Un pasado muy presente en imágenes

Un pasado muy presente en imágenes

 

Rebeca Monroy Nasr*

 

La calle de General Plata número 92, justo frente a la Preparatoria 4 de la UNAM, fue el lugar que los vio forjarse y crecer. Una casa compartida por tres fotógrafos y un actor de teatro. Todos ellos en la búsqueda de formas y medios de expresión alternativos, no hegemónicos, que irrumpieran en la realidad que se mostraba distante, ajena, atrapada en los mecanismos políticos y sociales del último tercio del fin de siglo XX, ante un país que vivía una urgente necesidad de un cambio profundo. Alicia Ahumada, Pedro Hiriart, Jorge Acevedo y Guillermo Acevedo eran los habitantes de esa casa de grandes dimensiones con un jardín que permitía la reunión de pares sindicalistas, feministas, cineastas, literatos, actores y actrices, entre muchos otros.

 

Ahí un clóset pequeño abrió sus puertas para convertirse en el “cuartoscuro” de la casa de General Plata, donde profundizaron y compartieron sus conocimientos, Acevedo, Ahumada e Hiriart. Toda una odisea entrar en él, pero salir con la experiencia del haz de luz convertido en imagen era extraordinario, las sales de plata hacían lo suyo, los aromas a ácido acético e hiposulfito de sodio emergían de los rollos y los papeles mostrando diversos discursos, formas, estilos de representación forjados por sus creadores. Muchas imágenes mostraban que la magia y la ciencia de la fotoquímica se convertían y mutaban los temas, los estilos, las presencias icónicas que compartieron por varios años.

 

También la casa se vio transformada por sus habitantes. Era un lugar de encuentro cultural, de trabajo comunitario, con posturas de raigambre ideológica; con la presencia de algunos artistas, cineastas del CUEC, algunos miembros del Grupo Octubre, actores en la búsqueda de profundizar obras de teatro con guiones como los de Bertha Hiriart, Hugo Hiriart, Otto Minera; con la música que resonaba del grupo On’Ta, en las paredes, además de notas del bossa nova, la trova cubana y de música clásica, por doquier; con el grupo de teatro Triángulo o aquel otro tan festivo Circo, Maroma y Teatro; con actos feministas presentes en la vida cotidiana que transcurrían entre textos, agendas, revistas con autoras como Isabel Vericat, Eli Bartra, Ángeles Necoechea —quien incursionaba en el cine—, entre muchas otras y otros. Por ahí la presencia de Julián Meza, quien los invitó a realizar fotografías en centros de salud poco visitados por la cámara, los tres miembros habitantes de esa casona realizaron imágenes en los psiquiátricos, en las granjas de salud, de asilos con un legado muy importante que llegó al celuloide con la película Las instituciones del silencio, en aquellos años de fines de los setenta, del ya lejano siglo pasado. Así, las imágenes desfilaron dejando su granito de plata para develar un nuevo mundo que se abría en búsqueda de la alternancia a la vida ruda, austera, cerrada, con el anhelo de transformar el exterior.

 

Desde ahí salieron todos para generar diferentes destinos, algunos en el INAH, otros independientes, y Alicia Ahumada, después de una travesía por el Ajusco, emigró a la recién creada Fototeca Nacional del INAH —en un cambio de centro de trabajo desde Culhuacán—, se fue a habitar en Pachuca “la airosa”, y a convertirse en la mejor impresora del país junto a David Maawad, gran fotógrafo y conocedor de los procesos químicos del famoso cuarto oscuro, quienes después se independizarían y formarían su propio y productivo espacio cultural. Porque en eso se convirtió aquella casona que albergó a muchos visitantes nacionales y extranjeros, en donde se fraguaron muchos proyectos e imágenes forjadas en la plata sobre gelatina. Una ciudad productora de la misma plata.

 

Es así como se inició esta historia que llevó a Pedro Hiriart a colocarse como uno de los más dedicados fotógrafos de imágenes arquitectónicas, en blanco y negro, y en color. Pero, además, como un gran experimentador, pues su formación de físico en la UNAM y su mente científico-artística, que lo llevó a dejar el doctorado con Marcos Mazari para hacer juegos visuales y magníficas imágenes, seguramente por conocer a profundidad los procesos fotoquímicos y físicos de la imagen creada con luz. Ese lugar fue la simiente de los caminos diversos que seguirían esos tres fotógrafos, cada uno en su forma y estilo, experimentando, aprendiendo y forjando imágenes de gran calidad, contenido y, sobre todo, reveladoras de sus intereses y preocupaciones del momento.

 

Pedro Hiriart pasó años perfeccionando su trabajo: ha experimentado todo tipo de métodos fotográficos del siglo XIX y XX; ha realizado gomas bicromatadas, cianotipias de gran calidad; ha buscado los medios tonos logrados por Edward Weston y Ansel Adams con su sistema de zonas, y sus búsquedas estéticas en los años de ideologización de la fotografía lo llevaron a sendas discusiones: “que si la forma”, “que si el contenido”, “que si las dos”, que se rompieron, rasgaron y maltrataron amistades, por ello otras se consolidaron. Pero así eran aquellos años en que la tolerancia estaba en menos dos y te quedabas en el espacio que te comprendía y permitía el crecimiento. Elegías y Pedro Hiriart lo fue haciendo con sus temas, su labor impecable, preocupado por que la forma y el contenido correspondieran, por mantenerse en el medio produciendo imágenes de gran calidad.

 

Sus labores lo han llevado a trabajar la reprografía de documentos antiguos, de mapas enormes, de libros, de cuadros, su trabajo de fotoarquitectura lo fue afinando con los años al lado de Teodoro González de León y Francisco Serrano, convirtiéndose en un experto en la materia. Además de trabajar con edificios prehispánicos, coloniales y contemporáneos. Lo mismo ha realizado labores sobre temas botánicos, de paisaje, de retrato y eso es lo que se va a decantar en su fototrabajo que se presenta en este dossier.

 

En su más reciente viaje al sureste, Pedro Hiriart, en este pandémico año de 2021, compartió con el equipo de trabajo de TV UNAM los días y sus noches en Yucatán, Campeche, Tabasco, Chiapas y Quintana Roo, por ser ahora el “encargado de la Memoria Fotográfica del Tren Maya”.[1] Comprometidos en realizar una serie de cápsulas sobre la región con entrevistas, imágenes de video y fotografía fija. Así, el equipo se sumergió en diversas zonas, en las poblaciones y localidades, ahí es donde el encuentro se dio entre la naturaleza y los personajes de la zona, quienes dieron cabida para recuperar una parte de esa historia que tiene mucho que narrar.

 

Mirada panorámica

 

Bien se sabe cómo desde el siglo XIX, la región maya de Yucatán fue visitada por viajeros y estudiosos con cámara en mano, que muchas veces buscaban sólo registrar los vestigios arqueológicos y sumar la presencia de los lugareños indígenas para dar cuenta del tamaño de las pirámides, sólo como un referente de visualidad, proporción humana ante los vestigios que encontraban. Injustas cámaras que movilizaban a los indígenas del lugar para interés propio, de estudio, de análisis, de ver al Otro como objeto de estudio. Participaron muchos viajeros de los que tenemos referencia. Esas formas de trabajo desde la perspectiva del positivismo, deseosos de llevar a sus lugares de origen resultados tangibles, cuantificables, catalogables, que mostraran los efectos de aquello para lo que fueron financiados. Así, en la fotografía de esos personajes y lugareños se procuraba mostrar características físicas, estatura, formas físicas del rostro, de sus ropas, de sus elementos de uso cotidiano; es decir, antropometría con un sesgo de racismo; entre ellos se encuentra Alexander von Humboldt, quien por cierto fue de los que menos transgredieron los principios de sus retratados. Sin embargo, recordemos a John Lloyd Stephens, quien junto con el arquitecto Frederick Catherwood, emprendieron diversos viajes a la región maya y, además, el propio Catherwood realizó dibujos caracterizados como romantizados. Estos viajeros elaboraron daguerrotipos, con todas las vicisitudes que significaba los largos tiempos de exposición y el pesado equipo a llevar, ya que esto se dio unos meses después del descubrimiento, en 1839, cuando se dio a conocer en Francia.

 

Muchos viajeros fueron con sus pesadas cámaras y equipos a esa región, a lo largo del siglo XIX, atraídos por la región y sus descubrimientos. Por ejemplo, el francés Claude-Joseph Désiré Charnay (1828-1915), el matrimonio de Alice Le Plongeon (1851-1910) y Augustus Le Plongeon (1825-1908); también anduvo por acá el capitán Teobert Maler (1842-1917); así cómo el explorador inglés Alfred Maudslay (1850-1931), quien trabajó en la región de 1880 a 1891, entre otros, quienes han sido estudiados por Olivier Debroise, Rosa Casanova, Deborah Dorotinsky, José Antonio Rodríguez, Gina Rodríguez, sólo por mencionar algunos.

 

Olivier Debroise y Rosa Casanova han dejado en claro el camino recorrido por esos viajeros estudiosos y sus presencias en diversas partes del país, con sus imágenes, muchas de ellas antropométricas.[2] Para José Antonio Rodríguez muchos de esos viajeros exploradores hicieron uso de la fuerza para obtener imágenes de los lugareños, como en el caso de Oaxaca, que sometieron a las mujeres con la policía del lugar para que posaran e incluso se desnudaran y, así, obtener imágenes de sus cuerpos, transgrediendo y violentándolas con actos que ellas no deseaban realizar.[3] Por su parte, Deborah Dorotinsky ha realizado una genealogía muy fina de la imagen indígena en México y su recorrido fotográfico a través de los tiempos.[4]

 

Asistimos a un cambio radical en la forma de acercarse y captar las costumbres de los pueblos indígenas, de retratarlos y trabajar de manera más empática la presencia de los pobladores de este país. La fotografía, por ejemplo, de Gertrude Duby Blom en Chiapas, Ruth D. Lechuga en diversos lugares y fiestas del país, de Bernice Kolko, quien trabajó su cámara con los oficios de las mujeres indígenas. Con ello, esa mirada más antropológica, que evitaba transgredir, dio un giro importante en la forma de aprehender las imágenes, de introducirse en las comunidades, de atrapar las fiestas y la condición de vida de estos pueblos. Por su parte, la mirada de Mariana Yampolsky consolidó una veta importante en ese sentido, al integrarse con las comunidades, ir a estancias más o menos largas y mostrar el rostro, las manos, los tiempos, los lugares, la arquitectura, las tradiciones y costumbres de esos pueblos de manera tan cercana a ellos, logrando en su acervo de más de 80 000 imágenes tener una presencia inédita del mundo indígena, dignificado.[5] Alicia Ahumada, compañera de andanzas de Mariana Yampolsky, compartió con ella esa actividad, legando también un material importante por su rescate y atractivo por la carga estética que contiene de esos pueblos indígenas. Por su parte, otro gran fotógrafo que ha vivido, comido, dormido y visto desde adentro la esencia de estos pobladores es Bob Schalkwijk, quien mantiene un vínculo muy estrecho y comparte su mirada empática con una clara estética depurada, que nos muestra el lado más atractivo de sus fiestas, caminos, entornos, vestimentas, rostros, todo ello con una calidad impecable de fotografía. El fotógrafo tiene una mirada amorosa a sus personajes, lo que los hace aún más comprometido con su realidad. Sigue yendo, por ejemplo, con los tarahumaras a dormir en el suelo, con el frío y bajo sus condiciones de vida para compenetrarse en ese diario andar.[6]

 

Ahí es donde coloco la mirada de Pedro Hiriart, en esa labor de integración y empatía con sus retratados, pues es notable la manera en que se acerca y dispara su cámara digital, por lo que es justo mencionar que porta dos cámaras, con la idea de un manejo más accesible de diferentes lentes y una agilidad mayor en sus movimientos instantáneos, poco invasivos y generosos en la toma, como lo veremos a continuación.

 

El presente en imágenes

 

Me parece que en esta somera selección que se presenta, de las más de 400 fotografías, las cuales en conjunto fueron tomadas en Quintana Roo —en una gira de 21 días, de los cuales seis fueron en dicho estado—, dan cuenta clara de los diversos universos visuales que le gusta trabajar al fotoautor: la toma de los entornos, del paisaje, los contextos generales, las casas, así como parte de la naturaleza que se le presenta a cada paso; admirador y conocedor de botánica y de la fauna le dedica imágenes que se convierten en retratos auténticos, aunado a las tomas de la arquitectura vernácula y todo aquello que puede mostrar de su paso por esos lugares que no son de tan fácil acceso.

 

A lo largo del recorrido entre Bacalar, Pedro Antonio de los Santos, Nuevo Jerusalem, Felipe Carrillo Puerto, Xpichil, Cobá, Nuevo Xcan, entre otras regiones, se buscó a los lugareños en sus ocupaciones cotidianas, para entrevistarlos, para conocerlos y saber más de las actividades de esos universos aprehendidos por las cámaras de Hiriart.

 

Es evidente que las cámaras fijas y móviles llegaron. Que los lugareños los pueden ver como personajes ajenos a su propio paisaje. Sin embargo y a pesar de ser irrumpidos por la presencia de estos fuereños, se muestran contentos, alegres, sin molestia por las lentes que los rodean. Continúan realizando sus quehaceres y en ello vemos cómo ha cambiado la forma de verse y percibirse con extraños en sus tierras. Más bien podemos observar las imágenes del lugar y sus revelaciones, como un mural que se encontraron en Bacalar, que da cuenta de algunos de los habitantes, de los vestidos mestizos combinados con ropa más moderna de otros personajes. Las plantas, las flores —con una gran dosis de color, el que surge del sol y del calor—, en donde el/la autor/a o autores muestran la intención de continuidad entre la pared y la naturaleza, pues nos presentan la imagen continua al hacer gala de la integración del espacio pictórico con el entorno real; es un acierto la imagen fotográfica que recoge las continuidades de la vida.

 

Por su parte, el templo de San Joaquín, fotografía tomada con un gran angular, nos permite ver su singularidad constructiva, con los contrafuertes románicos muy del estilo del siglo XVI o XVII, que permiten servir de contrarresto a los arcos y bóvedas. Luciendo espectacular con su innata sencillez, un arco de medio punto y sin mayores ornamentos en el exterior, la sencillez por toda identidad, que además remata en un copete de la fachada en la parte superior con un espacio que estuvo, seguramente, dedicado a una representación de san Joaquín, patrono del lugar. Esta fachada culmina con una cruz en el exterior y es el punto más alto, lo cual se aprecia gracias a la toma completa que realizara con su cámara Hiriart, con una lente gran angular desplazable, que es un corrector de perspectiva, producto de su experiencia arquitectónica y lo que nos permite es su contemplación completa.

 

En una toma de la vida cotidiana, algo tan especial y singular como son la venta de las marquesitas en esta tierra, ahí, postrado en el exterior con su carrito que lleva por todo nombre Luna y Andy, vemos a la posible dueña en espera de su clientela. No sabemos si la ciudad está vacía, si hay poca gente por la pandemia del COVID-19, si las tiendas están cerradas por esa condición. Pero los vemos con la calma que caracteriza a esos pobladores, sin la prisa inmunda de la urbe, entre un techo de palma muy del lugar, las sillas de plástico, una motocicleta y otros ornamentos que nos hablan de la inserción de algunos elementos muy contemporáneos, vemos un aparato que cuelga del carrito, una bocina enorme que seguro reproduce música para atraer a los clientes. Una niña mira a un lado de la escena mientras la madre parece jugar con su celular, con una botella de cerveza por un lado y un envase de refresco por el otro. Es una escena muy singular. Mientras “El Chepe Contreras”, nos mira postrado en una manta, pues conformó lo que parece ser una alianza de partidos para ser el presidente municipal, nos aporta elementos visuales que dan cuenta de las condiciones de vida del lugar, nos recuerda lo que tantos años trabajó Mariana Yampolsky y que procuraba mostrar las contradicciones que se vivían en algunos poblados, mientras perduraban ciertas tradiciones, por otro lado se rompían con la entrada de las nuevas tecnologías, anuncios, marcas o plástico que sustituía los elementos del lugar. Preciada imagen porque deja ver el mundo de contradicciones y afluentes contemporáneos.

 

Hay otras imágenes que nos hablan de los lugareños, con sus retratos y sus formas de supervivencia. La siembra de piña es una actividad que se realiza cotidianamente, Pedro Hiriart se acercó a los cosechadores y vendedores de sus piñas, que están a un lado de la carretera y de sus tierras, esperando algún cliente. Las piñas tienen su temporada y, por supuesto, sus enemigos y plagas como el tejón, el armadillo, la víbora, el ratón y los insectos. Nada fácil de combatir.

 

En este caso vemos el carrito lleno de ellas, pero lo más atractivo es el retrato individualizado de la mujer y luego ella con su pareja, rostros que se asoman a la cámara sin temor ni recelo, al contrario, con el gusto de saberse vistos. Incluso, la piña misma se deja ver como un personaje retratado con sus mejores galas, con su perfecto diseño producto de la naturaleza, con sus simétricos ritmos visuales desde la cáscara, sus hojas, todo su ser, como nos lo muestra la cámara de Hiriart.

 

Es en los rostros de muchos de estos personajes en donde vemos las huellas del pasado presente, ahí en donde se fueron a resguardar los mayas producto de la Guerra de Castas. Una guerra que dejó profundas huellas, ya que después del levantamiento indígena maya contra los explotadores de la región, que los esclavizaban y los tenían en condiciones de vida deplorables, que estalla en 1847, aproximadamente, y que llevó medio siglo de buscar recuperar su libertad, su capacidad de trabajo e independencia de los señores hacendados y caciques que los explotaban impunemente. La lucha fue ardua y dura, los intentos por crear su independencia de la nación era parte del plan. La guerra se declaró en contra de “los blancos”, criollos y mestizos, y los indígenas esclavizados, despreciados y sin derechos ciudadanos, por el otro.

 

Dilucidar el qué hacer en esta guerra, que además venía del ánimo separatista de la élite yucateca, que dos veces lo intentó en el siglo XIX, para decidir quedarse anexados a México al final del camino. Hubo además intentos de esa élite por aliarse con los ingleses, españoles, cubanos y estadounidenses, lo cual tampoco fructificó. Todo ello se hizo evidente en la vida política y social, posicionamientos y discusiones se dieron en los diarios, en las tribunas, unos consignaban los esfuerzos por someterlos y aniquilarlos —pues más valía el indio muerto que el indio vivo—, mientras otros pugnaban por su integración al “buen orden”, con educación y trabajo, desvaneciendo sus usos y costumbres.[7]

 

Fue Porfirio Díaz, como presidente, quien usó la fuerza de su ejército para acabar con el movimiento en 1901 y terminó el levantamiento rebelde de los indígenas de la zona sur y oriente de Yucatán. Aquellos mayas yucatecos sobrevivientes se fueron a radicar a los pueblos aledaños y están ahí, sembrando, cosechando, vendiendo sus productos, trabajando en sus tierras, en sus casas, en sus tiendas, haciendo hamacas, tejidos y bordados. Limitados por la movilidad al exterior y en eso están ahora, los esfuerzos actuales. Es ahí donde fueron localizados estos personajes, en ese reducto en el que quedaron de la zona suroriental de la península, ahí donde Pedro Hiriart y el equipo de trabajo de TV UNAM los fueron a entrevistar y les otorgaron un espacio sustancial de visibilidad.

 

Esos retratos dan cuenta de sus actividades, de sus costumbres, del sostén de muchos de ellos, como es en la comunidad Nuevo Jerusalem, en donde una cooperativa gestiona la venta de hojas y semillas de ramón, una planta que tiene grandes efectos alimenticios y curativos contra el asma, diabetes, tuberculosis y bronquitis, además de tener un alto contenido de fibra y de proteína. Aquí las imágenes nos dejan ver las tareas casi exclusivas de las mujeres, al seleccionar las hojas y los frutos del árbol de ramón, quienes las seleccionan y le retiran los hongos para su venta. Las imágenes se fechan solas al verlas con el uso del cubrebocas, para evitar contagios por la pandemia. Ellas, cuidadosas, trabajadoras, deshojan las ramas para colocarlas en las cajas de plástico para su manejo y posterior exportación. Ahí, una de ellas se deja retratar con la cámara de Hiriart, sabe que él está ahí pero no se distrae, seguro que la lente de su cámara Sony digital de 24 -240 mm le ayuda al autor para evitar intimidar a los personajes. Esta joven mujer es la jefa de la cooperativa, y ha sido entrevistada para aparecer en las cápsulas de la televisión universitaria.

 

Al igual han quedado plasmadas las mujeres bordadoras de X-pichil, una de ellas se mimetiza con su máquina “Singer”, ya clásica, también las que están trabajando con el hilo y la aguja a mano, borda que te borda, a pesar de los años y la edad que parece vencer sus cuerpos. Ahí retratada aparece Diana Tuk Coh, empresaria del taller, que se deja ver con su gran carácter, su cuerpo seguro y presente entre los visitantes que ven con gusto estos materiales y sus productoras que se irán a Colombia, directamente, a venderlos.

 

Vemos un perfil muy maya en el profesor del Conalep, en la localidad de Felipe Carrillo Puerto. La imagen muestra de manera fina su presencia y deja en fuera de foco los alrededores y el contexto, lo que enmarca de manera más clara. Sus rasgos sobresalen de manera nítida. Por su lado, también está el promotor social de Nuevo Xcan, encargado de mantener el orden y la limpieza del lugar, pues ahí te multan con cinco mil pesos si tiras basura en la calle, ¡magnífico ejemplo! Es una organización comunal que conserva sus usos y costumbres desde hace años y que decanta su capacidad de conservarse.

 

Me parece que de la selección realizada entre cientos de fotografías tomadas, están las más simbólicas en términos de la vida cotidiana y mística, como es el altar a la Cruz Parlante. Cuenta la historia que en ese lugar la Cruz Parlante les decía a los indígenas las estrategias de combate. Y ahí está aún, con un altar, con una techumbre de madera en donde le ofrendan algunos elementos para rendirle homenaje. Es posible que la propia cruz no esté ya ahí, pero hay elementos simbólicos que se encuentran y que conforman las tres cruces que creó José María Barrera —un soldado desertor de las filas del gobierno yucateco—, con el maya Manuel Nahuat, que al parecer hacía las veces de ventrílocuo. Al primero se le considera que fue el caudillo e intérprete de la cruz. Ahí las velas, los frascos, algunos incluso de refrescos de marca, la mesa, y todos los implementos dan cuenta del culto que todavía se le rinde. Incluso, aparece un retrato de los “Guardianes de la Cruz Parlante”, que se encargan de mantener en buen estado el pequeño altar y evitar que sea saqueado.

 

Así, los paisajes del lugar el cenote azul de Bacalar, las ninfas y su flor, un pequeño pájaro amarillo captado en el entorno de la laguna, con el foco claro en su cuerpo en su pico en sus alas, en un entorno de una naturaleza que no ha sido enturbiada y que Pedro Hiriart descubrió para legarnos esa imagen que parece un haikú visual. Asomarse a la zona arqueológica de Cobá, y del bello cenote resguardado, de que se suban nacionales y extranjeros a las piedras, que conserva su belleza entre estalagmitas y estalactitas, con sus tonos azulados en el agua y los grisáceos en las paredes que guardan en silencio sepulcral su vida ancestral. Al igual su gente, que desea un mayor reconocimiento en sus usos y costumbres, una mayor dignificación de sus pueblos y de sus grandes labores manuales, culinarias, de sus oficios, herederos de aquellos que huyeron del exterminio y que ahí se han resguardado, en espera de tiempos mejores, de una vida que se abra al exterior, de conservar esas sonrisas sencillas, claras, nítidas, que esperan que las nuevas estaciones del Tren Maya les permitirá tener un lugar mejor en el mundo local y nacional, para su economía familiar.[8]

 

Para Pedro Hiriart, lo mejor de este viaje maravilloso por tierra maya es que “la gente le permite y le da gusto que la fotografíes”,[9] es el sonido claro del hombre de la cámara que disfruta de su labor y que goza con la participación activa de sus personajes y de su entorno. Hoy la revista Con-temporánea nos obsequia esta ventana al mundo maya, al mestizaje y al aprendizaje de un pasado que está más presente que nunca.

 



* Dirección de Estudios Históricos-INAH

[1] Este viaje fue encargado y financiado por Fonatur-Tren Maya, quien es el propietario de las imágenes. El fotógrafo Pedro Hiriart dedica las fotografías a la memoria de Pablo Careaga, ambientalista recién fallecido.

[2] Olivier Debroise, Fuga mexicana. Un recorrido por la fotografía en México, Barcelona, Gustavo Gili, 2005; Rosa Casanova, “De vistas y retratos: la construcción de un repertorio fotográfico en México, 1839-1890”, en Imaginarios y fotografía en México, 1839-1970, México, Lunwerg, 2005.

[3] José Antonio Rodríguez, Lo fotográfico mexicano. Fotografía, violencia e imaginario en los libros de viajeros extranjeros en México, 1897-1917, México, FFyL-UNAM, 2013.

[4] Deborah Dorotinsky, “La vida de un archivo. ‘México Indígena’ y la fotografía etnográfica de los años cuarenta en México”, tesis doctoral, FFyL-UNAM, México, 2003.

[5] Para ver una parte de la obra de Bob Schalkwijk, véase Tarahumaras, México, Conaculta, 2014.

[6] Actualmente su archivo se encuentra en la Universidad Iberoamericana, después de la custodia de la fundación que llevaba su nombre, ahora bajo resguardo institucional, en donde han producido ya varios libros con la obra de la fotoautora, que revela una gran cantidad de imágenes que no se conocían de su acervo de más de 80 000 negativos. Entre esos libros destaca, con la coordinación de María Teresa Matabuena, Alegría (México, UIA, 201); Facetas (México, UIA, 2019), y Sabiduría (México, UIA, 2020).

[7] Jesús Guzmán Uriótegui, “‘De bárbaros y salvajes’. La Guerra de Castas de los mayas yucatecos según la prensa de la Ciudad de México, 1877-1880”, Estudios de Cultura Maya, vol. 35, México, UNAM, 2010, disponible en <http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0185-5742010000100005>, consultado el 1 de octubre de 2021.

[8] En una plática con la antropóloga Paloma Escalante, nos mencionaba que en una ocasión, la falta de trabajos y de oportunidades ha llevado a los jóvenes adolescentes a incrementar el número de suicidios por falta de un futuro mejor. Lo que tal vez ahora se pueda abrir en oportunidades de trabajo, mejoras económicas y escolares para ellos con una mejor comunicación interna al exterior.

[9] Agradezco gran parte de la información a Pedro Hiriart, en ocasión de una entrevista realizada el día 11 de septiembre de 2021. En ella, el fotógrafo nos comentó que la mayor parte de los entrevistados por el equipo están a favor de la construcción del Tren Maya, por una mejor expectativa de vida.

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Rostros y paisajes de un territorio rebelde, Fotografías de Pedro Hiriart.

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La calle de General Plata número 92, justo frente a la Preparatoria 4 de la UNAM, fue el lugar que los vio forjarse y crecer. Una casa compartida por tres fotógrafos y un actor de teatro. Todos ellos en la búsqueda de formas y medios de expresión alternativos, no hegemónicos, que irrumpieran en la realidad que se mostraba distante, ajena, atrapada en los mecanismos políticos y sociales del último tercio del fin de siglo XX, ante un país que vivía una urgente necesidad de un cambio profundo. Alicia Ahumada, Pedro Hiriart, Jorge Acevedo y Guillermo Acevedo eran los habitantes de esa casa de grandes dimensiones con un jardín que permitía la reunión de pares sindicalistas, feministas, cineastas, literatos, actores y actrices, entre muchos otros.
 

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