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La Liga en la historia mexicana reciente

ENVIADO POR EL EDITOR EL Viernes, 04/09/2026 - 16:26:00 PM

Gerardo Necoechea Gracia*

 

Las armas del proletariado es una esperada y bienvenida adición a los estudios sobre la Liga Comunista 23 de Septiembre. En los últimos años el estudio de las organizaciones de izquierda, en particular de las organizaciones políticas armadas que existieron entre las décadas de 1960 y 1980, ha dejado de ser arena única de periodistas y científicos sociales; provechosamente, los historiadores han entrado al ruedo. La Liga ha sido imán poderoso para la curiosidad histórica, de manera que se van sumando estudios, entre ellos varios artículos de Alejandro Peñaloza.

 

Ahora bien, en la medida que una presentación de libro, además de festejar el advenimiento es una invitación a leer, cabe sugerir que el libro de Alejandro pone en perspectiva estudios que han abordado diferentes aspectos de la Liga, precisamente porque hace una historia lo más completa posible de la organización desde su fundación hasta su desaparición en 1981, y desplaza su desarrollo en tres ejes explicativos: vanguardia, violencia y escritura. Además, hace un minucioso trabajo de lectura crítica y entretejido de fuentes provenientes de la Dirección Federal de Seguridad, de la propia organización, particularmente el periódico Madera, y de entrevistas de historia oral. El resultado, finalmente publicado, merece toda nuestra atención.

 

Sin lugar a duda, la investigación de Alejandro pone el énfasis en los años que van de 1973 a 1975. El setenta y tres es, por supuesto, el año de fundación de la Liga. Pero, y con mucha razón, Alejandro considera que para entender la fundación en ese año es necesario retroceder en el tiempo para trazar la aparición de grupos armados en México en la segunda mitad de los sesenta y primeros años de la siguiente década. Dedica particular atención en el grupo conocido como los Procesos, formado en Monterrey por estudiantes de clase media —como los describe el autor— lidereado por Ramos Zavala, quien rompió con el Partido Comunista porque lo consideró incapaz de conducir el movimiento revolucionario que entonces ganaba momento. A él se unió Salas Obregón, proveniente de la izquierda católica. Los Procesos impulsaron la idea de agrupar a todas las organizaciones armadas para unificar esfuerzos y, más importante, tener presencia nacional. Alejandro describe con claridad y detalle el camino que llevó a la unificación y fundación de la Liga.

 

Pero esta descripción es solo un preámbulo necesario para lo que importa a Alejandro: la ruptura que sobrevino en los siguientes dos años. 1974 fue un año particularmente difícil. La organización decidió llevar a cabo secuestros políticos que no fueron exitosos y que desencadenaron una fuerte represión, persecución y desaparición o muerte de militantes. Al mismo tiempo, tuvo lugar una intensa discusión interna en torno a diferencias ideológicas y estrategias políticas, cuya consecuencia fue la escisión y expulsión de miembros. La Brigada Roja, iniciada por Salas Obregón, fue la que mantuvo el nombre de LC23S y la posesión del periódico Madera.

 

La descripción de estos sucesos sirve de base para los tres argumentos que Alejandro va a llevar a cabo a través del libro. El primero de ellos es que la Liga no desapareció entonces, sino que siguió existiendo y actuando hasta 1981. El argumento se justifica en tanto críticos contemporáneos propusieron la desaparición de la Liga como tal en 1975, calificando la posterior actuación como una desviación del proyecto que dio vida a la organización. Afirmar la continuación de la Liga a través de la segunda mitad de los setenta no es un argumento nuevo, y de hecho ya hay consenso entre los estudiosos de la organización.

 

El segundo argumento de Alejandro está conectado a esta continuidad. Propone que ante las acusaciones de militarismo y violencia despolitizada, la Liga, bajo la conducción de la Brigada Roja, reafirmó el planteamiento original de llevar a cabo simultáneamente la lucha política y la lucha militar, porque una sin la otra no tenía sentido y era un callejón sin salida.

 

Alejandro afirma, teniendo por sustento los Madera viejos y otra documentación, que el accionar militar de la Liga había sido parte del planteamiento original sobre el que se unificaron los distintos grupos. Considera, en consecuencia, que se equivocan quienes proponen que a la desaparición de Salas Obregón siguió la deriva, el aventurerismo y militarismo que habrían caracterizado a la organización en los siguientes años. Por el contrario, una vez que la Brigada Roja tomó la dirección, la Liga consolidó el proyecto inicial que fue la base de la unidad. Este proyecto consideraba necesaria la revolución como paso hacia el socialismo. Alejandro discute asimismo con quienes explican la aparición de las organizaciones políticas armadas únicamente como respuesta a la represión. En la Liga, la violencia revolucionaria fue resultado también del análisis de la sociedad capitalista mexicana, en la que el Estado representaba y defendía los intereses de la burguesía, de manera que era necesario —como proponía Lenin— destruir el Estado burgués mediante la violencia revolucionaria.

 

La discusión aborda una de las preguntas centrales del periodo: ¿reforma o revolución? Esta era una vieja polémica en la izquierda, que en el periodo estudiado ocasionó el rompimiento de una nueva izquierda con la línea de coexistencia pacífica lanzada desde la Unión Soviética; para esa nueva izquierda, la revolución cubana constituía prueba de que era posible y necesario enfrentar la violencia estructural del capitalismo con la violencia revolucionaria. Ello en consecuencia, descartaba cualquier acción que de manera alguna concediera legitimidad al Estado o implicara acción concertada con agrupaciones cuyo fin no fuera la destrucción del capitalismo. Por eso la Liga se consideró a sí misma vanguardia en la construcción del partido y el ejército revolucionarios.

 

La necesidad o no del partido de vanguardia fue otra de las discusiones de época. Esta cuestión yacía detrás de la insistencia en crear una sólida organización nacional, que a su vez requería de una dirección única y de una línea política homogénea. Parte de esa discusión fue la crítica severa al oportunismo, identificado principalmente como la postura a favor de la vinculación partidaria. Esta postura la conocemos solo a partir de las críticas aparecidas en Madera. Alejandro explica que buscó conocer esta postura de primera mano, pero no encontró ningún documento escrito que la expresara ni las entrevistas arrojaron luz sobre el tema. La crítica desde Madera consistió en señalar que dicha postura abogaba por una alianza de clases, de manera que contradecía la línea revolucionaria. Es difícil imaginar que la vinculación partidaria implicara directamente una coalición o alianza con la burguesía. La postura probablemente abogaba a favor de alianzas con la izquierda no armada, incluyendo al Partido Comunista o grupos identificados con él, y en ese sentido proponían una política derivada del frente popular, otro de los puntos de ruptura entre una vieja y una nueva izquierda. Los desacuerdos internos fueron intensos y condujeron a la ruptura que tuvo lugar en el transcurso de 1974. La Brigada Roja asumió la dirección de la Liga, mientras que escindidos y expulsados interpretaron que la fractura ideológica, como le llama Alejandro, significó el fin de la Liga.

 

El tercer gran argumento de Alejandro tiene que ver con el Madera. En síntesis, Alejandro se avoca a demostrar que la producción y distribución del periódico fue considerada por la Liga como su principal actividad durante los siguientes seis años. Ya otros han aseverado lo mismo, pero la descripción y análisis que hace Alejandro da sustancia a esta aseveración; además, gracias a su escrupulosa indagación en fuentes primarias, puede con detalle describir el trabajo de producir y distribuir el periódico y mostrar que buena parte del dinero obtenido mediante expropiaciones fue usado para adquirir equipo e insumos necesarios.

 

La Liga, como otras organizaciones de izquierda de la época, siguió las ideas de Lenin respecto del periódico. El periódico partidista era, por su naturaleza, organizador y agitador, de manera que era clave para el trabajo de politizar a las masas. Para lograr esa tarea, la organización debía usar el periódico para exponer una línea revolucionaria uniforme y su alcance debía ser nacional. Por esa razón, el Comité de Redacción adquirió un papel principal dentro de la Liga y las brigadas fueron organizadas con el propósito central de distribuir Madera. Para que el trabajo fuera efectivo, el esfuerzo debía concentrarse en llegar al sujeto revolucionario, es decir, la distribución del periódico debía hacerse en las zonas urbanas fabriles. Esta última cuestión implicó la discusión acerca del sujeto revolucionario —que fue la tercera gran discusión de la izquierda en esos años—, puesto que campesinos y estudiantes aparecían como sujetos que disputaban la idea de que la revolución socialista era la misión histórica de la clase obrera. Siguiendo la línea del marxismo leninismo, la Liga consideró que el sujeto revolucionario era la clase obrera y en consecuencia redirigió el trabajo estudiantil y rural hacia el trabajo en las zonas de mayor industrialización en el país.

 

Alejandro muestra que la acción militar tenía el propósito de apoyar la labor política. Las expropiaciones tenían la finalidad de hacerse de recursos necesarios para mantener el periódico, mientras que las acciones de distribución, las llamadas repartizas, requerían de un despliegue militar que acompañara la labor de agitación. Tan era importante la distribución del periódico, que el último dirigente de la organización cayó muerto durante una repartiza. El cese de la publicación del periódico señaló así mismo el fin de la organización.

 

La Liga, concluye Alejandro, sobrevaloró la disposición de los obreros a la revolución. Consideró que era suficiente hacer llegar el periódico a sus manos, para que la palabra revolucionaria surtiera efecto. No fue así. Aquí se abre —y con ello terminó esta presentación— una buena pregunta: ¿por qué la Liga equivocó en su evaluación de la clase obrera mexicana? No fue única en ello, claro. Muchas de las organizaciones de izquierda, armadas o no, consideraban que la clase obrera estaba a punto de llevar a cabo un cambio trascendental en la sociedad mexicana. Esta equivocada evaluación de la situación, nos lleva a preguntarnos si acaso la teoría estaba equivocada y el sujeto revolucionario no era la clase obrera, o si acaso el examen de la situación obrera era erróneo y más bien revelaba el desconocimiento generalizado acerca de la clase obrera.

 

Esta es una entre las varias vetas de investigación que abre el libro de Alejandro, razón por la que se merece una detenida lectura para proseguir con las investigaciones sobre la historia de la Liga y de la historia del periodo en general.

 

[1] Texto leído en la presentación del libro de Alejandro Peñaloza Torres, Las armas del proletariado: Génesis, desarrollo y debacle de la Liga Comunista 23 de Septiembre (1970-1981), Toluca, Casa Alef, 2023, en la Dirección de Estudios Históricos.
* Dirección de Estudios Históricos, INAH.