En bodega

Rosa Casanova*

 

Del trabajo diario en los depósitos de colecciones sale esta serie acerca de las reliquias de los personajes que delinean algunos pasajes históricos de la nación. En ese sentido, me gusta pensar en cómo romper fotográficamente con ciertas formalidades de los museos y la manera de presentar las colecciones que alberga el recinto. Estoy en búsqueda de nuevos diálogos con las colecciones y cómo hacer para que, sin perder el contexto histórico de la pieza, tenga algo nuevo que decir. La forma de trabajo es identificar las piezas que estéticamente no sean tan comunes con el discurso del museo, o simplemente que estén deterioradas y que tengan fuerza para la intervención que busco.  En un principio la pregunta era cómo sacar las colecciones del deposito que por su delicadeza y estética no pueden ser mostradas a nuevos públicos; el reto era cómo lograr quitarle lo sacro a las obras o bien a los héroes históricos de la nación.

 

Así describe su trabajo Leonardo Hernández Vidal.

 

Como fotógrafo especializado en patrimonio, ha usado su cámara en las salas y los depósitos del Museo Nacional de Historia (MNH) para registrar cientos de objetos con la finalidad de  incorporar la imagen de cada pieza (con su número de inventario y escala) al catálogo digital del museo, y proporcionar fotografías de calidad para su difusión en plataformas digitales, conferencias, programas de televisión y publicaciones tanto académicas como de divulgación.[1] En ocasiones también deja constancia de los materiales que han de pasar por procesos de conservación o restauración. En todos los casos debe cumplir con estándares técnicos: imágenes equilibradas, iluminadas de manera que contribuyan a identificar el objeto en todos sus detalles.

 

En su desplazamiento por las salas y las entrañas del museo ha conocido toda suerte de materiales: misivas y monedas, pistolas, vajillas, medallas, vestidos, relicarios, cigarreras, muebles, daguerrotipos, relojes, dechados, alhajas, sables, abanicos y un largo etcétera, hasta llegar al acervo más conocido, óleos, esculturas y litografías. Un contacto privilegiado con las colecciones, pero fragmentario, ya que responde a las necesidades de la institución y no a una exploración ordenada. De esa experiencia surgen sus reflexiones sobre los sentidos de la riqueza patrimonial acumulada en la institución.[2]

 

La serie

 

Desde su práctica autoral, Leonardo empezó a trazar un proyecto que plasmara sus inquietudes. Le apura la proliferación de materiales que nunca serán vistos por el público, pero sobre todo le interesa fotografiarlas desde perspectivas e iluminaciones insólitas que ponen el acento en rasgos que quedan latentes en la fotografía patrimonial. Un proyecto que aún esta en proceso, pues piensa en una exposición y publicación.

 

Por meses hemos intercambiado opiniones con motivo del catálogo que estoy concluyendo sobre pintura de tema histórico en el MNH, y así surgió la propuesta de hacer un ensayo con 15 personajes de la historia nacional que encontró espacio en Con-temporánea. Leonardo escogió las piezas y las soluciones formales. Optó por ignorar las proporciones y, con frecuencia, fragmentar las piezas, contraponerlas con otras y manipularlas.  Mi contribución ha sido hacer sugerencias a partir de las composiciones elaboradas por el fotógrafo. Desde esta perspectiva no importó consignar autores, números de inventario, técnicas de elaboración, medidas o fechas.

 

Los próceres

 

Un punto de partida fue la reflexión sobre la construcción de los héroes tal como se plasma en los acervos del MNH. No hay que olvidar que, como heredero del antiguo Museo Nacional, gran parte de sus colecciones remiten a ellos —de manera real o por tradición— mediante objetos que fueron parte de su vida cotidiana o el trofeo de alguna gesta.  Una travesía desde diversos signos políticos que inevitablemente delineó héroes y villanos. Hace décadas que la historiografía planteó otros modelos museológicos vinculados con la narrativa de procesos, con el resultado que gran parte de estos materiales han quedado fuera de la vista del público.

 

Sin embargo, han prevalecido algunas representaciones que provienen del MNH. Así, en la estructura de la serie subyace el interés por irrumpir en la iconografía tradicional para mostrar obras y objetos poco conocidos, a veces en espera de ser restaurados o en su peregrinar por el recinto. De esta manera se sugiere la fragilidad que encierra la construcción historiográfica y se rompe con la solemnidad inherente a la historia nacional con mayúsculas, enfatizando la precariedad de las representaciones y las narrativas históricas. Al contrario del panteón oficial, estas imágenes son construcciones que parten de la potencia de las piezas y no de un discurso ideológico.

 

Las representaciones

 

La selección adquirió forma a partir del acceso a los materiales y a sus posibilidades compositivas; no refleja categorías o jerarquías, ni se trata necesariamente de los sujetos más representados en las colecciones. Obsesionado por cuál podría ser el “verdadero” Miguel Hidalgo, por ejemplo, Leonardo optó por mostrar la variedad de modelos implementados a lo largo del siglo XIX, ninguno necesariamente fidedigno, como ya se ha estudiado.[3]  Los rostros de Maximiliano, Mariano Escobedo, Porfirio Díaz o Lázaro Cárdenas son verosímiles pues de por medio está la imagen fotográfica que lo testimonia (aunque la fotografía antropométrica nos enseñó que se requieren diversos ángulos y  tomas para identificar a un sujeto). Los rostros de Benito Juárez o Álvaro Obregón plasmados en las máscaras mortuorias nos transportan de inmediato a las personas reales en sus gestos finales. Mientras que la camisa de Francisco Villa emana aún los humores de sus últimos momentos, abandonada ya la trayectoria militar a la que remite las fotos adheridas dentro del quepí.

 

Las efigies de Agustín de Iturbide y Antonio López de Santa Anna elaboradas en cera vuelven casi física su presencia. Nos parece palpar la piel anciana de Su Alteza Serenísima, quien requería de una prótesis para suplir la pierna perdida en la Guerra de los Pasteles, una de las pocas reliquias que sigue en exhibición. Mientras que “El libertador de México” se desmorona a pesar del boato imperial. Como se puede ver, con frecuencia las piezas muestran los efectos del tiempo y el uso. Es contundente el montaje de la efigie de Díaz que parece sostenerse con curitas. Se trata de materiales que esperan pasar por un proceso de restauración, pero ante la abundancia de materiales que requieren atención, deben aguardar su turno. Se seleccionaron por la contundencia que emana de su propia fragilidad.

 

Fue difícil encontrar, desde la perspectiva del proyecto, una imagen interesante de alguna de nuestras escasas heroínas, aunque abundan las huellas de las labores femeninas en las colecciones. Con sus insólitos hombros desnudos (generalmente cubiertos), el pequeño busto de Josefa Ortiz de Domínguez fue la solución: su manufactura refiere a la representación de las ánimas o a los imagineros especializados en santos que debían ser adjuntados a un cuerpo por vestir.

 

Se incorporaron dos personajes poco recordados hoy en día (excepto como calles): Leandro Valle y Mariano Escobedo. Del joven liberal —que el fotógrafo propone en un formato mayor— quedó una exquisita miniatura firmada que hace más perturbador el chaleco traspasado por balas. Intuimos que Escobedo cabalga en el óleo casi de tamaño natural, mientras que la bota desgastada y el puñal expresan la violencia de la guerra.

 

La tradición estableció el vínculo de los próceres con ciertos objetos que, el carácter de reliquias, ingresaron al museo, aunque en nuestros días resultan dudosas las adjudicaciones. Como una suerte de altar patrio, el antiguo Museo resguardó y exhibió las reliquias cívicas; hoy permanecen desprovistos de pompa, en la oscuridad de los depósitos de colecciones, donde se garantiza su permanencia. Es el caso del hirsuto pelo de Vicente Guerrero conservado en una delicada caja de cristal; donado por su nieto Vicente Riva Palacio, resulta un enigma casi repulsivo. O la suave trenza de Maximiliano, teñida digitalmente al azul imperial recuerda la nostalgia que tantos sintieron por el príncipe rubio. El fotógrafo decidió aludir a José María Morelos y Pavón con objetos poco vistos que rememoran su formación religiosa y su carácter de vigoroso líder militar.

 

Las obras tienen una vida dentro de los museos; se desplazan según los dictados de las revisiones periódicas de los guiones o de las necesidades museográficas, como apuntan las representaciones de Emiliano Zapata y Lázaro Cárdenas. Al líder sureño lo encontramos en un retrato de 1962 (de José Reyes Meza) que ha reaparecido en varias exhibiciones con motivo de las conmemoraciones recientes, mientras que el fino pañuelo puede ser el mismo que lo adorna en una de sus célebres fotografías. En tanto, el adusto busto en bronce del presidente se transporta imperturbable por los pasillos del museo que él estableció.

 

Este ensayo visual se coloca en el cruce del horizonte patrimonial, el impulso fotográfico y la revisión iconográfica. Se presenta como un terreno fecundo para la reflexión de nuestra historia.

 

Composición fotográfica: Leonardo Hernández Vidal.

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

Agradecemos al director del Museo Nacional de Historia, Salvador Rueda, y en especial al personal del Departamento de Control de Bienes e Inventarios por contribuir al desarrollo de la serie.

[1] Ha estudiado fotografía en diversas sedes y desde 2004 trabaja en el INAH; primero en la Dirección de Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicos, donde fotografió colecciones arqueológicas y paleontológicas en manos de particulares y de diversas instituciones; después, en la Coordinación Nacional de Museos y Exposiciones registró materiales del Museo Nacional de Antropología, el Museo Nacional de las Culturas del Mundo y el Museo Nacional de las Intervenciones, así como de diversos museos regionales y de sitio. Por 6 años ha laborado en el Museo Nacional de Historia.

[2] El fotógrafo Omar Gámez preparó un trabajo sobre piezas de pequeñas dimensiones en los depósitos del MNH, que se concretó en el libro Omar Gámez. Ayer sacrificio, hoy historia, Mario Bellatin (texto), México, Conaculta-Direccción General de Publicaciones (Círculo de Arte), 2015.

[3] Véase de Esther Acevedo, “Entre la tradición alegórica y la narrativa factual”; y de María José Esparza Liberal, “La insurgencia de las imágenes y las imágenes de los insurgentes”, ambos en: Esther Acevedo, Jaime Cuadriello y Fausto Ramírez (eds.), Los pinceles de la historia. De la patria criolla a la nación mexicana, 1750-1860, México, Conaculta / Museo Nacional de Arte, INBA, 2000; Marta Teran, Norma Páez (selec. de textos, historiografía y bibliografía), Miguel Hidalgo: ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH / Fundación MAPFRE Tavera, 2004.

 

 

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Como fotógrafo especializado en patrimonio, ha usado su cámara en las salas y los depósitos del Museo Nacional de Historia (MNH) para registrar cientos de objetos con la finalidad de  incorporar la imagen de cada pieza (con su número de inventario y escala) al catálogo digital del museo, y proporcionar fotografías de calidad para su difusión en plataformas digitales, conferencias, programas de televisión y publicaciones tanto académicas como de divulgación. En ocasiones también deja constancia de los materiales que deben pasar por procesos de conservación o restauración. En todos los casos debe cumplir con estándares técnicos: imágenes equilibradas, iluminadas de manera que permitan identificar el objeto en todos sus detalles.

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