Números anteriores


Post Gutenberg


Trayectorias


Mirar libros


Noticias


Suplemento cultural
El Tlacuache


Número Completo

Las armas del proletariado. Génesis, desarrollo y debacle de la Liga Comunista 23 de Septiembre (1970-1981)

ENVIADO POR EL EDITOR EL Viernes, 04/09/2026 - 16:25:00 PM

Alejandro Peñaloza Torres*

 

Sobre el libro que recientemente publiqué, titulado Las armas del proletariado. Génesis, desarrollo y debacle de la Liga Comunista 23 de Septiembre (1970-1981), haré referencia en este breve texto, a tres planteamientos; primero, ¿qué aporta a la historia reciente de nuestro país un libro sobre la Liga Comunista 23 de Septiembre?; segundo, ¿qué lugar ocupan lo subjetivo y lo objetivo, en tanto se trata de un tema con una gran carga política y con una fuerte vinculación con nuestro presente?; y tercero, ¿se trata de un intento de reivindicación de aquellos que fueron derrotados políticamente y metódicamente aniquilados por un aparato contrainsurgente creado y dirigido por el Estado mexicano?

 

Después de haber concluido el proceso de investigación, escritura y publicación del libro, y que incluye el proceso de reflexión sobre fuentes y ejes explicativos para entender a las organizaciones político militares de las décadas de 1960 y 1970 del siglo pasado, surgió una pregunta, finalmente, ¿cuál es el aporte de esta investigación?

 

Mi propósito al realizar la tesis doctoral que posteriormente se coinvirtió en libro, era entender qué había sido la LC23S, sobre qué premisas ideológicas se había construido una organización con esas características y en todo caso, cuáles eran esas características, en otras palabras, plantear preguntas que seguramente no habían sido esbozadas anteriormente y que nos arrojaran luz sobre esta organización.

 

Desde mi perspectiva, entender a los sujetos históricos que se constituyeron en una organización que planteó la violencia como método de transformación social, implica pensarlos desde dos premisas: entenderlos precisamente como sujetos históricos, como actores políticos activos que concibieron, desde su propio horizonte, que era ineludible el ejercicio de la violencia revolucionaria.

 

Lo anterior me permitió partir de ejes explicativos que ofrecieran un análisis histórico, basado en fuentes diversas, dejando de lado visiones tanto apologéticas como condenatorias, y pensar la acción política y militar como el marco referencial de quienes formaron parte de la LC23S. Este sería el aporte principal, plantear a la Liga como sujeto de la investigación. La organización armada es el eje sobre el cual gira mi texto.

 

Esto es, partir de preguntas concretas sobre la ideología que construyó su acción revolucionaria; la línea política, la estructura organizativa, los planteamientos militares, el actor revolucionario, el lugar que ocupaba la comunicación escrita en su proyecto.

 

En suma, situar históricamente a la LC23S, cuestión que, tratándose de un libro de historia, parecería un planteamiento tautológico.

 

Sin embargo, existen una serie de elementos que surgen al momento de escribir sobre un pasado con muchas aristas en nuestro presente, a saber, la enorme carga moral que puede suponer referirnos a la violencia organizada, a lo referente a los desaparecidos por la acción represiva de los cuerpos de seguridad del Estado, a la relación constante y muchas veces tensa, entre historia y memoria, entre otras cuestiones.

 

Luego entonces, el reto principal al momento de escribir fue lograr colocar en el centro de la investigación, un pasado marcado por la violencia política y con base en ello, llevar a cabo la construcción de conocimiento para la inteligibilidad de ese pasado.

 

En alguna parte de mi libro planteo lo siguiente, “¿resulta anacrónico reflexionar sobre por qué la LC23S entendió que el proceso de transformación social implicaba, necesariamente, el uso de la violencia revolucionaria?” (P.27).

 

Y cito a Marina Franco con una aseveración sumamente clara al respecto, la cual comparto:

[…] intentar una inmersión en la circulación de los sentidos pasados sobre la violencia tiene como límite cierto anacronismo inevitable, en cuanto ella se inscribía en patrones históricos […] que difieren sustantivamente de los sentidos que hoy se adjudican a la presencia de lo violento o a su uso en la acción política. No obstante, el ejercicio resulta productivo.[1]

 

Dicho de otro modo, es esta la verdadera dificultad al momento de explicar la violencia como el eje del proyecto político de la LC23S. Poder entender a un grupo que no diferenció la acción política de la acción armada y que construyó su cosmovisión a partir de los postulados marxistas leninistas y del enfrentamiento violento entre clases sociales antagónicas.

 

En este orden de cosas, en el libro planteo una afirmación, los ideólogos de la LC23S no dieron un salto al vacío. Partieron de un análisis de la realidad que observaron y ofrecieron un proyecto político que buscaba transformar de manera sustancial esa realidad. Decir que se trató entonces de gente de su tiempo, resulta un lugar común, más bien es preciso exponer qué perfil tenían esos primeros ideólogos de la Liga, para sumar a aquellos que se fueron anexando al proyecto y que terminaron por conformar una organización que pretendía ser la única que aglutinara la lucha del proletariado hacia su liberación.

 

La Liga se pensó a sí misma como el punto más álgido de la lucha de clases en México, una visión no delirante, sino representativa de los grupos de izquierda ilustrada que se asumieron como la vanguardia en diferentes partes de América Latina.[2]

 

Desde esta perspectiva, el medio ideal para esa transformación era el Madera, un periódico revolucionario que contenía la palabra capaz de crear conciencia de clase en los obreros y guiarlos hacia la insurrección. No en balde los militantes de la Liga llamaban al Madera “semilla”. Era, desde su mirada, la semilla que daría frutos tangibles, a saber, la liberación de los oprimidos y el fin de la explotación capitalista.

 

Por eso mismo, la acción principal de la organización se centró en la elaboración y distribución de su periódico, con todos los riesgos que eso implicaba. Esto resulta medular en tanto fuente para la historia. El Madera contiene la forma en que la Liga se situó en el espacio público; contiene la construcción discursiva con la cual creyeron podrían “aglutinar y educar al proletariado”; contiene su ideología y la línea política para llevarla a cabo.

 

Refiriéndome a momentos más precisos, en un momento dado el periódico nos permite acceder a la discusión que llevó a una serie de escisiones hacia 1974-1975, por divergencias de carácter ideológico y organizativo.  

 

En definitiva, el periódico Madera es la fuente principal, aunque no la única, producida por la misma LC23S.

 

Es en esta parte donde quiero referirme a la dificultad, al momento de usar el Madera como fuente, y que no se limita desde luego al periódico, sino a todas las fuentes con las que cuenta el historiador, citando a Alfonso Mendiola: “tratar con documentos es enfrentarse a comunicaciones, no a experiencias interiores individuales. (…) No tratamos percepciones construidas a través de una experiencia individual, sino percepciones que hubieron de pasar por convenciones o tradiciones literarias para plasmarse en un texto”.[3]

 

En cuanto a su construcción discursiva, la Liga no solo estaba inmersa en una convención literaria propia de la izquierda marxista, sino que apelaba a la acción directa e inmediata de la clase explotada en contra de sus explotadores, a la destrucción del capitalismo. De ahí la importancia de situar históricamente su discurso y su accionar.

 

En lo relativo a subjetividad y objetividad. Ciertamente, hace mucho tiempo que los historiadores dejamos de creer y de buscar la objetividad que se pretendía en el siglo XIX. La evolución de la historia como disciplina y de la historiografía, nos permiten situarnos en otro lugar al momento de escribir y explicar el pasado. No obstante, este es precisamente el punto al que me quiero referir.

 

Al momento de recrear la historia de la Liga, mi principal preocupación era justo reconstruirla históricamente, no crear un discurso valorativo ni complaciente. Pero al mismo tiempo, no quería caer en un discurso que pretende la objetividad absoluta y que termine por considerar al historiador como un mero transcriptor de los documentos; para este momento, sabemos que no es de esa manera como se construye la historia.

 

Ergo, podría parecer que de nuevo se trata de un planteamiento tautológico o de una discusión bizantina de mi parte. Pero no es así.

 

Los planteamientos epistemológicos sobre el pasado reciente y la construcción de   nuevos campos de investigación para la historia, nos han obligado a los historiadores a repensar la manera de entender nuestra disciplina y la manera de construir conocimiento. La cercanía temporal entre quienes trabajamos la historia reciente y nuestros sujetos de estudio, podría nublar nuestra visión y llevarnos a construir una historia maniquea y por lo tanto, apologética.

 

Nuevos actores sociales, nuevas lecturas sobre el pasado, nuevas perspectivas historiográficas, implican necesariamente, entender de la mejor manera posible nuestra posición al momento de escribir.

 

En otras palabras, la Historia social y la Historia oral habían colocado en el escenario a actores sociales antes denostados, desterrados e invisibilizados. La Historia encontró otra manera de pensarse a sí misma, desde que E.P. Thompson se preguntó sobre la clase obrera en Inglaterra y dio con ello un giro de tuerca a la historiografía, quitando los reflectores a las élites y dándole un lugar a otros sectores de la sociedad que habían tenido un lugar preponderante en la construcción de nuestro pasado y, por ende, de nuestro presente.

 

En el caso concreto de mi libro, se trata de actores sociales que habían sido, en el mejor de los casos, invisibilizados de la historia de nuestro país. No obstante que en los últimos años el tema de la lucha armada tuvo un auge importante en lo que a producción historiográfica se refiere. El hecho de que, entre finales del año pasado y el actual, se hayan publicados cuatro libros sobre la LC23S, representa un paso importante en cuanto al interés por parte de los historiadores sobre el tema, pero más significativo es que exista una coyuntura que, por poco que sea, permita una mayor confianza para publicar y escribir.

 

Dicho esto, cabría preguntarse, ¿se trata, de mi parte, de un intento reivindicativo de aquellos que fueron guerrilleros?, ¿se trata de crear un nuevo discurso que confronte al discurso que habla de criminales sanguinarios carentes de objetivo político?

 

No fue esa mi intención al escribir un texto sobre la LC23S. No fue crear un discurso valorativo y espero haberlo conseguido. 

 

Mi intención era pensar históricamente la Liga, y ubicarla en el contexto del surgimiento de múltiples grupos político militares en nuestro país. Si bien sobre la Liga había caído leyenda negra que situaba a sus militantes como una suerte de delirantes que actuaban sin objetivos claros, mi intención fue, en todo momento, tratarla con el rigor que la investigación histórica exige. Ubicar las fuentes que pudieran permitirnos saber y entender qué fue esta organización y desde dónde se plantearon su propia existencia en el espectro político de nuestro país.

 

Las fuentes que utilicé para sustentar la investigación fueron diversas, desde el periódico Madera y otros documentos de la LC23S, hasta los archivos desclasificados de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) depositados en el Archivo General de la Nación.

 

En otras palabras, no hay una defensa a ultranza de la Liga y su proyecto político, pero sí un esfuerzo cuyo fin último no era ni defender ni condenar, sino comprender y explicar, por otra parte, razón de ser de la historia como disciplina y de nosotros como historiadores.

 

Con base en esto, la violencia revolucionaria aparece como un elemento esencial para entender el proyecto de la LC23S y su posición ideológica, en efecto radical, pero que nos permite tener fundamentos para entender no solo su dinámica, sino su propia historia, esto es, las discusiones primigenias hacia los inicios de la década de 1970; los acercamiento con otros grupos armados buscando la unidad; las fracturas internas hacia mediados de la década de 1970; las acciones militares en busca de objetivos políticos, entre otros.

 

Todo el tiempo ellos estaban inmersos en discusiones ideológicas que parecían inacabables, pero que daban sustento a un proyecto definido claramente y llevado a la práctica con toda la determinación posible.

 

Lo anterior, desde mi perspectiva, aparta a sus militantes de un papel de víctimas, pero tampoco crea un discurso apologético. Ese fue el trato que le di a la Liga en mi trabajo, el de una organización política y militar, ideologizada, formada por jóvenes de izquierda con una tradición intelectual a cuestas, que definió sus acciones para alcanzar su proyecto político y desembocó en la derrota de sus estrategias y objetivos, y donde por supuesto, jugó un papel determinante la implacable acción contrainsurgente del Estado.

 

* Escuela Nacional de Antropología e Historia. Texto leído en la presentación del libro de mi autoría Las armas del proletariado: Génesis, desarrollo y debacle de la Liga Comunista 23 de Septiembre (1970-1981), Toluca, Casa Alef, 2023, en la Dirección de Estudios Históricos, gracias a la invitación que los organizadores del Seminario de Movimientos Sociales, Memoria e Historia del Tiempo Presente.
[1] Marina Franco, Un enemigo para la nación. Orden interno, violencia y subversión en la Argentina, 1973-1976, Fondo de Cultura Económica, Buenos aires, 2012, pp. 187-188.
[2] Ver, Ernesto Salas, De resistencia y lucha armada, Punto de encuentro, Argentina, 2014.
[3] Alfonso Mendiola, “Los géneros discursivos como constructores de realidad. Un acercamiento mediante la teoría de Niklas Luhmann”, en Historia y Grafía, número 32, Géneros Históricos, Departamento de Historia Universidad Iberoamericana, 2009, pp. 21-60.