Carlos Monsiváis. En defensa del Estado laico

Tania Hernández Vicencio*

 

Carlos Monsiváis Aceves nació en la Ciudad de México, el 4 de mayo de 1938; falleció el 19 de junio de 2010, año del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución mexicana, eventos en torno a los que Monsiváis reflexionó ampliamente. La Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (DEH-INAH) en ese año despidió a quien fuera uno de sus investigadores desde 1972; Monsiváis encabezó, en la última década antes de su muerte, varios proyectos académicos, entre los que destacaron el Seminario de la Cultura Nacional y el Taller del Libro, además de haber apoyado con sus brillantes conferencias seis ediciones del Diplomado de Historia del siglo XX.

 

El joven Carlos estudió en la Escuela de Economía y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde también fue profesor. Fue secretario de redacción en las revistas Medio Siglo y Estaciones, y director del suplemento La cultura en México de la revista Siempre. Además, fue director de la colección de discos Voz Viva de México, de la UNAM, y becario del Centro Mexicano de Escritores y del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Harvard. En 1992 recibió la beca del Fideicomiso para la Cultura, creado por la Fundación Rockefeller y varias instituciones mexicanas.[1]

 

Ensayista y cronista, autor de muchas columnas en diarios de circulación nacional como La Jornada, El Universal, Uno más Uno, Excélsior, Novedades, El Día y en las revistas Proceso, Siempre, Eros, Personas, Nexos, Letras Libres, Este País, entre otras. Apasionado de la cultura nacional y popular, de las vicisitudes de la vida cotidiana en la Ciudad de México, fue un crítico de la clase política mexicana y un impulsor de los movimientos ciudadanos en defensa de distintas causas. En particular, debatió sobre las razones del movimiento estudiantil de 1968 y sobre sus aportaciones al proceso de cambio cultural del México contemporáneo y a la transición política. Las movilizaciones ciudadanas producto del sismo de 1985 también constituyeron un tema de su interés; él conceptualizó el suceso como el parteaguas que reveló la parálisis de un Estado y de un gobierno con serias dificultades para involucrarse en las necesidades de los ciudadanos.

 

Monsiváis resignificó lo social, debatió y problematizó la historia nacional, la construcción de las subjetividades y la cultura popular, la oralidad y la cultura de masas. Su trabajo crítico, no obstante, fue producto del conocimiento de teorizaciones de amplia gama. Según Moraña y Sánchez Prado, “el método de Carlos Monsiváis consiste en detectar los núcleos de sentido presentes en la cultura, pero desatendidos por la crítica tradicional, y explorar la realidad social a partir de los vasos comunicantes que conectan experiencias y discurso, prácticas simbólicas y posicionamientos políticos, recursos y sujetos, identidad y performatividad”.[2]

 

Carlos Monsiváis escribió las siguientes antologías y ensayos: La poesía mexicana del siglo XX (1966), Días de guardar (1970), Amor perdido (1976), El crimen en el cine (1977), Poesía mexicana II, 1915-1979 (1979), A ustedes les consta: antología de la crónica en México (1980), Cultura urbana y creación intelectual. El caso mexicano (1981), Cuando los banqueros se van (1982), Nuevo catecismo para indios remisos (1982), De qué se ríe el licenciado (crónica de los 40) (1984), Lo fugitivo permanece. 21 cuentos mexicanos (1984), El poder de la imagen y la imagen del poder. Fotografías de prensa del porfiriato a la época actual (1985), La poesía mexicana II, 1915-1985 (1985), Entrada libre, crónicas de la sociedad que se organiza (1987), Escenas de pudor y liviandad (1988), El género epistolar. Un homenaje a manera de carta abierta (1991), El Teatro de los Insurgentes: 1953-1993 (1993), Rostros del cine mexicano (1993), Por mi madre, bohemios I (1993), Los mil y un velorios. Crónica de la nota roja (1994), Luneta y galería. Atmósferas de la capital, 1920-1959 (1994), Los rituales del caos (1995), Cultura popular mexicana (1995), El bolero (1995), Recetario del cine mexicano (1996), Diez segundos del cine nacional (1996), Del rancho al internet (1999), Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina (2000), Las herencias ocultas (de la Reforma liberal del siglo XIX) (2000), Las tradiciones de la imagen: notas sobre poesía mexicana (2001), Protestantismo, diversidad y tolerancia (2002), Bolero: clave del corazón (2004), No sin nosotros. Los días del terremoto 1985-2005 (2005), Imágenes de la tradición viva (2006), Las alusiones perdidas (2007), El estado laico y sus malquerientes (2008), El 68. La tradición de la resistencia (2008), Escribir, por ejemplo: de los inventores de la tradición (2008), Antología personal (2009), Historia mínima de la cultura mexicana en el siglo XX (2010), Democracia, primera llamada. El movimiento estudiantil de 1968 (2010), Que se abra esa puerta. Crónicas y ensayos sobre la diversidad sexual (2010), Los ídolos a nado. Una antología global (2011), Antología esencial (2012), Las esencias viajeras. Hacia una crónica cultural del Bicentenario de la Independencia (2012), Maravillas que son, sombras que fueron. La fotografía en México (2012), Aproximaciones y reintegros (2012) y Misógino feminista (2013).[3]

 

Escribió su Autobiografía en 1966 y también elaboró las biografías Celia Montalván. Te brindas voluptuosa e imprudente (1982), María Izquierdo (1986), Luis García Guerrero (1987), José Chávez Morado (1989), Escenas mexicanas en la obra de Teresa Nava (1997), Salvador Novo. Lo marginal en el centro (2000), Adonde yo soy tú somos nosotros. Octavio Paz: crónica de vida y obra (2000), Novoamor (2001), Leopoldo Méndez, 1902-2002 (2002), Carlos Pellicer: iconografía (2003), Annita Brenner: una visión de una época (2006), Frida Kahlo (2007), Rosa Covarrubias: una americana que amó México (2007), Pedro Infante: las leyes del querer (2008).

 

Muchos y variados fueron los tópicos que interesaron a Monsiváis, pero para los fines de este número destaco su acercamiento al tema del conservadurismo de la sociedad mexicana y su minucioso estudio de los rasgos de la religiosidad del pueblo mexicano como parte de la cultura nacional. Lo mismo habló con seriedad que con humorismo de los avatares del Estado laico. Como referencias sobre las actitudes de las mayorías católicas recurrió con frecuencia al Catecismo del padre Jerónimo Martínez de Ripalda y al Manual de urbanidad y buenas maneras, de Manuel Antonio Carreño. Después de todo había nacido en el seno de una minoría religiosa. Al respecto, Monsiváis afirma en su autobiografía:

 

Hay razones migratorias de mi familia que, en ese éxodo atroz de los cuarenta, fueron religiosas. Pertenezco a una familia esencial, total, férvidamente protestante y el templo al que aún ahora y con jamás menguada devoción sigue asistiendo se localiza en Portales. Familia fundamentalista, que abomina el licor y el tabaco, la mía decidió otorgarme una educación singular [...] Mi verdadero lugar de formación fue la Escuela Dominical. Allí en el contacto semanal con quienes aceptaban y compartían mis creencias me dispuse resistir el escarnio de una primaria oficial donde los niños católicos denostaban a la evidente minoría protestante, siempre representada por mí”.[4]

 

Según Adolfo Castañón, a Monsiváis le interesa el discurso de la Iglesia católica como instrumento jerárquico de dominación, pero ese interés “remite menos a la praxis derivada de una arqueología cultural que a una experiencia literaria, es decir, a una experiencia estética de la dialéctica de la secularización en un país ávido de volver al indiscreto encanto de sus sueños litúrgicos y arcaicos (y también a una lectura, a una contemplación, a un arte de la memoria)”.[5] Las lecturas sobre el conservadurismo, las derechas católicas y las actitudes homofóbicas atravesaron muchos de los escritos de Monsiváis, quien reivindicó y legitimó las perspectivas marginales y los derechos de grupos minoritarios. Con relatos, a manera de ejemplos, trasciende la visión de la historia nacional entendida a partir del dato, del archivo, del documento, para pasar a los microrrelatos que pretenden desenmascarar la dominación, la discriminación y la represión.

 

Dos libros centrales para el debate sobre la religión y la política son Las herencias ocultas y El Estado laico y sus malquerientes. En el primero, Monsiváis nos remite al contexto de la Reforma liberal del siglo XIX para recuperar las aportaciones de una amplia lista de poetas, políticos, escritores e intelectuales mexicanos, como ejemplo de la tradición liberal que permeó en la moderna nación mexicana. Identifica y resalta las contradicciones de un proceso de secularización que transcurre en varias pistas, por lo que, en su opinión, en materia de hábitos familiares los liberales y los conservadores suelen coincidir, y sin embargo, dice el autor, “el costumbrismo de los liberales no es el sentimentalismo evocativo, sino el examen contradictorio de la persistencia de los viejos hábitos y de la formación de nuevos, el trazo de la falta y la verdadera puesta al día de la nación, no sin homenajes constantes a los prejuicios”.[6]

 

Para Monsiváis los conservadores pierden la guerra y ganan “a medias” la paz; se les perdonó su traición, se les incorporó a tareas de gobierno, no se les desplazó del control educativo en provincia, pero el espíritu de secularización que crece fue su gran límite. El siglo XIX se vuelve el campo de batalla entre intolerancia y construcción de los valores de la tolerancia; renovados por el enciclopedismo del siglo XVIII, reeducados por Rousseau y Voltaire, dice Monsiváis, los liberales se enfrentan a la creencia predominante: “La fe única es el eje de la cohesión social y de la verdad, y si nos desprendemos del dogma [...] nos entregaremos a la anarquía”.[7] En medio de la compleja historia decimonónica, si la Constitución de 1857 era la base de la utopía que cambiaría las mentalidades, y si en la estructura se avanzó en la consolidación de la industria y el comercio, los escritores tendrían la tarea de aportar en la imaginación, el uso del lenguaje y el ejercicio de la sensibilidad.[8] Sobre la difícil transición cultural considera:

 

En las regiones conservadoras, en el Cinturón del Rosario (el Bajío) o en las zonas más aisladas del sureste, la prédica contra los caudillos liberales y el laicismo sí fomenta desmedidamente la intolerancia, y si no hay una versión sistematizada de la historia de México, sí se acude a un método de entendimiento: las campañas de odio contra los enemigos del alma, los herejes, los protestantes, los masones, los ateos, los socialistas, los ladrones de los tesoros de la iglesia, los declinados que no descubren su cabeza al paso del Viático.[9]

 

En El Estado laico y sus malquerientes, Monsiváis destaca cómo la posibilidad de tener opciones en materia de vida espiritual en México fue un elemento que contribuyó a la secularización. Interesante es que el autor resalta el papel de la Escuela Nacional Preparatoria como un espacio privilegiado para el impulso del proceso secularizador. En vista de que la educación, en tanto disputa por las conciencias, es un eje de la batalla entre el Estado y la Iglesia católica, la educación media se convierte en un mundo cultural complejo donde también se fraguó el debate sobre la laicidad. Para Monsiváis era claro que una parte importante del esfuerzo por la construcción de la laicidad estaba relacionada con el control de las definiciones, se trataba de una lucha por redefinirlo todo, y que un objetivo central de los conservadores era “salvar el alma de los jóvenes” de teorías que los hacían egoístas y sin ideales. En un breve apartado que Monsiváis denomina “Acúsome padre de fomentar la tolerancia”, caracteriza los avatares del pensamiento del siglo XX frente al proceso religioso: “[El liberalismo promueve] el fin del monopolio religioso... [Impulsa] derrotas parciales y el crecimiento sistemático de la tolerancia. [Cuestiona] los lazos establecidos por los fundamentalistas entre creencia y modo de vida [pero acepta] la fe como acto de solidaridad [y] la fe como notable desbordamiento místico (el fenómeno guadalupano)”.[10]

 

Carlos Monsiváis se hizo merecedor de importantes premios, como el Nacional de Periodismo (1978), el Premio Jorge Cuesta, en la categoría de crónica (1986), Premio Mazatlán de Literatura (1988), Premio Manuel Buendía (1988), Homenaje Nacional al Periodismo Cultural Fernando Benítez (1993), Premio Nacional de Periodismo, Club de Periodistas de México (1995), Premio Xavier Villaurrutia (1995), Premio Lya Kostakowsky de ensayo literario (1998), Premio Príncipe Claus para la Cultura y el Desarrollo, Gobierno de Holanda (1998), Premio Anagrama de Ensayo (2000), Premio Cultura y Sociedad en América Latina (2000), Premio Nacional de Ciencias y Artes (2005), Premio FIL de Guadalajara (2006), Premio Iberoamericano Ramón López Velarde, Gobierno de Zacatecas (2006), Premio de Literatura Contemporánea y del Caribe Juan Rulfo (2006), Premio Miguel Caxtlán, Seminario Teológico Presbiteriano de México (2008), Premio Nacional de Periodismo de México por trayectoria (2009). Además, fue distinguido con el doctorado honoris causa por las universidades Nacional Autónoma de México, Autónoma de Sinaloa, Autónoma del Estado de México, Autónoma Metropolitana, Benemérita Autónoma de Puebla, Autónoma de Nuevo León y la Universidad Veracruzana.

 

En octubre de 2017, para recuperar las aportaciones de Carlos Monsiváis, la Dirección de Estudios Históricos del INAH inauguró la Cátedra Carlos Monsiváis: Crónica, literatura e historia, por la que han pasado importantes intelectuales, activistas, escritores, todos ellos con ánimo de volver sobre los temas y las preocupaciones de Monsiváis, ícono del México contemporáneo.

 


* Dirección de Estudios Históricos, INAH.

[1] Biografía de Carlos Monsiváis, Escritores.org, disponible en: https://www.escritores.org/biografias/106-carlos-monsivais (consultado el 1 de agosto de 2019).

[2] Mabel Moraña e Ignacio Sánchez Prado (comps.), El arte de la ironía. Carlos Monsiváis ante la crítica, México, UNAM / Era, 2007, p. 54.

[3] Una importante recopilación bibliohemerográfica crítica de Carlos Monsiváis y sobre él mismo es la que elaboró Angélica Arreola Medina; aparece en Mabel Moraña e Ignacio Sánchez Prado (comps.), op. cit., pp. 383-445. Además, Déborah Holtz recuperó la memoria, experiencias, imágenes y recuerdos de Monsiváis en un texto donde aparecen el historiador, el cronista y el coleccionista: Carlos Monsiváis, Imágenes de la tradición viva, ed. de Déborah Holtz y Juan Carlos mena, México, UNAM / FCE / Landucci, 2006.

[4] Carlos Monsiváis, Autobiografía, México, Empresas Editoriales, 1966, p. 13.

[5] Adolfo Castañón, “Carlos Monsiváis: una experiencia estética de la dialéctica de la secularización”, en Mabel Moraña e Ignacio Sánchez Prado, op. cit., pp. 366-374.

[6] Carlos Monsiváis, Las herencias ocultas (de la Reforma liberal del siglo XIX), México, Debate, 2000, p. 35.

[7] Ibidem, p. 172.

[8] Ibidem, p. 268.

[9] Ibidem, p. 321.

[10] Carlos Monsiváis, El Estado laico y sus malquerientes. Crónica/antología, México, UNAM / Debate, pp. 120-121.

 

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Carlos Monsiváis Aceves nació en la Ciudad de México, el 4 de mayo de 1938; falleció el 19 de junio de 2010, año del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución mexicana, eventos en torno a los que Monsiváis reflexionó ampliamente. La Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (DEH-INAH) en ese año despidió a quien fuera uno de sus investigadores desde 1972; Monsiváis encabezó, en la última década antes de su muerte, varios proyectos académicos, entre los que destacaron el Seminario de la Cultura Nacional y el Taller del Libro, además de haber apoyado con sus brillantes conferencias seis ediciones del Diplomado de Historia del siglo XX.

 

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