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La caída de Tenochtitlan y la posconquista ambiental

ENVIADO POR EL EDITOR EL Jueves, 11/04/2024 - 13:39:00 PM

Sergio Miranda Pacheco, La caída de Tenochtitlan y la posconquista ambiental de la cuenca y ciudad de México, México, DGPFE-IIH-UNAM (México 500,14), 2021.


Jorge Alejandro Díaz Barrera*

 

Le damos la bienvenida a este “ensayo histórico ambiental” sobre la cuenca de México que, dentro del vasto universo de escrituras y saberes “lacustres e hidráulicos” en torno a ésta, pone sobre el escritorio los aspectos más relevantes de su conquista, así como de la transformación de sus lagos ꟷdurante más de siete siglosꟷ por las sociedades que los han habitado (prehispánica, hispánica y mexicana).

 

Para aproximarnos a este trabajo voy a abordar tres de sus aspectos que considero fundamentales para entender las relaciones entre sociedad y medio ambiente en la cuenca de México; desde luego que la discusión no se agota en ellos pero son útiles para orientarnos. Estos son: 1) la transformación socioambiental de la cuenca, 2) la relación entre el dominio político y el gobierno de las aguas, y 3) la importancia de los actores especializados en los sistemas lacustres e hidráulicos (eclesiásticos, ingenieros, científicos y trabajadores) para entablar las relaciones estructurales entre la sociedad y el medio acuático.

 

1) En 1325, año de la fundación de la ciudad de Tenochtitlan, la cuenca comprendía cinco lagos (Chalco, Xochimilco, Texcoco, Xaltocan y Zumpango) y “abarcaba cuatro valles —México, Cuautitlán, Apan y Tizayuca— con una extensión aproximada de 16 424 km²” (p. 26). De acuerdo con el autor, el gobierno de los mexicas y su Triple Alianza (Tenochtitlan, Texcoco y Tacuba) fue el primero que conquistó, articuló y operó “el sistema de lagos y su explotación” (p. 28). El establecimiento de una ciudad capital sobre los islotes del lago de Texcoco, que controlaba una amplia red tributaria, comercial y militar, fue expresión del desarrollo de técnicas hidráulicas en la construcción, la agricultura, la navegación, la explotación de recursos y la guerra. La intensificación de aquellas obras hidráulicas dejó una huella ambiental en la cuenca, como la erosión de los suelos de las serranías y la deforestación de sus faldas (p. 34), y una relativa modificación del sistema natural de las aguas (ríos y lagos). De modo que la civilización prehispánica sí le pasó factura a la cuenca, pero no rompió en forma drástica con sus sistemas naturales pues sus ciudades y métodos agrícolas se acoplaron a los lagos.

 

La conquista española de la cuenca en 1521 cambió sustancialmente los “preceptos y la cosmovisión” de las relaciones con el medio ambiente e inició una serie de transformaciones en el paisaje que, de acuerdo con el autor, son “semejantes en su alcance y energía a [las] que la propia naturaleza ha ejercido sobre sí misma dando origen a las distintas edades geológicas” (p. 22) y cuyo principal resultado es la desecación de la cuenca. El vehículo predilecto del gobierno español para modificar los lagos y ríos —de acuerdo con sus intereses— fue el desagüe que en 1607 se comenzó a construir en Huehuetoca, “obra faraónica” vigente durante toda la dominación española y que fue la principal medida contra las constantes inundaciones (de 1629, 1631, 1633, 1634, entre muchas otras). El desagüe dejó de operar bajo los preceptos de los virreyes en 1823, pero sus trabajos continuaron con intermitencias hasta 1900, cuando sus obras concluyeron en Tequixquiac.

 

Durante el México independiente “el deterioro ambiental de la cuenca no se detuvo”; por el contrario, se agravaron los problemas de deforestación, erosión de tierras, y empezó a perfilarse su deliberada desecación. Ello implicó la vertiginosa reducción de la navegación y las prácticas lacustres (pesca, cultivos, caza de aves y explotación de otros recursos). En ese sentido, la instalación del ferrocarril de Tacubaya a la Ciudad de México en 1858 (p. 88) marcó un cambio radical en el paradigma de los transportes y la colonización de tierras, que culminó con la megalópolis que hoy habitamos, la cual, no obstante su drenaje profundo y la desecación y entubamiento de ríos y canales, aún no logra armonizar su relación con las aguas.

 

2) Sergio Miranda anota que, después de la conquista militar de Tenochtitlan en 1521, comenzó la conquista ambiental de la cuenca de México para modificarla de acuerdo con la cosmovisión y organización españolas. De modo que esta segunda conquista trascendió a la primera y su “guerra contra el agua” se extendió hasta principios del siglo XX. Esta manipulación del paisaje en “proporciones geológicas” implicó un alto grado de organización política y social, así como de especialización y jerarquización del trabajo. Los mexicas dominaron sistemáticamente los lagos a partir de la conjunción del poder político-militar con sus intereses comerciales y su sistema de creencias. Sus autoridades firmemente establecidas intensificaron la construcción de obras hidráulicas (diques, compuertas y canales), promovieron la movilización de recursos en grandes proporciones, la limpia y el mantenimiento de canales, así como “el control correctivo de compuertas” (p. 21).

 

Luego de la conquista española fueron los virreyes novohispanos (instituidos en 1535) quienes centralizaron el poder de decisión respecto al gobierno de las aguas, apoyados en otras instancias como el fiscal del desagüe, el Real Acuerdo y el Ayuntamiento de México. Miranda recuerda que fue Luis de Velasco, entre 1550 y 1564, quien fortaleció la jurisdicción virreinal sobre lagos y ríos, repartió trabajo indígena para las obras hidráulicas y resolvió problemas relativos a zanjas y canales; curiosamente el desagüe de Huehuetoca se comenzó a construir durante el virreinato de su hijo, Luis de Velasco II, en noviembre de 1607. Cabe señalar que a menudo las autoridades novohispanas entraron en conflicto en esta materia, lo cual ponía en riesgo a la ciudad debido a las copiosas lluvias.

 

En 1823, dos años después de la promulgación de la independencia, desapareció la estructura administrativa del desagüe. Fue un síntoma de la desorganización y confusión jurisdiccional en el gobierno de las aguas, pues dejó de existir la autoridad superior (el virrey) que se había encargado durante casi trescientos años de coordinar los trabajos de desagüe y limpia, así como de atender el problema de las inundaciones. En el régimen constitucional de la primera mitad del siglo XIX no quedaba claro quién tenía la principal competencia para gobernar las aguas circundantes e interiores de la Ciudad de México, si el poder Legislativo, el Ejecutivo o los ayuntamientos.

 

El hecho más representativo acerca de la confusión y falta de entendimiento del medio lacustre por las autoridades del México independiente fue la decisión de inundar “los terrenos al oriente” de la ciudad durante la guerra con Estados Unidos entre 1846 y 1847, lo cual afectó profundamente a las chinampas de Chalco y Xochimilco (p. 63). Miranda muestra que dos factores incidieron en el mal gobierno acuático: los constantes cambios de regímenes políticos y sus consecuentes guerras. De modo que no fue sino hasta las presidencias fuertes y estables de Porfirio Díaz, en el último cuarto del siglo XIX, cuando se platearon proyectos integrales para la desecación, ya no desagüe, de la cuenca. Esas observaciones nos recuerdan que la conquista socioambiental de la cuenca es un capítulo importante de la historia política de México y del establecimiento de su centro de poder, temas que suelen obviar los historiadores.

 

3) Las relaciones entre sociedad y medio ambiente están mediadas principalmente por los gobiernos y el mundo de la política en conexión con la economía, pero el contacto directo con las fuerzas de la naturaleza, lacustre en este caso, se efectuó por medio de actores “especializados”. Actores que ponen de manifiesto la intervención de “ideas, prejuicios, intereses y experiencias” colectivas que también inciden en los procesos socioambientales. Durante la dominación española se aprovecharon los conocimientos hidráulicos de los indios, pero el desagüe imprimió en la cuenca la cosmovisión española, reticente a convivir con las abundantes aguas. Los trabajos de desagüe fueron propuestos por vecinos como Francisco Gudiel en 1555, dirigidos por ingenieros como Enrico Martínez en 1607, y supervisados por religiosos, principalmente frailes de la orden de San Francisco. También intervinieron ingenieros extranjeros, como el holandés Adrián Boot. Desde luego que los trabajadores especializados y los reos (trabajadores forzados) fueron los actores más directos en la modificación del paisaje. En el siglo XIX los médicos y los empresarios cobraron importancia para influir en la opinión pública en torno a los beneficios o maleficios de la desecación de los lagos y para promover la conquista de tierras. Todo ello condujo a la “urbe moderna” sin cuerpos de agua.

 

El libro que nos ofrece Sergio Miranda viene a complementar una amplia bibliografía sobre la cuenca de México. Su aporte posee una particular “conciencia ambiental” de los desafíos pasados y futuros, de la cual hoy no podemos prescindir al tratar estos temas. En tal contexto, este libro es un buen ejercicio de alta divulgación, pero también una guía histórica para pensar los problemas que aún nos aquejan.

 

* El Colegio de México, A. C.