Para quien tenga oídos: “Memoria del 68”, de Enrique Ballesté Gálvez

Argelia Ek Ballesté Viveros

 

Cuando corría el año de 1968, Enrique Ballesté Gálvez tenía 22 años. Años atrás había realizado un viaje en barco a Europa, patrocinado con la venta de su biblioteca y los ahorros de sus padres, pensando que allá, con los autores del Viejo Continente, encontraría inspiración para seguir creciendo en sus letras y música. Pero no, al regresar a la Ciudad de México, los jóvenes y el movimiento estudiantil lo envolvieron para movilizarse y lo inspiraron para manifestarse por medio de lo que sabía hacer muy bien: cantar. Ahí fue cuando encontró el tema eje de su obra creativa: los estudiantes, el pueblo, la mujer y el hombre del día a día que luchan contra las diversas caras del sistema capitalista, para mantener a su familia, para ser felices a pesar de estas luchas y para conservar su ser creativo y reflexivo. Él mismo lo enuncia en muchos textos y en muchas charlas compartidas, que el año 1968 le abrió los ojos, que la realidad le puso un tope para que volteara a ver lo esencial de su país y actuara en consecuencia. Memoria del 68 recupera ese despertar.

 

Enrique Ballesté Gálvez ya contaba con algunas canciones en su repertorio cuando empezó a participar en los mítines estudiantiles. Él, su voz y su guitarra —muchas veces sin audio— inundaban el espacio; su arma era su canto y a veces llegaba a romper las cuerdas de su lira por la potencia de su toque, cuentan quienes lo vieron en vivo en esos tiempos. Enrique fue parte de una generación de jóvenes que encontraron en el canto y en el teatro una manera de manifestarse contra el gobierno y las instituciones represoras; ése fue su papel principal dentro del movimiento estudiantil. Sus primeras rolas tienen metáforas sencillas de un hombre en ciernes o, como alguna vez él me dijo, de “hippie abraza arboles”, pero justo esa sencillez identificaba a los jóvenes de la época, pues eran sus lugares, sus dolores, sus amores y también ahí reside su virtud, que a pesar del tiempo siguen vigentes y encienden el lado emotivo de quien las escuche.

 

Cuando Enrique, mi padre, realizó este texto de la Memoria del 68 yo tenía 11 años y lo presentó para un aniversario del 68, él solo con su guitarra, no recuerdo bien en dónde; poca idea tenía de algunas cosas en ese tiempo. Años después nos invitó a participar a mí y a miembros del Zumbón —su grupo de teatro y música por más de 20 años— y montamos las canciones a dos guitarras, contrabajo, y a varias voces; siempre que leía el texto le ganaba el sentimiento y lloraba. Las canciones iban variando de acuerdo con su ánimo y el lugar en el que nos presentáramos.

 

Cuando murió, en septiembre del 2015, asumí la custodia de su estudio y me hice a la tarea de armar un archivo con todo este material. Este texto tiene varios borradores, pero hay uno, mi favorito, que fue con el que trabajé, el engargolado en pastas color vino, que tiene anotaciones a lápiz con su letra. Primero probé con la voz de algunos amigos actores para que interpretaran a un Enrique joven, pero ninguno me gustó, tenía la voz de mi padre muy metida en mi cabeza y sus intenciones para interpretar el texto, así que decidí leerlo yo, a manera de un joven tipludo o una narradora en personaje o ya, una hija con añoranza. El problema era que cada vez que ensayaba, lloraba en varios pasajes del texto, me invadía el sentimiento a tal punto que no podía continuar leyendo, me dolía su ausencia. Y justo ahí también descubrí que su llanto también lo había heredado. Pero también lloraba por lo descrito, un tiempo que no viví, pero que mi padre se encargó de mostrármelo, de contármelo en la sobremesa de la casa, cuando hacíamos tareas, cuando veíamos algo en la calle y en las noticias que nos indignaban, ahí surgía su memoria y sus encargos para el futuro.

 

El tiempo no nos alcanzó para conocernos a plenitud y en nuestras diferentes etapas, pero la esencia perdura y da frutos. Por eso esta Memoria del 68 es parte de una serie de duelos creativos que venimos realizando la familia y yo desde el 2015, para que su trabajo no se quede en una caja y pueda ser consultado por quien guste y por futuras generaciones, para que no nos cuenten una verdad en manos de los poderosos, sino una verdad construida por las voces de quienes la vivieron desde abajo y desde el lugar del golpe. Vaya pues esta memoria vuelta audio, para quien tenga oídos.

 

En otoño, octubre de 2018

 

 

 

 

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Cuando corría el año de 1968, Enrique Ballesté Gálvez tenía 22 años. Años atrás había realizado un viaje en barco a Europa, patrocinado con la venta de su biblioteca y los ahorros de sus padres, pensando que allá, con los autores del Viejo Continente, encontraría inspiración para seguir creciendo en sus letras y música. Pero no, al regresar a la Ciudad de México, los jóvenes y el movimiento estudiantil lo envolvieron para movilizarse y lo inspiraron para manifestarse por medio de lo que sabía hacer muy bien: cantar. Ahí fue cuando encontró el tema eje de su obra creativa: los estudiantes, el pueblo, la mujer y el hombre del día a día que luchan contra las diversas caras del sistema capitalista, para mantener a su familia, para ser felices a pesar de estas luchas y para conservar su ser creativo y reflexivo. Él mismo lo enuncia en muchos textos y en muchas charlas compartidas, que el año 1968 le abrió los ojos, que la realidad le puso un tope para que volteara a ver lo esencial de su país y actuara en consecuencia. Memoria del 68 recupera ese despertar.

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