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Dos fotolibros imperdibles: Existo porque resisto y La línea

ENVIADO POR EL EDITOR EL Martes, 16/06/2026 - 19:01:00 PM

Francisco Mata Rosas, La línea. Apuntes sobre la frontera norte, México, UAM-Cuajimalpa, 2022; Existo porque resisto, México, Raya, 2022.


Rebeca Monroy Nasr*

 

Este breve texto reseña dos fotoproducciones realizadas por Francisco Mata con el apoyo de diseñadores, editores e impresores. Se trata de una alta gama de trabajos a color y en blanco y negro, precisos e impresionantes.

 

Quiero comenzar recordando que conocí a Francisco Mata cuando éramos jóvenes, peinábamos sendas cabelleras negras, portábamos cámaras y usábamos película blanco y negro, en la era de la fotoquímica o fotografía analógica. Él tenía entonces un socio y amigo, Eniac Martínez, con quien hacía cosas increíbles. Puedo resaltar, por ejemplo, el libro Litorales, donde cada uno puso su granito de arena. Trabajaron en el diario La Jornada, fueron de los jóvenes que dejaron una clara huella allí, junto con otros que rompieron los cartabones del fotoperiodismo en México. Eniac era hijo del gran político mexicano Gonzalo Martínez Corbalá, un hombre con convicciones firmes y claras, y que, cuando era embajador plenipotenciario en Chile, sacó a la familia del presidente Salvador Allende tras el golpe de Pinochet.

 

Luego, cada uno siguió su camino cámara al hombro e hicieron fotografía documental desde diferentes posiciones. Francisco Mata siguió un trabajo arduo, estudió una maestría en Artes Visuales en la UNAM y ese vaivén entre la academia y sus necesidades expresivas y visuales lo ha distinguido de sus colegas y contemporáneos. Soy fan de sus imágenes documentales, como aquella de la muerte-calavera que encontró saliendo del metro en noviembre, durante los días de muertos. O la de aquella niña convertida en Salinas de Gortari por una máscara que ocultaba su rostro, como lo hacía el propio expresidente al ocultar todas su triquiñuelas y crímenes del sexenio. Otras más, aquella serie del Sábado de Gloria en una alberca saturada de gente, en donde un clavadista fue captado por su cámara en el momento en que su cuerpo hacia una perfecta línea horizontal y parecía caer sobre la multitud de los mirones acuáticos debajo de él, o aquel beso húmedo que dos se dieron en la alberca; o la viejita que escapaba de la marea de bañistas y el hombre del sombrero que se ve en medio de lo que parece una alberca-olla-caldo de cultivo, imborrables de la memoria.

 

En esa etapa, Francisco Mata fotografiaba en blanco y negro, con película que debía revelarse muy hábilmente en el cuarto oscuro para obtener una amplia gama tonal, un rollo de 35 milímetros en que se buscaban los mejores resultados: a veces sólo una de las 36 tomas satisfacía al autor. No sé cuántos rollos haya tomado Paco Mata en esos años, me encantaría saberlo, ni cuántas fotos llegó a realizar bajo ese formato en perfecto blanco y negro, pero sin duda ese número confirmaría su tenacidad irrevocable.

 

Luego, decidió independizarse y abrazar otras contiendas más allá del fotodocumentalismo y del fotoperiodismo. Pues no sólo adoptó la fotografía digital, sino todas las variables que se han sucedido en esta nueva manera de atrapar las imágenes en el mundo virtual. Me parece que esto hace mucho más interesante el trabajo de Mata, porque no se detiene, no para, se deja ir y aprecia los cambios, los hace suyos, incluso los persigue. Y eso lo mantiene presente en nuestro ámbito. Recuerdo lo que él mismo señaló: hemos matado tantas veces a la fotografía, y tal vez cambió el formato, las formas de aprehensión, el soporte (daguerrotipo, talbotipo, ambrotipo, carte de visite, colodión húmedo, papel salado, aristotipia, albúmina, placa seca, plata sobre gelatina, pixeles...), pero aquí está ella, pletórica de imágenes y mostrando sus capacidades cada vez más amplias. Concuerdo con él: la foto muere y vive de nuevo, como lo ha señalado nuestra investigadora y filósofa Laura González.[1]

 

Tuve la oportunidad de exponer el trabajo de Francisco Mata en un evento en la Universidad de Toulouse II-Le Mirail, Francia, como parte de un proyecto que realizó la investigadora Marion Gautreau. Fue una experiencia inolvidable colocar las imágenes de Mata en las paredes de la biblioteca de esa institución y ver cómo reaccionaban los visitantes ante las imágenes del muro fronterizo que en ese momento deseaba levantar el entonces presidente estadunidense Donald Trump, por ahí del 2017.

 

Por todo lo antedicho, quiero abordar el resultado de años de trabajo artístico en dos grandes libros que muestran una creatividad efervescente, que van más allá del mero trabajo fotográfico y trasladan el discurso a otras líneas. Me refiero a pasar desde el momento de la toma fotográfica al discurso editorial, para que el mensaje cobre forma en un fotolibro.

***

La línea: apuntes desde la frontera norte cuenta con la edición fotográfica del mismo Mata, que para el diseño editorial colaboró con Jorge Lépez Vela, uno de los más experimentados diseñadores de fotolibros de México. En este libro es posible ver la primera presencia del día, los rayos solares, nutriendo esa línea, imaginaria pero que ha resultado más real, marcada y determinada con cada gobierno estadounidense que pasa. Me parece que han ido haciendo esa línea imaginaria más concreta, más incisiva, más dolorosa; ahora, Francisco Mata la visualiza de manera clara e inquietante. Su fotografía muestra cómo, al otro lado de esa línea, los gobiernos “güeros” se aprovechan de nuestras condiciones sociales y económicas para enriquecerse, avanzar sus intereses y volver el panorama aún más desolador.

 

Ahí están los muertos que se quedaron en el camino, los que dejaron atrás familias, los que los llevaron con ellos a un camino de sufrimiento. Ahí están durmiendo su sueño, que se vuelve pesadilla en fotos de grandes texturas, noches insomnes. Aparecen quienes cruzan a pie, quienes a nado, los que se quedan en esas aguas, los que se arrepienten, los pies adoloridos, los bolsillos vacíos por cruzar esa línea imaginaria.

 

Mata emplaza su cámara especialmente en los rostros. Nos hace leer la desesperación, la angustia o la fortaleza, desdobla la imagen en sus submundos para conectar una página a otra, porque tiene un ojo privilegiado que encuentra lo más inusual, lo inesperado. Se observa un gran trabajo editorial en este diálogo de las imágenes: cada una tiene su gramática propia como una frase contundente, pero el conjunto construye un ensayo visual de gran alcance. Como en todo buen libro, abundan los elementos intertextuales, que provocan una extensa reflexión sobre ese infierno lineal del muro y sus recovecos.

 

Y con ese sabor de fraseo visual, de narraciones complejas, paso al otro libro: Existo porque resisto. El propio autor y Santiago Escobar-Jaramillo se encargaron de la edición; luego, Escobar-Jaramillo y Mireya Guerrero Cercos realizaron el diseño. Por supuesto, los textos y las fotos corren a cargo de Mata. Todo ello importa porque estamos ante un trabajo con un diseño editorial, gráfico y fotográfico detallado, que te hace repensar tu papel urbano, te detiene, quieto como el hombre de la bandera a cuestas (primera imagen del libro) para ver qué estamos haciendo. O aquella otra: en algún punto del viaducto Miguel Alemán, una enorme águila se posa sobre las paredes tricolores de una casa deteriorada, los ladrillos caídos, la pintura desgastada, y a pleno vuelo entre guirnaldas presume su corona de laureles. La maravillosa ave emerge de las entrañas más profundas de la urbe, para salir airosa, entre rejas, escaleras y cemento: ¿así o más simbólico?

 

Es una ciudad que gracias a (o a pesar de) los siglos, de los habitantes locales, inmigrantes y paseantes (y de ahí el sentido del título del libro), lleva una existencia violenta pero aguerrida, inhóspita pero sobrepoblada, inclemente pero amorosa. Todos los contrastes sociales, políticos, ideológicos o culturales se dan cita en su crisol, como vemos en una escena de albercas, de esas que le gustan a Francisco Mata. Él nos va mostrando los contrastes de la ciudad, hielo en el pavimento y esculturas pintadas, cuerpazos de guerreros prehispánicos convertidos luego en volcanes.

 

Son esas cifras del diario vivir las que más llaman mi atención. Cajas de refrescos, colores en las paredes, llantas, ropa tendida, costales apilados en una puerta que no llega a ningún lado, huacales, cemento y varilla (los sostenes del optimismo de “algún día haré el segundo piso de mi casa...”). Gallos gigantes junto a yogures griegos enormes, un rostro gigantesco escultórico, entre los desechos y el constructo de las paredes del hogar, junto a un rosa mexicano de fachada. Superhéroes en contrapicada junto a músicos, una planta rítmica de vochos verdes que parecen sembrados frente a los verdes cortinajes falsos y semáforos que compiten junto a un gran árbol. Francisco Mata introduce todo eso a modo de “hipertextos”, elementos que saltan de su página y se hacen realidad en la vida a nuestro alrededor. Impresos en un papel diferente, en tamaño especial, nos dejan en claro el acento que el autor quiere otorgarles.

 

El autor de Existo porque resisto sabe cómo editar, resaltar, profundizar conceptos y dar rienda suelta a su creatividad. Conoce a fondo los instrumentos de su trabajo, como la cámara digital y la fotoquímica, y ha dado el salto al trabajo híbrido, sin temor a equivocarse, para ahora llevarlo a un plano material que parezca virtual. Su libro nos hace un retrato auténtico, casi una alabanza, de lo que somos los chilangos, de cuántos desaires hemos vivido por el deseo, paradójicamente, de mejorar nuestra vida.

 

* Dirección de Estudios Históricos, INAH.
[1] Laura González-Flores, La fotografía ha muerto, ¡viva la fotografía!, México, Herder México, 2018.