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Alcoholismo: vicio, enfermedad y muerte, la mirada médica en la ciudad de México (1870 y 1910)

ENVIADO POR EL EDITOR EL Martes, 09/06/2026 - 19:37:00 PM

Nadia Menéndez di Pardo, Alcoholismo: vicio, enfermedad y muerte. La mirada médica entre 1870 y 1910 en la ciudad de México, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2023.


Oliva López Sánchez*

 

El proceso político-social y de profesionalización de la medicina académica en México inicia en el siglo XIX. El gremio médico, aun cuando minúsculo, tuvo un desarrollo en sus cuadros profesionales y con la formación de la Academia de Medicina de México, que en 1877, bajo el gobierno de Porfirio Díaz, que se convirtió en Academia Nacional de Medicina, y con ello, en órgano consultivo del Estado en materia de salud. Así, con el consenso de otras instituciones políticas y educativas, inicia el camino de la hegemonía del Modelo Biomédico.

 

Durante el porfiriato, el Estado mexicano buscó consolidar al país como una nación moderna, fortaleciendo la relación entre la ciencia y la jurisprudencia para garantizar el orden social y promover el desarrollo económico. Las sociedades científicas desempeñaron un papel crucial al colaborar con el gobierno en la identificación y erradicación de las causas del llamado “atraso social”.

 

Uno de los mayores retos fue combatir la “degeneración social”, un concepto que, desde una perspectiva biologicista, explicaba fenómenos como la criminalidad, el alcoholismo y la prostitución. Teorías como la del psiquiatra francés Bénédict Augustin Morel, ampliamente aceptadas en México y en otros países de Latinoamérica, atribuían estas conductas a una herencia degenerada. Campearon con la teoría de la degeneración, las de la herencia lamarckista, base de la teoría eugenésica y la moral conservadora que explicaban las enfermedades y dictaban lineamientos en el orden social en la construcción de los estados nacionales latinoamericanos.

 

Hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX, las teorías médicas, evolucionistas y jurídicas, sustentadas en una perspectiva organicista biológica ofrecieron un marco explicativo para clasificar a los individuos según sus características biológicas.[1] Este enfoque contribuyó a fundamentar comportamientos atávicos asociados a la criminalidad y la locura, mientras que la diferencia fenotípica servía para mantener un discurso de igualdad jurídica que, en la práctica, justificaba la desigualdad, la exclusión y la vigilancia de los sectores subalternos.

 

Clasificar y estratificar a los individuos bajo la teoría degeneracionista no sólo respondía a un principio republicano, sino que también encontraba legitimidad en el respaldo de la ciencia médica y la jurisprudencia. Esto permitió legislar sobre las diferencias biológicas como la única forma de justificar la desigualdad entre los individuos.

 

En ese contexto político, social y científico del porfiriato, la obra de Nadia Menéndez Di Pardo es una vasta y compleja investigación que nos lleva de la mano por un recorrido histórico, antropológico, sociológico y jurídico acerca del alcoholismo, catalogado por el gremio médico como un enorme problema social y de salud.

 

A lo largo de seis capítulos la autora analiza, a partir de una extensa relación de documentos históricos (tesis de grado, artículos de revistas médicas, casos clínicos y prensa entre 1870 y 1910), la tensión existente en la concepción del alcoholismo como vicio y enfermedad. El punto de partida del libro es que la salud y la enfermedad implican un complejo proceso histórico, cuyo saber produce y reproduce representaciones sociales y técnicas basadas en imaginarios sociales que mantuvieron esa trama conceptual del alcoholismo como vicio y enfermedad. Esta transición también tiene que ver con la evolución de la medicina mexicana durante el periodo estudiado, la cual buscaba el reconocimiento y legitimidad social de las clases dominantes de la época, como indica Carlos Viesca Treviño en el prólogo, y que Nadia Menéndez desarrolló a lo largo la obra.

 

Alcoholismo: vicio, enfermedad y muerte es un recorrido minucioso de los procesos de transacción de la medicina mexicana y las teorías europeas, en su afán por alejarse de conocimientos ancestrales y de otros métodos terapéuticos tradicionales, algunos considerados como charlatanería. También nos muestra las dos caras de una moneda: por un lado, las iniciativas del Estado para convertir a México en un país civilizado, moderno, higiénico y sobrio, a la vez que, gracias al ferrocarril, se toleraba la expansión de la industria de bebidas alcohólicas, la mayoría elaboradas de manera clandestina, como el pulque y la cerveza.

 

Así, desde la medicina racional se crearon representaciones sociales que asociaron el alcoholismo con los conflictos sociales, familiares y criminales atribuidos de manera exclusiva a las clases bajas urbanas y trabajadoras. De ahí se deriva el famoso “san lunes” (que ahora se extiende a la burocracia mexicana, como parte de la clase media). El alcoholismo también fue motivo de preocupación, porque fue vinculado con una de las principales causas de muerte, así se observa en las estadísticas de los hospitales San Andrés, Juárez y San Hipólito que contiene el libro.

 

La autora documenta y proporciona evidencia de las opiniones de distintos sectores de la sociedad sobre el alcoholismo. La prensa de la época fue un medio para esparcir esas representaciones sociales que asociaron bebidas alcohólicas como el pulque con casos de delitos de sangre y riñas. La estigmatización de las clases populares es de mayor interés en este libro. Los médicos de la época —todos hombres— relacionaron el alcohol con la criminalidad, la cual era cometida por un varón joven o adulto que pertenecía, “casi siempre”, a una clase baja. Para los médicos y juristas, todo trabajador (jornaleros, domésticos, cargadores, albañiles y de faenas rudas y ordinarias) era alcohólico.

 

El libro describe la relación entre las representaciones sociales y técnicas a partir del análisis de los diagnósticos médicos sobre las causas y consecuencias del alcoholismo, así como en las definiciones y clasificaciones, entre las que destacan el alcoholismo agudo y crónico, profundizando además en los tratamientos correspondientes. También se analiza con sumo detalle y pericia cómo se construyó la diagnosis, puesto que no había pruebas objetivas o de laboratorio; sólo los cuestionarios, el “ojo clínico” y los saberes de los galenos. Los casos clínicos detallados en el capítulo cinco ilustran de manera elocuente los procesos de racialización y clasismo reproducidos por la medicina. Las historias clínicas, como señala Pedro Laín Entralgo, constituyen un relato patográfico.[2] Mientras que los médicos, según sostiene Josep María Comelles, pueden considerarse etnógrafos de la enfermedad.[3] Este saber no sólo era técnico y científico, sino que respondía también a la clase social de pertenencia; en su mayoría, de clases medias y altas.

 

Para la sociedad médica, las causas del alcoholismo, además de la herencia, radicaban en las características personales, morales y sociales del enfermo, como la pobreza. La preocupación también se debía a que resultaba una grave amenaza para la extinción o debilitación de la raza. Así, se le consideró “la madre de todas las enfermedades”, en especial la de las enfermedades mentales. Las cifras de alcohólicos (40 %) confiados en El Manicomio General (La Castañeda), inaugurado en 1910, era ejemplo de ello.

 

Menéndez Di Pardo describe cómo, en el periodo estudiado, los tratamientos evolucionaron desde métodos brutales —como el uso de la camisa de fuerza— y una agresiva medicalización, hacia el llamado tratamiento moral, basado en la razón, la amabilidad y la manipulación. No obstante, en la práctica, estos métodos terminaban replicando aquello que pretendían erradicar: aislamiento, gritos, malos tratos e incluso “un poco de violencia”. Ante la falta de voluntad del enfermo, se recurría a medidas como vomitivos, purgantes e incluso tratamientos aversivos, como inyecciones de estricnina. Al final, se concluyó que no existía una cura definitiva, sino tan sólo transitoria, y que la única solución viable era la abstinencia.

 

En el plano de la política pública se enfocó en la prevención, vigilancia y control del consumo de alcohol, con reglamentos, impuestos, campañas, prohibición de adulterar las bebidas y de venderlas en ciertos lugares, actividades en el ámbito educativo, y difusión en la prensa de los efectos de las bebidas alcohólicas, entre otras medidas. Lejos de combatir el consumo, este aumentó durante el porfiriato.

 

Aunada a la educación antialcóholica, estaba la creación de sociedades de temperancia, al grado de igualarla con una “guerra santa”, con la que se ponía a prueba la voluntad del enfermo. Eran siempre los médicos que buscaban soluciones a la enfermedad, más allá de los tratamientos —basados en sus conjeturas— como pedir a empresarios estímulos para sus trabajadores, a que se estableciera el domingo como descanso obligatorio, a contar con actividades recreativas y deportivas, aunque raramente la “diversión pública” incluía a las clases más desfavorecidas.

 

En relación con la incidencia criminal, se imponían penas menores cuando la embriaguez era considerada un atenuante, al punto de que algunos acusados fingían estar alcoholizados al cometer el delito. Aunque se consultaba la opinión médica, la decisión final recaía en el juez. Este escenario refleja la relación entre ciencia y jurisprudencia característica del periodo porfiriano, como se destacó al inicio de esta lectura. Un ejemplo de ello es el Primer Concurso Científico de 1895, convocado por la Academia de Jurisprudencia correspondiente de Madrid y respaldado por Díaz, con el propósito de reunir a sociedades científicas para presentar propuestas orientadas a resolver diversos problemas a través de la colaboración entre ciencia y legislación.

 

En la última sección: “Siempre hay un final, aunque sea momentáneo”, la autora recopila algunas reflexiones sobre la mirada médica del alcoholismo. Entre las que destacan que, en el proyecto porfirista, la consolidación de una clase trabajadora pujante se convirtió en un objetivo fundamental. La ciencia médica, considerada el único medio objetivo de intervención, desarrolló técnicas que, lejos de ofrecer una verdadera cura, resultaron en métodos tanto estigmatizantes como no estigmatizantes. Al plantear la pregunta “¿Dónde está el problema: en el alcohol o en los sujetos?”, los médicos desvincularon la producción de alcohol de su consumo, trasladando la culpa al individuo. Es decir, al yo, a lo interno, a la herencia, caracterizando al sujeto por su pobreza, clase social y origen, sin cuestionar las estructuras sociales, económicas y políticas de la época.

 

Sin embargo, estas estructuras no fueron completamente ignoradas, ya que formaron parte de los tratamientos médicos, aunque sólo como un marco dentro del cual se ofrecían alternativas, sin modificar dichas condiciones. En última instancia, la responsabilidad recaía sobre el sujeto autónomo, el “yo”, reafirmando así la noción de individualidad como base de la modernidad.

 

Menéndez Di Pardo precisa que su investigación se remite al contexto mexicano de tres décadas del siglo XIX y una del XX, época dominada por el racismo, cuyo saber médico —más que mejorar la eficacia en el tratamiento de la persona alcohólica— generó y difundió una ideología, mediante las representaciones técnico-médicas y sociales, que favorecieron a las clases dominantes del proyecto modernizador de Porfirio Díaz.

 

En la búsqueda médica constante de sus causas, cuando se determinó que el alcoholismo no era la causa de todas las enfermedades, este dejó de tener interés, aún más, cuando cayó el régimen de Díaz. Esta última premisa abre un área más por investigar, debido a que los médicos, como parte de la clase de intelectuales del régimen, veían a indígenas y mestizos vulgares —como los llamó Ezequiel A. Chávez— como el principal obstáculo para el progreso y como causantes del estancamiento nacional.[4] Así, el alcoholismo, además de ser visto como un problema de clase, también lo fue de raza.

 

Pese a que la autora circunscribe su investigación a un contexto determinado, cuando mayor interés por el alcoholismo ha habido entre el gremio médico es válido preguntarse sobre su importancia y revisión en un contexto actual. ¿Qué resabios permanecen de aquella mirada médica y cómo tiene repercusiones en los tratamientos actuales del alcoholismo? Pese a que dejó de ser una “guerra santa” y ubicarlo como la principal causa de enfermedades, no se puede negar que dichas representaciones sociales —como las de clase y raza— y parte de los tratamientos preventivos —como ubicar a los sujetos como los principales responsables y basarse en la culpa, el miedo y la vergüenza— siguen prevaleciendo en la sociedad mexicana, pese a que la medicina médica ya no es la única voz autorizada en esos análisis.

 

* Facultad de Estudios Superiores Iztacala-UNAM.
[1] Véase Oliva López Sánchez, Extravíos del alma mexicana patologización de las emociones en los diagnósticos psiquiátricos (1900-1940), Tlalnepantla de Baz, UNAM-Facultad de Estudios Superiores Iztacala, 2019.
[2] Pedro Lain Entralgo, La historia clínica. Historia y teoría del relato patográfico, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1950.
[3] Josep M. Comelles, “Da supertizione a la medicina popolare. La transizione de un concetto religioso a un concetto medico”, AM. Rivista della Societá Italiana di Antropología Médica, 1996.
[4] Ezequiel A. Chávez, “Concurso científico nacional de 1900. Ensayo sobre los rasgos distintivos de la sensibilidad como factor del carácter mexicano”, Revista Positiva, 1901.