.

Sus últimos años, tras jubilarse anticipadamente, los dedicó a recorrer el mundo. Un día estaba en la Indía visitando los templos budistas, luego en Londres o en el sur de Italia, y semanas después en los salares de Bolivia, para luego ir a Camboya y Vietnam, siempre con periplos en Torino para sus revisiones médicas y con vueltas continuas a México.

En 2017  desafió mis advertencias sobre una dantesca invasión de mosquitos Anopheles que entonces asolaron Yucatán como nunca antes, para hacer la que sería su penúltima visita a Yucatán, cuando recorrimos el oriente del Estado. En 2018 tuve también oportunidad de caminar por última vez con él por las calles de Torino donde, frente al legendario café Torino, siguiendo la añeja tradición pisamos, para obtener buena suerte, los testículos del Toro de bronce en el piso de los añejos pórticos 

Uno o dos días antes de que cerraran los vuelos de su país por la pandemia, organizó su última fuga a México. Antes de quedarse aprisionado en su departamento víctima del encierro decretado a partir de las estrategias características del  “biopoder”, como escribió su coterráneo Giorgio Agamben, se montó en un avión y escapó a México, donde recreó días que consideró maravillosos en Cuernavaca, en compañía de la extraordinaria y bellísima Beatriz, a quien reencontró en sus últimos años, después de una larga separación. Pensando ingenuamente que la pandemia concluiría en algunas semanas, apenas llegó al país planeamos su visita para una estancia en Mérida y en las playas yucatecas, pero fue imposible organizar cualquier movilización.

 

 

Una vez disminuidas al menos parcialmente las restricciones para los viajes, Marco regresó a Torino para algunas revisiones médicas, con la idea de volver a México en octubre, pero ya no le alcanzó la formidable energía que lo movía y el 14 de ese mes concluyó sus recorridos por el mundo.

Desde el balcón de su departamento en Torino Marco contemplaba el paisaje del lungo Dora, el río que atraviesa la ciudad pasando frente a su casa y las montañas al fondo, paisaje que gustaba mostrar a sus amigos cuando lo visitábamos, y del que circulaba fotos con el colorido y nubosidades de las diferentes estaciones. Seguramente miraba en sus contemplaciones también el mundo más allá de su continente, desde esa doble nacionalidad que lo llevó a amar por igual a su país tanto como al nuestro, y a entregar siempre lo mejor de sí en su paso por el mundo, seguramente fantaseando contar con la facultad de la ubicuidad para desplazarse con velocidad de rayo entre Europa y América.

Resulta doloroso escribir en pasado de un amigo tan vital y extraordinario que sobre todo nos recuerda aquella maravillosa metáfora de Evtushenko en uno de sus poemas, cuando se refiere a “alguien absolutamente desprovisto de fingimiento”. Caro, carissimo amico, te seguiremos recordando.



* Centro INAH Yucatán

 

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Enrique Montalvo

Por nacimiento Marco Bellingeri Martini fue un piemontés de pura cepa, pero por elección se convirtió también en un mexicano conocedor y amante del México profundo. Desde que en 1974 llegó a México como un joven becario inició una vida que transcurrió entre su pasión por comprender tanto nuestra historia nacional, como la de América Latina, en las más diversas etapas.

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