Números anteriores


Post Gutenberg


Trayectorias


Mirar libros


Noticias


Suplemento cultural
El Tlacuache


Número Completo

1968 en los archivos universitarios

ENVIADO POR EL EDITOR EL Martes, 16/06/2026 - 19:06:00 PM

Francisco de la Cruz Vázquez, Luz María Jiménez Molotla y Leticia Medina Rodríguez, Memoria documental del movimiento estudiantil de 1968, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, 2023.


Cuauhtémoc Velasco Ávila*

 

El movimiento estudiantil que ocurrió en México en 1968 dejó honda huella en la sociedad mexicana al poner a la vista el autoritarismo del régimen priista y la necesidad de que la población le hiciera frente demandando “libertades democráticas”. Las historias que se han publicado al respecto son múltiples, y de igual manera son múltiples los aspectos que podemos indagar al respecto. Siguen siendo importantes la denuncia de los horrores y excesos cometidos por las supuestas “fuerzas del orden” y el señalamiento de los culpables, pero es cierto que en ese mismo contexto se vivieron una infinidad de historias personales e institucionales que vale la pena rescatar para formarnos una visión más completa y diversa de los acontecimientos, de sus consecuencias sociales y de la manera como aquellos hechos modificaron la vida de las personas involucradas directa o indirectamente.

 

Voy a comenzar por una vivencia personal en torno al 2 de octubre, que como dice la consigna, no se puede olvidar. Tenía yo 14 años de edad, estaba en secundaria y mis dos hermanos en preparatoria. Desde el inicio de movimiento estudiantil estuvo mi familia interesada e involucrada en lo que ocurría. Estaba mi madre impresionada por la represión en las manifestaciones de junio, en especial por el bazucazo en la puerta de la Prepa 1 y la toma de las instalaciones universitarias. Recuerdo haber asistido con ella a la banqueta de la avenida Reforma, donde fuimos testigos de las enormes manifestaciones de septiembre. En la última de ellas mi hermano Héctor, que era activista del movimiento, resultó lesionado por un cohetón que le explotó cerca de la cara y le hirió un ojo. Ello provocó que fuera hospitalizado y así tal vez salvó la vida, porque no pudo asistir a la Plaza de las Tres Culturas.

 

El impacto de la represión atroz del 2 de octubre para mí fue enorme. Aunque todos esperábamos una reacción del gobierno que evitara las consecuencias que podía tener el creciente movimiento en los Juegos Olímpicos, no podía yo creer que se hubiera optado por una matanza de estudiantes. En el departamento en que vivíamos, supimos por llamadas telefónicas lo que estaba sucediendo en Tlatelolco. Escudriñamos en la radio, la televisión y luego en los periódicos las noticias que dieron indicios deformados de lo que había sucedido. En medios de comunicación todo estaba controlado por el gobierno, se decía que los miembros del Consejo Nacional de Huelga (CNH) estaban armados y que habían disparado contra los soldados. Los titulares de los periódicos del día siguiente culpaban a los estudiantes: “Recio combate al dispersar el Ejército un mitin de huelguistas”, decía el Excélsior; El Heraldo encabezó: “Energía contra los alborotadores”; El Sol de México tituló: “Manos extrañas se empeñan en desprestigiar a México. El objetivo: frustrar los XIX Juegos”; Novedades dijo: “Balacera entre francotiradores y el Ejército, en Ciudad Tlatelolco”. Recuerdo algunas fotografías en Excélsior que mostraban tanques y soldados cerca de la unidad habitacional. Con los días se supo el desenlace: incontables muertos y heridos, cientos de detenidos.

 

Después de eso, el silencio, el silencio cómplice de la prensa... y a los pocos días la inauguración de los XIX Juegos Olímpicos.

 

Esto solamente para ubicarme en aquel momento.

 

Este libro, Memoria documental del movimiento estudiantil, coordinado por Francisco de la Cruz Vázquez, Luz María Jiménez Molotla y Leticia Medina Rodríguez, se propone, según se indica en la introducción, aportar un conjunto de artículos de utilidad para historiadores, científicos sociales y ciudadanos interesados en el movimiento estudiantil de 1968, para construir (o reconstruir o seguir construyendo) a partir de los archivos esa necesaria historia, ponderando su valor informativo y sus posibilidades de investigación.

 

Mirar la sociedad desde los archivos tiene sus particularidades:

 

1) Muchos de los trabajos sobre el 68 son testimoniales. Parten de experiencias personales o grupales que se traducen en ejercicios memoriosos, principalmente de los dirigentes o de las víctimas de la represión, de los encarcelados o de quienes perdieron seres queridos. Otros se apoyan en los periódicos o fuentes publicadas de la época (que no son pocas).[1]

2) La mirada desde los archivos es principalmente una óptica institucional o institucionalizada. Es el conjunto de documentos que alguna entidad guardó, conservó y ordenó, mismo que en el mejor de los casos, los archivistas, partiendo del “principio de procedencia”, tiempo después clasificaron y pusieron en condiciones para su consulta pública.

3) Desde luego, aquí se agregan los conjuntos documentales y gráficos de donantes a un fondo o biblioteca para dejar testimonio de una visión personal o de algo que circunstancialmente les tocó vivir.

4) Los archivos contienen por definición una mirada parcial, estática, sobre todo porque la institución que los contiene o conserva, por lo regular, no está enfocada a lo que los historiadores queremos averiguar.

 

El movimiento de 1968 fue, sin duda, un parteaguas en la política mexicana, pues al luchar por las libertades democráticas marcó, como se dice en la introducción, “las pautas del cambio a seguir en México”, y reveló con toda claridad a quienes pugnaban por el cambio político y social que el Estado autoritario, personificado en el PRI-gobierno, era el enemigo a vencer.

 

Los autores de este libro han abrevado en distintos depósitos documentales que les han permitido rescatar datos, imágenes y reflexiones sobre la actividad de los estudiantes y de las autoridades universitarias, así como del Estado represor. Dice Francisco de la Cruz que “este ejercicio busca permitir a los ciudadanos enfrentar el olvido, la impunidad y la amnesia colectiva”, lo que no es poca cosa, porque no hay peor resultado en un movimiento social que el ocultamiento y la negación (es decir, el olvido forzado) que sobreviene después de una represión brutal, como la del 2 de octubre. Aquí se rescata la visión de los archivos, pero sobre todo, se aprovecha la experiencia de quienes han trabajado por mucho tiempo dentro de los archivos. 

 

En el ensayo inicial, Gustavo Villanueva Bazán[2] presenta y analiza un expediente de la Secretaría Particular de la Rectoría de la UNAM, que contiene documentos que pasaron por esa oficina en 1968. Los primeros escritos se refieren a actividades rutinarias, pero luego comienzan a aparecer algunos que reflejan la inquietud de los estudiantes y de la comunidad universitaria. Desde el inicio del conflicto aparecen opiniones del carácter terrorista o comunista del movimiento y los temores sobre los posibles cambios que puedan suceder. También se reflejan las ideas de los propios activistas, aunque con diferentes posturas ideológicas y políticas características de las dirigencias estudiantiles de ese momento. Esas diferencias se van diluyendo a medida que la represión unifica el movimiento. El rector contribuye a ello en su decidida defensa de la autonomía universitaria y su participación personal en la manifestación del 31 de julio. La toma de la Universidad el 18 de septiembre provocó muchas reacciones que se pueden consultar en los documentos del expediente, entre ellas, la renuncia de Javier Barros Sierra a la rectoría, de la cual reproducimos un párrafo:

 

La Universidad es todavía autónoma, al menos en las letras de la ley, pero su presupuesto se cubre en gran parte con el subsidio federal y se puede ejercer sobre nosotros toda clase de presiones. Por ello es insostenible mi posición como rector, ante el enfrentamiento agresivo y abierto de un grupo gubernamental. En estas circunstancias, ya no puedo servir a la Universidad, sino que resulto un obstáculo para ella.

 

Éste es sólo un ejemplo de los importantes documentos que se pueden consultar en el expediente analizado por Gustavo Villanueva. Luego incluye un listado de los estudiantes detenidos y de varios documentos posteriores a la matanza del 2 de octubre.

 

Georgina Flores Padilla[3] analiza los documentos sobre los estudiantes presos, mismos que demandaron la continuación de sus tareas académicas, para lo cual exigieron la entrega de libros y materiales didácticos. El director de la cárcel del Distrito Federal impedía que les llegaran esos materiales a los alumnos de preparatoria, pero el abogado de la Universidad hizo que se cumpliera la demanda de los prisioneros. Así mismo, los alumnos de la Facultad de Ingeniería en agosto de 1969, recluidos en Lecumberri, solicitaron libros que les hacían falta y el abogado de la UNAM les informó que hacían lo posible por conseguirlos y hacerlos llegar. En ese caso interesa que el profesor Heberto Castillo, también preso, se ofreció a preparar a los alumnos de ingeniería para sus exámenes, con lo cual estuvo de acuerdo el rector. Brinda la autora otros datos sobre la importancia que daban los estudiantes a sus tareas curriculares aún recluidos en las cárceles.

 

En su contribución sobre los días que siguieron a la matanza del 2 de octubre, Gloria Celia Carreño Alvarado[4] presenta una serie de preguntas que se hacían los estudiantes, profesores y ciudadanos después de la matanza de Tlatelolco: ¿cuál era la conciencia de lo sucedido? ¿Qué suerte correrían los detenidos y acusados? ¿Sería pertinente regresar a clases? En lo personal, recuerdo con mucha intensidad lo que yo me preguntaba entonces: ¿cuándo comienza el levantamiento popular en contra de este régimen autoritario?

 

Gloria Carreño utiliza la prensa para destacar el miedo colectivo, mientras la gente se ocupaba de buscar a los parientes presos o muertos. La sociedad quedó estupefacta y paralizada frente a la masacre perpetrada desde el poder gubernamental. Un documento emitido por la Dirección General de Asuntos Jurídicos de la UNAM comenta: “Se quería acabar con el ‘foco de agitación’ y que se garantizara la tranquilidad durante los Juegos Olímpicos”.

 

En los documentos recuperados por la autora se atestigua que el jueves 3 de octubre la Secretaría de Relaciones Exteriores envió a muchas embajadas un texto para minimizar los hechos, en que se afirmaba que habían sido exclusivamente en Tlatelolco y que habían sido provocados por francotiradores que dispararon contra el Ejército. Se aseguró que la situación estaba controlada y la ciudad tranquila. Ese mismo día, en cambio, un comunicado de la Universidad hablaba ya de 30 muertos, 55 heridos y numerosos detenidos en el Campo Militar Número 1. El 4 de octubre la prensa testificaba la huida de habitantes de Tlatelolco, que habían quedado en medio de un campo de batalla. Atestiguaba también la llegada de familiares al centro médico forense, buscando algún pariente que en realidad no deseaban encontrar ahí. El 5 de octubre el Consejo Nacional de Huelga anunció en conferencia de prensa que el movimiento continuaría pese a la represión. El 8 de octubre se capturaron otros dirigentes, mientras El Nacional afirmó: “la causa Olímpica ayuda a borrar la sinrazón bélica y a asegurar la supervivencia humana”, citando a Gustavo Díaz Ordaz. Gloria Carreño se pregunta si el presidente pensaba que la milagrosa llama olímpica borraría la masacre.

 

Interrumpe aquí la enumeración corrida de los días siguientes y salta hasta el 22 de octubre. Creo que aquí falta una contestación a las preguntas formuladas al inicio, así como una referencia a la impactante conmoción que significó la inexplicable matanza de estudiantes, la impotencia ante tal acto de represión, seguida el 12 de octubre de la espectacular inauguración de los XIX Juegos Olímpicos, los cuales por primera vez se transmitían de manera simultánea al mundo entero. Quienes habíamos visto o participado en el movimiento teníamos la esperanza de que, una vez pasada esta pausa deportiva, vendría la verdadera reacción popular de un movimiento político que derribara el atroz régimen de Díaz Ordaz.

 

El 22 de octubre retoma el hilo Gloria Carreño con un hallazgo más en el archivo, un comunicado en que Luis Echeverría, secretario de Gobernación y responsable en gran parte de lo sucedido en Tlatelolco, expresó su disposición de recibir a representantes de maestros y estudiantes para resolver el conflicto. Vienen otras referencias a hechos posteriores, que son estampas del impacto social que tuvo el movimiento en el largo plazo.

 

Para su estudio, Oralia García Cárdenas[5] consultó una colección de cuatro mil fotografías realizadas por Manuel Gutiérrez Paredes, enviado de Luis Echeverría Álvarez para documentar los sucesos de 1968 desde un punto de vista oficial. Esta colección fue adquirida por el Archivo Histórico de la UNAM (AHUNAM) en el año 2000 y tocó a la autora hacer una valoración de la misma para proponer una manera de ordenarla y catalogarla. Se aprecian allí series de imágenes sobre manifestaciones, pintas, mantas, carteles y caricaturas. Hay también algunas imágenes de bombas molotov, armas y propaganda “subversiva”. La serie más interesante retrata estudiantes detenidos en varios de los actos estudiantiles, incluso del 2 de octubre. Dice la autora del texto que el valor de esta colección consiste en que fueron tomadas con la intención de responsabilizar a los estudiantes del conflicto; pero al fin fueron utilizadas en 2006 por la Fiscalía Especial de Movimientos Sociales y Políticos del Pasado para mostrar la responsabilidad del gobierno mexicano en la represión estudiantil.

 

Enrique Lira Soria[6] trabajó el Fondo Fernández López Arias, quien fue gobernador del estado de Veracruz y reunió un gran número de copias de los informes secretos de agentes infiltrados en el movimiento estudiantil. Detalla el autor la manera en que fueron recibidos los documentos por el AHUNAM, su estado de conservación y la manera como fueron organizados y catalogados para su consulta. Resalta que estos informes pueden servir para observar las diferentes organizaciones que se adhirieron al movimiento y el acelerado crecimiento de éste. Contiene una visión diferente a la del ámbito estudiantil y de alguna manera reproduce los diálogos e ideas que se expresaron a lo largo de las asambleas y reuniones estudiantiles. Desde luego, la veracidad de estos documentos no se puede comprobar, pero cree el autor que las afirmaciones que dejaron asentadas los agentes fueron elementos importantes que detonaron o provocaron la intervención del Ejército y los cuerpos policiacos. A pesar de todo, se puede percibir ahí que no había una “lógica bélica” de parte de los estudiantes, ni fue reportada algún tipo de instrucción militar o adquisición de armamento. La breve descripción que nos ofrece de los documentos invita a explorar de manera sistemática, sobre las intenciones, los conceptos y la información vertida a las autoridades.

 

Leticia Medina Rodríguez[7] explora el fondo de Esther Montero y Ana Ortiz de Ruiz, quienes reunieron una apreciable cantidad de documentos que se fueron generando espontáneamente a lo largo del movimiento estudiantil. Son volantes, manifiestos, caricaturas, carteles, fotografías, entre otros impresos reunidos en 22 expedientes. Contiene también algunos periódicos, revistas universitarias y de otros semanarios como ¿Por qué? y Siempre! “Esther Montero recopiló estos materiales ex professo para conformar un acervo, para lo cual recorrió los comités de lucha de las facultades y escuelas de la Ciudad Universitaria” y otros planteles educativos ubicados en la Ciudad de México.

 

También presenta la autora un resumen e imágenes de la colección de Ricardo Salazar Ahumada, quien fue fotógrafo del suplemento La Cultura en México. Retrató este fotógrafo varias generaciones de escritores, poetas, intelectuales, dramaturgos, científicos, pintores, músicos, actores y escultores, mismos que en su mayoría se solidarizaron con el movimiento de 1968. Se incluye aquí la referencia a un desplegado aparecido en El Día el 11 de agosto, en el cual una buena cantidad de intelectuales rechazan erigirse como “centro del proceso revolucionario”, sino que su tarea es entregarse a las luchas populares y contribuir a que los obreros, campesinos y empleados “entiendan que sus problemas no son sino el reflejo de situaciones generales y el fruto de la explotación desenfrenada que sufren”. Nos dice la autora que “a partir de esta adhesión, los artistas, intelectuales y escritores participaron activamente en el movimiento y en los eventos organizados por el Comité Nacional de Huelga”.

 

Luz María Jiménez Molotla[8] relata la historia de Esther Villalón Rodríguez, quien fue una deportista destacada desde los años cuarenta y hasta fines de los cincuenta del siglo XX. Trabajó como profesora de educación física en varias escuelas, incluso en la Preparatoria 5 hasta 1970, y durante el movimiento de 1968 fue integrante del sector docente universitario, alentando a sus alumnos para participar en la lucha estudiantil. En 2017 Esther Villalón donó su fondo documental al AHUNAM, mismo que contiene toda su historia como deportista, pero también refiere su actividad en el movimiento de 1968. Concluye la autora: “A partir de 1968 las mujeres multiplicaron su presencia en la política, la economía y los recintos educativos y gremiales, en el seno de las instituciones de educación superior generaron, sistematizaron y analizaron su situación de género, apoyando iniciativas y políticas públicas en favor de las mujeres”. No cabe duda que es así, pues se ha verificado en la presencia creciente de las mujeres en los mayores puestos públicos de nuestro país.

 

Francisco de la Cruz[9] refiere, a través del estudio de los fondos archivísticos, la guerra de información que entablaron los estudiantes en huelga contra los periódicos y medios controlados por el Gobierno Federal y de la Ciudad de México. Desde los mimeógrafos de las preparatorias y facultades de la Universidad se elaboraban una gran cantidad de volantes, carteles, caricaturas y diversos materiales que servían para hacer propaganda de las demandas de los alumnos en huelga, quienes después recorrían las calles de la ciudad para entregar en mano esos papeles, recabando algunos recursos para dar continuidad a la lucha.

 

Recuerdo que el proceso de un volante informativo iba desde la redacción, en que intervenían todos los miembros de un comité de lucha, pasando por la elaboración cuidadosa del esténcil, su colocación en el mimeógrafo, la tinta y el papel, la realización de diversas pruebas hasta que el volante resultara legible y, finalmente, el tiraje. Era un proceso complicado que no siempre tenía buenos resultados y muchas veces había que repetir desde el principio. Era emocionante, enteramente artesanal, comparado con las rotativas de los periódicos. Sólo la participación y el interés masivos de los estudiantes permitieron que esta forma elemental de comunicación pudiera contrarrestar a los periódicos y medios de comunicación. Comenta Francisco de la Cruz:

 

Elaborados con el objetivo de mostrar a la opinión pública su verdad, esta acción constituyó una verdadera hazaña, si se tiene presente que los medios de comunicación masiva distorsionaron constantemente la información sobre el movimiento. [...] Durante los 71 días que duró el movimiento el enfrentamiento fue desproporcionado [...] Sin embargo, todo este esfuerzo rindió frutos, pues [los estudiantes] ganaron las calles y recibieron el apoyo y la simpatía del pueblo.

 

Paulina Michel Concha[10] nos habla del papel cultural que jugó en 1968 la Revista de la Universidad de México, por entonces dirigida por Gastón García Cantú. Independientemente del valor literario y artístico que tuvo la revista desde los años treinta del siglo pasado, señala la autora que en el mes de septiembre de 1968 se publicó un número especial en que se narran los acontecimientos desde el 22 de julio, la cual fue el reflejo de la visión de las autoridades universitarias, congruente con sus políticas, asumiendo así la revista un fuerte compromiso con la comunidad. El seguimiento detallado del día a día del conflicto está acompañado de imágenes de momentos significativos. Diez años después la revista publicó un número doble conmemorativo con importantes plumas. También describe los números que conmemoran los veinte, treinta, cuarenta y cincuenta años del movimiento. “Resulta innegable —nos dice la autora— que el movimiento estudiantil de 1968 marcó a toda una generación de universitarios, la cual aún hoy reflexiona y escribe sobre este suceso”.

 

El último artículo de esta colección, escrito por Teresa Matabuena Peláez y Ana Cristina Santos Pérez,[11] resulta un tanto sorprendente, porque describe la riqueza del archivo fotográfico del periódico El Heraldo de México, que siempre se caracterizó por su conservadurismo y por defender las políticas del régimen en turno. Este fondo fue donado a la Universidad Iberoamericana en 2017 y está constituido por más de cincuenta mil fotografías. Para comenzar a ordenar y clasificar este enorme acervo documental se abordó el tema del movimiento de 1968 y las Olimpiadas del mismo año. De las mil cien fotografías del movimiento estudiantil, menos de 60 % había sido publicado en el diario, lo que muestra que los editores seleccionaron para el diario las imágenes compatibles con la visión de los hechos que deseaban promover. Las tomas fueron realizadas por varios fotógrafos del diario; así, el material es rico, diverso y poco conocido. En esta publicación se incluyen fotos de manifestaciones, de la toma de instalaciones universitarias por el Ejército, de la captura de dirigentes, de estudiantes detenidos, etcétera. Todo ello es una pequeña muestra de los materiales contenidos en ese importante fondo.

 

Al final de este libro se ofrece una síntesis cronológica del movimiento estudiantil de 1968 preparada por Oralia García Cárdenas, la cual es muy útil al lector, porque ayuda a ubicar los acontecimientos sueltos que surgen de los archivos y aparecen en los distintos capítulos del libro.

 

Una característica notable de este libro es que fue escrito por archivistas, es decir, por aquellos que se encargan de ordenar, clasificar y poner a disposición del público los documentos resguardados por una institución. Esa labor otorga a los autores una visión muy diferente a la que podemos tener los usuarios de esos fondos documentales, quienes normalmente asistimos a ellos para obtener datos para nuestros proyectos particulares. Los archivistas tienen una visión más completa de lo que hay en esos maravillosos depósitos y por ello pueden seleccionar los mejores escritos o imágenes para ejemplificar determinados hechos. Es el caso de este conjunto de ensayos, que muestra la calidad y especificidad de esa mirada al movimiento estudiantil de 1968 desde los archivos.

 

* Investigador de la Dirección de Estudios Históricos, INAH.
[1] Entre el amplio espectro de las obras sobre el 68 mexicano se pueden citar algunas obras indispensables: Ramón Ramírez, El movimiento estudiantil de 1968, México, Era, 1969; Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco, México, Seix Barral, múltiples ediciones desde 1971; Luis González de Alba, Los días y los años, México, Era, 1971; Sergio Zermeño, México, una democracia utópica. El movimiento estudiantil del 68, México, Siglo XXI, 1978; Norberto Trenzo, El león que se agazapa, México, Costa-Amic, 1981; Gilberto Guevara Niebla, La democracia en la calle. Crónica del movimiento estudiantil mexicano, México, Siglo XXI, 1988; Carlos Monsiváis, El 68. La tradición de la resistencia, México, Era, 2008; Paco Ignacio Taibo II, 68, México, Planeta, 1991; Raúl Álvarez Garín, La estela de Tlatelolco. Una reconstrucción histórica del Movimiento estudiantil del 68, México, Grijalbo, 1998; Gilberto Guevara Niebla, La libertad nunca se olvida. Memoria del 68, México, Cal y Arena, 2004; Francisco Pérez Arce, 1968-1988: años de rebeldía, México, Ítaca, 2007.
[2] “El expediente 1017. El movimiento de 1968 a través de los documentos del AHUNAM”.
[3] “Para continuar el semestre escolar en la prisión: testimonios de las gestiones de la UNAM en el Fondo Universidad Nacional”.
[4] “Los días siguientes...”.
[5] “Memoria visual del movimiento estudiantil de 1968 en la colección Manuel Gutiérrez Paredes”.
[6] “El Fondo Fernández López Arias: documentos para un enfoque diferente de los acontecimientos del 68”.
[7] “El 68 en la colección Esther Montero y el Fondo Ricardo Salazar Ahumada”.
[8] “La participación de la mujer en el Fondo Esther Villalón Rodríguez”.
[9] “Mimeógrafos contra rotativas: la guerra informativa entre los estudiantes y el gobierno mexicano”.
[10] “La Revista de la Universidad de México, una mirada al movimiento estudiantil de 1968”.
[11] “México 1968: un ejemplo de la riqueza del archivo fotográfico de El Heraldo de México”.